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Pepe y los sesgos. Apuntes de neurociencia.

El pensamiento humano se basa en el código binario 0 y 1, donde –como ocurre en las computadoras– el 0 es la ausencia de activación de la célula individual –astrocito– y el 1 la activación, el encendido. Igual ocurre en las agrupaciones de células individuales: familias, grupos y sociedades de astrocitos. Esto significa que estos dos pares de opuestos son los principios de funcionamiento del cerebro. Actividad es igual a vida –1– e inactividad es igual a no-vida –0–. ¿Ying-Yang? Sirve como ejemplo verlo así, en chino, pero nada más que como imagen visual y concepto modelo; porque si eligen relacionarse con la realidad desde la perspectiva de una religión recesiva –que ya ha demostrado sobradamente cuales son las consecuencias que genera– y no una adaptativa como la nuestra, no harán sino perjudicarse a sí mismos, a sus familias, sus empresas, y al resto de la sociedad.

Codigo-binario El encéfalo registra todo lo que ocurre a nuestro alrededor, desde imágenes a sensaciones, conductas y feedback de las mismas, y las clasifica en las dos categorías 1/0, adaptativo/recesivo. Algunas de las vivencias son placenteras, mientras que otras son displacenteras: desagradables; otra vez 0/1. ¿O 1/0? Ahora lo veremos. Si las placenteras predominan, nos encontramos con una mente como la que Pepe (Cap. 1 y Cap. 2) ejemplifica; en cambio, si predominan las displacenteras, nos encontramos con un talante más agrio, más gruñón, más depresivo o más pesimista, menos emocionalmente inteligente. ¿Por qué? Porque el encéfalo no está solo en la bóveda craneal, ni las neuronas y astrocitos son independientes, sino que están influidos también por los neurotransmisores –hormonas– que modulan la respuesta ante las experiencias, junto con la composición química, volumen y presión de la sangre que lo alimenta; lo que significa que el impacto de una vivencia no se apaga cuando ésta finaliza, como sí ocurre con los gatos, por ejemplo, en los que un fracaso en la caza de un pájaro no produce una frustración mantenida, una sostenida actividad de la sensación de displacer. En las personas normales la huella del impacto del displacer se mantiene un tiempo variable, y la repetición de impactos similarmente displacenteros consolida el sesgo, y el sesgo tiñe literalmente de rosa o de gris –según sea el sesgo– todo aquello con lo que nos relacionamos, sea realmente positivo, o sea negativo. El placer permanente, pues, el hedonismo como ideal y guía de vida, se convierte en 0, en recesivo.

 

El sesgo positivo

Uno de los graves problemas que provoca el sesgo hacia lo positivo generalizado –sólo hay 1, nunca 0– es que anula el miedo, y ya vimos en “La historia de Pepe (y 2)” que el miedo a lo que hay que temer es adaptativo –1–. No es posible vivir sin miedo sin correr el riesgo de morir –0– inminentemente. Así, esta radical ausencia de homeostasis, de sano equilibrio, entre placer y displacer, seguridad y miedo, entre 1 y 0, es compensada automática e inexorablemente tarde o temprano; y lo que es peor, en virtud de la ley del péndulo o de acción-reacción, el paso por el placer absoluto no nos conduce al neutro, sino al displacer absoluto, a la agonía.

Este tipo de experiencias de iluminación suelen darse precisamente cuando se rompe –por circunstancias diversas: un curso new age, una sesión de psicotrópicos…– la barrera que bloquea el retorno al equilibrio tras un periodo especialmente displacentero en nuestras vidas, como una ruptura conyugal, la muerte de un ser querido, un trabajo fluirestresante y agotador que no nos gusta, un fracaso profesional, un accidente con graves consecuencias, la consciencia del inexorable acercamiento al final de la vida… De  repente la ley de acción-reacción nos lleva a un estado extático –placer extremo– duradero que nos impulsa a verlo todo positivo, a entenderlo todo, a sentirnos fluir, a sentirnos conectados con el universo, creativos, a percibir constantemente causualidades y mensajes del universo, a sanar, a convencer, a liderar… ¡nos sentimos tan felices!, tan positivo es el sesgo de nuestra mente en relación con la realidad que no nos paramos a pensar –literalmente no podemos pensar en algo malo– en que esto es una ilusión que nos conduce ineludiblemente a la depresión profunda. Porque tarde o temprano llegará el atraco, la crisis, la frustración, o el despido, o la ruina, o la separación, o la infidelidad, los 40, los problemas con los hijos, la jubilación, la  muerte de nuestros padres, familiares y amigos, la enfermedad, la decrepitud, nuestra propia muerte acercándose a pasos de gigante… Y con ellos la abrupta y radical desconexión con el universo, la sequía creativa, la sensación de frustración permanente, la pérdida de atractivo personal… En definitiva, el sesgo positivo anormal e injustificado se transforma radicalmente en su opuesto: el sesgo negativo igualmente anormal e injustificado, que no se corresponde con la realidad.

 

El realismo: una vida intensa, real, sin sesgos desequilibrantes

Por todo esto resulta tan importante mantenerse lo más centrados y equilibrados que nos sea posible, –en lo personal y en política–, sobrios, sin grandes altos ni grandes bajos más que esporádicamente, so pena de convertirnos en ciclotímicos de ciclo largo, con extensos periodos eufóricos seguidos de igualmente dilatados periodos depresivos. Por supuesto que conviene poner al mal tiempo buena cara, sí; pero en absoluto ello significa negar que hace mal tiempo, ni mucho menos afirmar que el día es espléndido. Parece preferible, pues, ser moderadamente optimista y humilde que arriesgarse a hacer de vanidoso Ícaro para terminar cayendo al vacío como un fardo.

el arbol de la ciencia del bien y del mal Percibir y sentir como malas o displacenteras las vivencias que lo son realmente es una estrategia adaptativa, porque si no tuviéramos problemas, si todo lo viviésemos positivo, seguiríamos en las cavernas –como preferiría Arsuaga, el investigador de Atapuerca– o en el Paraíso Terrenal que Dios ofreció a Adán y Eva antes de que eligieran la curiosidad, el conocimiento del Bien y del Mal –1 y el 0– en esa bella y profundísima metáfora bíblica. ¿Para qué cambiar o mejorar si todo está Ok, si todo me satisface, si tengo todo lo que necesito al alcance de mi mano? Pero no elegimos el Paraíso, sino vivir con el sudor de nuestras frentes, tener el conocimiento del Bien y del Mal o lo que es lo mismo: ser libres para elegir hacer el Bien o el mal, y hacer balance al final.

El ser humano normal –Pepe, el pobre, es anormal– es capaz de percibir y sentir tanto lo positivo como lo negativo, el Bien y el Mal, y elaborar ideas a partir de cada experiencia binaria. La incapacidad conduce a la pérdida del sentido de la realidad, a la locura.

 

 

 

Relacionados:

La historia de Pepe 1

La historia de Pepe 2

 

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