El error de Damasio

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Quien a hierro mata, a hierro muere, dice el refrán.

Después de haber triunfado en el mundo académico de la psicología —lo que constituye un elocuente sello de calidad— con su libro El error de Descartes, donde el famoso neurocientífico portugués Antonio Damasio contradice la división del ser humano en cuerpo y mente presuntamente defendida por el filósofo francés, y después del mamotreto inmasticable e indigerible de puro sinsentido Y el cerebro creó al hombre en el que se lía el solo aún más que en El error… con un revoltijo de sentimientos de emociones que ha enviado el libro casi virgen a coger polvo en las estanterías de los profesores universitarios de psicología —lo que nos permite albergar cierta esperanza— y de un servidor, ataca otra vez con un nuevo libro El extraño orden de las cosas, cuyo título es un magnífico ejemplo de excusatio non petita del lío que tiene montado en su cabeza, en el que se adivina un empecinamiento en sus errores y lo hacen nada recomendable excepto para leer a desgana y con pinzas en la nariz, por obligación profesional.

 

El error de Descartes

o cómo ver la paja en ojo ajeno

 

Igual que todo el movimiento New Age que eleva a los altares las límbicas emociones que el ser humano comparte con los animales y que no son —en modo alguno— lo que distingue al homo sapiens del resto del reino animal —como algunos neurosoftcientíficos defienden sin atisbo de sonrojo—, Damasio cae, encantado de conocerse, en la más pueril metonimia, designando al todo con el nombre de una parte, a la categoría con el nombre de una de sus subcategorías, de forma que hace incomprensible para él mismo y para los que como él han caído en la trampa de la neolengua orwelliana, el sencillo funcionamiento de la mente cuyo emborronamiento él contribuye decisivamente a divulgar.

Por supuesto que Damasio también acierta de pleno en algunas ideas, como la del Yo observador, que bien comprendida permite terminar de neutralizar los residuos radiactivos de la Escuela de Fráncfort del mundo, y también comprender la sencillez okhammiana de la consciencia (o conciencia) en contra del delirio colectivo actual que la asimila al alma o al espíritu dando gasolina a toda suerte de desvaríos esotéricos cuánticos, pero sus escasas luces son cegadas por las sombras del fárrago conceptual en el que se pierde, al parecer y si no media un milagro, irremediablemente.

 

¿Qué es la consciencia? ¿Por qué no se sabe aún qué es?

 

Y, para aclararse, y así poder escribir un futuro libro en el que realmente desvele los entresijos del funcionamiento de la mente que exceden las posibilidades de un sentido común que vuelve a reírse de su estéril erudición, le bastaría empezar por repasar la etimología de sus queridos sentimientos y emociones, repensarlo, y construir una taxonomía basada en la realidad a la que se refieren las palabras —parábolas, puentes que unen signos fonéticos y escritos con realidades— en lugar de dejarse arrastrar por la corriente de fondo, que también se llevó al bueno de Vicente.

Descartes se equivocaba relativamente, pero no tanto como tú, Antonio. No existe nada parecido a eso que llamas sentimientos de emociones. Ese engendro alógico sólo está en tu equivocada cabeza. Deja de pensar lo que sus sentimientos te dictan y empieza a pensar independientemente de lo que sientes.

 

 

 

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La mejor estrategia para dejar de fumar es no intentarlo

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Es comprensible que, con el mareo que nos producen los constantes datos estadísticos publicados respecto al número de fumadores, incidencia de cáncer y otras enfermedades en fumadores, el aluvión de cifras, la mezcla –muy propia del método científico– de churras con merinas para terminar por no saber si el consumo sube o si baja, o qué es causa y qué consecuencia, es difícil tener una idea certera del panorama de la pandemia de tabaquismo en el mundo.

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La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (3). La Inteligencia

clip_image001 Reconozcamos que la neurociencia y la tecnología están logrando fotos muy chulas del cerebro

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Tras un repaso breve a los niveles anteriores (la SubConsciencia y la Consciencia), llegamos al último escalón evolutivo que puede alcanzar el cerebro humano y que podrá replicarse en las máquinas, aunque con cierta dificultad. Otra cosa muy diferente es que exista algún indicio de que la industria de la Inteligencia Artificial y colaterales estén alcanzando ese objetivo o puedan alcanzarlo por el camino que están siguiendo. Si es que realmente ese es el objetivo, que es una duda legítima.

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La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (2) La Consciencia

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Evolución cefálica que posibilita (pero no obliga) el surgimiento de la consciencia y la inteligencia

 

En este capítulo veremos las características de la consciencia humana con el fin de desarrollar una consciencia sintética. Aclaro otra vez que –a no ser que se especifique lo contrario– lo que viene a continuación es una descripción funcional sin correlatos neuroanatómicos.

Mente con consciencia sin inteligencia

Además de meros mecanismos de acción-reacción, el ser humano y otros animales, y la Inteligencia Artificial emuladora de la humana que se pretende desarrollar, requieren en algunos momentos concretos la participación de un nivel superior que ejerza de mediador entre entrada/input y salida/output/conducta que sigue el esquema animal input –> procesos subconscientes –> output, generando un proceso más lento que el anterior que podemos resumir en el esquema siguiente, en el que puede comprobarse cómo la consciencia supervisa las tareas de los procesadores subconscientes.

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La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (1) La SubConsciencia

Resultado de imagen de cómo funciona la mente

 

Comprender qué es la mente parece difícil, pero no lo es. Para lograrlo conviene asumir que no es algo sólido o consistente como el cerebro o las neuronas, sino un ente abstracto, inmaterial. En pocas palabras, la mente humana es una propiedad emergente continua de la interacción constante entre el contexto y el cerebro.

Puede parecer que esta definición es una huida hacia adelante, porque en lugar de explicar el concepto se recurre a añadir una complejidad nueva, por lo que conviene recurrir a la comparación: existen innumerables ejemplos de propiedades emergentes, como la fauna y la flora, que son propiedades emergentes de la interacción entre el cielo y la tierra; o la enfermedad, concretamente la gripe, que es propiedad emergente de la interacción entre virus y animales. El propio universo material es propiedad emergente de la caótica interacción entre las infinitas partículas sometidas a ciertas leyes, instante a instante, y más aún, todo el universo es propiedad emergente de lo que había en el instante primero del Big Bang.

Pero tampoco es imprescindible ir tan lejos, porque también la visión, la audición, el tacto y el olfato son propiedades emergentes de partes del cuerpo, el cerebro y el ambiente, y no es muy frecuente que la gente se interrogue acerca de su sustancia. ¿Cómo definiríamos la visión o el olfato? Pues igualmente como propiedades emergentes de la interacción de la biología con el medio, aunque parciales, mientras que la mente es la categoría superior que los engloba a todos los sentidos y el resto de procesos de comunicación y control.

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Las posibilidades reales de la Inteligencia Artificial

El robot pensador de Rodin

el robot pensador

Pensado ya desde todas las perspectivas posibles a mi alcance, y concluyendo coherentemente la imposibilidad de lograr desarrollar sistemas sintéticos dotados de Inteligencia Artificial similares a los humanos tal como prometen ciertos personajes, empresas, y medios de comunicación (hasta DARPA afirma que no existe ningún sistema inteligente), sería propio de un simple crítico no postular, hasta donde aconseja la prudencia, mis ideas de cómo lograr el único tipo de artefacto sintético relativamente pensante que concibo posible.

No vamos a tratar aquí de esa parte de la AI enfocada al reconocimiento o generación de imágenes, sonidos, etc., que es a lo que suelen referirse implícitamente –sin manifestarlo explícitamente, para mantener así creciendo la burbuja, sino de emulación de la interacción de igual a igual entre humanos, que es el máximo rendimiento posible en el reino animal. Las imágenes mentales que tenemos hoy en día son lo que conocemos genéricamente como robot (artefacto autómata programable) o bot (software), que es de lo que vamos a tratar, y que puede dar lugar a diferentes tipos, como ChatBots, CoachBots, SparringBots, etc., en función de las aplicaciones concretas en que se usen, aunque posteriormente sea posible unificarlos.

Nos vamos a referir exactamente al significado real de Inteligencia Artificial: sistema sintético capaz de manejar y pensar información con criterios de eficiencia adaptativa.

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¿Es posible una Inteligencia Artificial igual a la humana?

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Pasando por alto que el concepto inteligencia está mal comprendido y por lo tanto mal utilizado (me recuerda con sorna un amigo tuitero que inteligencia es lo que miden los test de inteligencia), podemos hacer un ejercicio de imaginación para darnos cuenta de que el empeño de producir mentes humanas totalmente sintéticas es un imposible, y que la única posibilidad de lograr replicar la mente humana es mediante la concepción y crecimiento a través de procesos caóticos desde lo simple –dos células con su ADN, donde cabe más información que en un camión lleno de ordenadores– a lo complejo, de un nuevo ser humano de carne y hueso.

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