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¿Pero esto qué es?

El otro día me comentaba un decente profesional de la formación de una empresa, muy cercano a la tendencia dominante, que la formación de competencias psicosociales es mala, a veces tan llena de basura como toda la cultura al servicio de esa tendencia, porque estaba masplatonymenosprozacocupada por individuos que no tienen ni idea de psicología −eso suponiendo que salvando honrosas excepciones el grueso de los psicólogos tenga idea de algo, como dirían Lou Marinoff  y Rolf Degen−, mucho menos de neurociencia, ni criterios intelectuales propios. Son falsos profetas, malos novelistas, simpáticos comerciales, profesorcitos y gentes así, que nunca han tenido que competir por nada, pero creen que su verborrea cubre la carencia de consistencia de los productos que venden. Imposible. Crean el efecto contrario. O los usuarios van a sus cursos para fumarse unas horas del trabajo, o porque ilusos convencidos por la propaganda esperan realmente algo, o acaban huyendo de sus clasesFalacias-de-la-Psicologia porque son aburridos, timoratos y, además, mentirosos y militantes.

¿Cómo mentirosos y militantes? -me atreví a preguntarle. Sí -dijo mi interlocutor- sólo hay mentirosos y militantes, por eso es imposible el debate intelectual en ese campo. Al ver mi cara de extrañeza se lanzó con una larga reflexión. Aquí les dejo más o menos lo que me comentó. En algunas cosas, tengo que reconocer que mi compañero de charla estuvo sembrado.

Sí, −comenzó diciendo− la evolución intelectual de la parte humana de las empresas ha sido lenta, tanto que aún hay formadores instalados en la frustración de su carencia de formación soft, y llena de contradicciones, —por ejemplo, no me digas que no es anormal que hoy en día, con los avances neurocientíficos tan extraordinarios que disfrutamos comparados con hace sólo treinta años, aún se discuta sobre qué funciona y qué no, y que los que lo hagan no tengan sino vagas impresiones de cómo funcionamos las personas— mientras aplauden a los gurus más estrafalarios; tampoco puede olvidarse que durante algún tiempo algunos de sus cuadros se preocuparon por pensar en ciencia, a la par que se formaba con métodos falsos a las personas; e incluso también es digno de mención que en ciertos documentos de los ideólogos reconociesen el valor de la ciencia para la emancipación de la humanidad, mientras se seguía agitando a su clientela a favor del paraíso celestial esotérico. Son contradicciones –diría alguno de los guruses— propias de una disciplina milenaria. No tienen mayor importancia.

Sin embargo, amigo, a fuerza de pasar por encima de estas contradicciones, esta profesión se ha transformado en una maquinaria incapaz de aceptar a nadie que no haga de la mentira y la militancia un ideal de vida. He ahí la raíz de la imposibilidad de establecer una discusión medianamente decente con un profesional del sector. Es imposible discutir con un mentiroso, nadie puede osar rebatirlo porque, seguramente, cambiará mañana el criterio que ayer mantuvo. Tampoco puede hablarse con los militantes porque, lejos de discurrir por su cuenta, suelen moverse por las consignas de sus jefes saltando de lo presuntamente científico a lo esotérico sin solución de continuidad; defendiendo ora esto, ora lo contrario pasando de los argumentos de la razón a los del corazón según interese. Es imposible, pues, debatir con nadie vinculado a ese grupo, porque está poblado de mentirosos y militantes.

La formación que venden tiene un carácter jipi, orientalista, cerrado y duro, pero además, desde la PNL y la IE padece una enfermedad incurable, a saber, quien pertenece a ese sector sólo le basta seguir las consignas del esoterismo tribal. Ellos no necesitan pensar, porque la doctrina les da resuelto el asunto. Su trabajo consiste en imponer consignas obvias y necias, entre ellas, cabe destacar por su originalidad el afortunadamente casi fenecido movimiento del liderazgo o el de la IE. Cuando un guru pronuncia este tipo de obviedad, aparte de reflejar un extremo vacío conceptual, está sustituyendo, definitivamente, la posibilidad de producir ideas, de discutir con el adversario profesional, por una militancia absurda. El desprecio por discutir ideas, o sea, por alcanzar alguna verdad con el adversario, conduce al sector a abandonar su pequeña, pequeñísima, alma científica, para acabar entregándose por completo al espíritu populista y propagandístico que le dieron sus líderes de la pedagogía beatle.

Daniel Goleman A pesar de todo -apunta mi amigo- hay que reconocer un cambio importante en el sector; durante el final del último siglo, la ideología era defendida por ilustres gentes tan poco recomendables como el multimillonario emocional Goleman en opinión de críticos como Degen, y hoy, por el contrario, hay tipos, casi “arquetipos”, de un gran desarrollo personal o sensibilidad espiritual, según dicen sus seguidores, dispuestos a darlo todo por su ideología. Consulten, sí, consulten los sensatos discursos de los gurus, coaches y otros obispos de moda, freelances de la cultura basura. Consulten, por favor, a estos intelectuales y se convencerán del poderío del transformismo pedagógico.

Mi compañero dio fin a su perorata, pero no sin recomendarme que escribiera en mi blog un artículo con el siguiente título: “¿Pero esto qué es?”. Lo pensaré, pero de momento aquí dejo escrita su sugerencia.

 

 

Advertencia:

El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir  este artículo con la condición de que se cite expresamente tanto al autor como a este blog como sitio original de publicación. Además niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las empresas citadas, compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones

 

@rabiesan

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 20/04/2010 en 16:56

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