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¿Formación? ¿O religión?

La una de la madrugada. Me iba a ir a dormir, pero unas ideas me reclamaban con tanta insistencia que me ha resultado incontenible ponerme a escribir. Y para evitar el posible sobrecalentamiento que puede sufrir mi nuevo netbook puesto sobre el edredón –aprovecho para escribir desde la cama– he buscado como apoyo un libro que permita al ventilador tomar aire fresco. Causualmente –como suelo decir– el único de tapa dura que tenía unas burro zanahoriadimensiones casi idénticas centímetro arriba, centímetro abajo, ha resultado ser “El viaje a la felicidad”, del inefable Eduardo Punset. ¡Lo que faltaba para que se me desataran los dedos!

He recordado así como quien no quiere la cosa, que los escritores acostumbran a decir para desearse suerte –lo parafraseo–: “Que la inspiración te pille con el ordenador encendido”, así que como no me ha pillado, he tenido que encenderlo para  aprovechar la aparición de la esquiva musa que me decía insistentemente: ¿Tan perdidos estamos? ¿Tan desorientados caminamos? ¿Tan infelices nos sentimos? ¿Tan insatisfechos? ¿Tan vacíos existencialmente nos encontramos que caemos como criaturas en manos del primer sonriente charlatán que se nos acerca? No estoy hablando de política –que también–, ni concretamente de Punset –que también–, sino de la vida en general y la formación psicosocial de adultos en particular.

¿Cuántos millones de libros de autoayuda y similares se han vendido en la última década en el mundo? Seguramente más que biblias, yo al menos tengo una docena, incluyendo el que sirve causualmente de apoyo al chisme este. ¿A cuántos cursos de moda nos hemos apuntado? Seguramente más que domingos hemos oído misa. ¿Misa? ¿Ha dicho misa el pollo éste? ¡Tabú! Más de dos dejarán de leerme a partir de hoy. ¡Ah! ¿es que no nos consideramos creyentes? Será no creyentes en Dios, porque en el universo, la energía –cósmica o no–, la pachamama, el gran arquitecto, la buena suerte o aún peor, en nuestro propio dios –¡faltaría más, con lo listo que yo soy!–, en eso seguro que creemos. Y eso también es ser creyente, pero en otras cosas, así que no tratemos de escurrir el bulto. Y si no nos sentimos concernidos porque somos simplemente agnósticos –No sé, luego no me pronuncio–, podremos no definirnos como creyentes, pero quizá crédulos… un rato largo. Todo el mundo cree en algo, no nos engañemos. Hasta el que va de incrédulo radical cree, en que no hay nada, pero eso también es creer ¿O no habían caído en ello?.

¿Por qué compramos tantos libros con los que en realidad no nos autoayudamos, sino que nos ayuda el escritor, convertido en guía espiritual –por supuesto sin alzacuellos– moderno?. ¿Por qué buscamos? Porque no tenemos algo que necesitamos o creemos necesitar. ¿Qué estamos buscando? ¿Mejorar nuestras competencias (¡vaya palabro!) o ser más guays? ¿Vamos en pos de la trascendencia, del satori, del asampragnata samadhi, de los últimos escalones en la Pirámide de Maslow sin haber construido y asegurado los precedentes? ¿Queremos caminar sobre las aguas como se camina en los outdoor training sobre las brasas? ¿Romper tablas a puñetazos? ¿Poder? ¿Diseminación del propio ADN? ¡Pobres desnortados!

Nos colocan la golosa zanahoria, como al burro de la fábula, atada a un palo para mantenerla suficientemente cerca como para que nos seduzca de modo irresistible, y más cuanto más cercana y posible nos la venden los nuevos mesías, como muestra irrefutablemente este estudio de David Dunning. Pero realmente está tan lejos, es tan utópica la tarea, que jamás la alcanzaremos aunque –calzadas las orejeras para impedirnos ver el resto de la realidad–seguimos tras el señuelo permanentemente, salivando, excitados ante la sabrosa expectativa que se nos ofrece, Y permanentemente insatisfechos. cifra-filete

La trampa es perfecta, porque ¿quién puede negarnos que lo que vemos es el objeto de nuestros deseos si la vemos tan claramente como Cifra contemplaba el sabroso chuletón de Ávila que se iba a meter entre pecho y espalda ante la mirada del agente Smith? Sólo que él lo sabía, era perfectamente consciente de que ese jugoso trozo de carne no era real, pero prefería, como parecen preferir –inconscientemente– muchos hoy en día, vivir la emoción de la quimera ofertada a vivir en El Mundo Real. Y no es cuestión de no desear prosperar, sino de ajustar las expectativas con madurez y realismo.

A pesar de la evidencia queremosanthony-robbins ser como Anthony Robbins, uno de esos famosos y seductores mesías, showmans que llenan estadios enteros para distribuir gracia divina a los miserables mortales pecadores a través de vibrantes homilías; líderes mundiales a quien todos pagan por escuchar ¿O nos conformamos con llegar a ser unos más modestos párrocos como Luis Huete o Pilar Jericó? ¿O con nuestro humilde blog? ¿Acaso es que no nos escucha nadie a lo largo del día? ¿No somos importantes para nadie, o no lo suficiente? ¿Ni para nosotros mismos?

Lamentablemente estamos desorientados, víctimas de la manipulación emocional, perdido el sentido de la vida, huyendo como Cifra de la realidad displacentera que nos encadena día tras día, hambrientos, realmente esclavos corriendo tras la zanahoria, convencidos de algún día atraparla como si de ello dependiese la satisfacción de nuestro vacío vital. Anhelamos la trascendencia –teniéndola garantizada–, ser líderes, ídolos guapos y ricos que se recuerden durante siglos. Pero no, nunca alcanzaremos ese esquivo satori, ni firmaremos autógrafos a multitudes. Nuestra misión es más humilde pero esencial para la vida, aunque la vanidad nos impida aceptarlo; será frustrante, quizá cruel para nuestras infantiles expectativas de convertirnos en superhéroes, pero real, abrumadoramente real. Tan abrumadoramente real como abrumadoramente falsas las promesas de los nuevos mesías new age, porque nada bueno se consigue sin esfuerzo y tiempo.

Pero eso no mola, ¡qué bajón! ¿verdad?  

 

 

advertencia blog g

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