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Los bebés saben distinguir entre el Bien y el Mal. A nosotros se nos debe haber olvidado.

bebes Según se desprende un estudio de la Universidad de Yale citado aquí, los bebés de seis meses son capaces de hacer juicios morales –distinguir entre el Bien y el Mal–, lo que viene a significar que nacemos con un código moral inscrito en la placa base del cerebro. Esto es algo tan obvio que no requiere investigación alguna, porque la discriminación entre el Mal/Displacer y el Bien/Placer se expresa claramente en el primer llanto provocado por el cachete del ginecólogo nada más ver la luz. Pero lo curioso de la investigación es que a los pocos meses el bebé es capaz de discriminar conductas moralmente aceptables de las moralmente reprobables y posicionarse del lado del Bien en un 80% de los casos.

En un primer experimento, se mostró en repetidas ocasiones a bebés de entre seis y diez meses un sencillo espectáculo de marionetas de madera, en la que una bola roja intenta subir una colina, pero como fracasa en su intento es ayudada por un triángulo amarillo que la empuja por detrás. Posteriormente, la bola roja vuelve a intentarlo, pero se ve obligada a bajar la colina por culpa de un molesto cuadrado azul que la empuja hacia abajo. Después de ver los títeres, a los bebés se les pedía elegir un personaje. Una mayoría abrumadora, el 80%, eligió la figura útil. «Escogieron al buen tipo», afirma Bloom, director del estudio. Los siguientes estudios van en la misma línea. Bebés de doce meses llegaron incluso a golpear al malo cuando se les presentaba.

Sin embargo, nosotros los adultos, gracias a la idolatría de la empatía y la Incontinencia  Emocional –verdaderos virus que se infiltran en nuestro sistema cognitivo– somos capaces de posicionarnos del lado del que mejor manipula, del mejor actor mientras dura la representación.viñeta maltratadora Preferimos a alguien que active nuestras áreas espejo (lo de neuronas espejo es una flagrante inexactitud, dicho sea de paso) relacionadas con el Bien –sonrisas, actitudes de sumisión, caras de no haber roto un plato– y provoque buen rollito aunque sea un un sociópata peligroso, alguien que sepa actuar de manera que no active nuestras áreas del displacer, evitando así el rechazo.

Pero no solo eso, estos virus nos vuelven incapaces de percibir la realidad y obrar en consecuencia con ella. Y como lógicamente las cosas no pueden salir bien, no sólo no somos capaces de reconocer nuestro error, sino que responsabilizamos a la víctima.

Así, nos venden cualquier maldad envuelta en buenismo y buen rollito, mientras nos negamos a comprar las cosas buenas que vienen sin envoltorio o envueltos en papel de periódico. Y le damos el manotazo a la víctima, no al tramposo.

Claro que habría que ver si podría engañarse a los bebés utilizando diferentes caras con diferentes expresiones representando los mismos papeles. Esto permitiría comprobar si el porcentaje de aciertos se mantenía. Quizá no. Como nosotros, los adultos.

 

 

Puedes ver los experimentos aquí (requiere Quick Time player)

 

 

advertencia blog g

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