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Un escenario post-vacacional

La plantilla de la empresa, a falta de que se incorporen los últimos en disfrutar de las vacaciones estivales, tuvo ayer la primera toma de contacto con su nuevo director. Joe Littlemoorish, como ha demostrado a lo largo de su trayectoria, es un jefe al que sus equipos adoran. Posiblemente, ese afecto venga motivado por algo que Joe hace a la perfección: hablar claro. Y ayer, en su primer discurso, fue de una precisión meridiana.

Los trabajadores ya saben lo que pueden y lo que no pueden hacer. Lo que suceda a partir de ahí, es responsabilidad suya más que del propio director. Entre ambas partes han firmado un compromiso moral. Las normas las pone Joe, que para eso es el jefe, y al que no le gusten puente de plata. A partir de ahora, ni los horarios laborales se jugarán en una apuesta ni se tolerará nada que no esté advertido de antemano. Tan claro fue el jefe que llegó a decirles que está dispuesto a trabajar con la mitad del personal con tal de respetar las normas.

Hubo un mensaje especialmente dirigido a los futuros absentistas. A nadie escapa que, en la época de vacas gordas, alguien pudo caer en la tentación de ausentarse más de la cuenta por molestias falsas o sin suficiente justificación. Pues bien, esa tolerancia que existía terminó con llegada la época de vacas flacas. Los que estén de baja por razones de salud física o psicológica tendrán que demostrar que su enfermedad les impide realmente realizar su labor, aportando un informe para el jefe, y será él quien determine si el trabajador seguirá formando parte de la plantilla en cuanto termine su contrato, o antes, si fuera el caso. También queda el recurso del traslado al departamento de IBM (ya sabrán el chiste) para aquellos con contratos blindados.

Las normas que hoy publicamos en exclusiva no son las de ningún sargento chusquero. Se basan en algo que ya explicó el propio Littlemoorish en la primera entrevista que concedió a un medio tras su fichaje: respeto y compromiso. No tienen por objeto nada más que eso. Y, por lo que se ve, Joe es el primero en cumplirlas.

No, ni están viendo visiones ni hemos viajado hacia atrás en el tiempo en el deLorean de Regreso al Futuro, simplemente ocurre que uno de los mejores profesionales de la historia, avalado por los éxitos que ha cosechado en cada empresa en la que ha trabajado, se ha dejado caer por España. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, dice el refranero popular, y Joe Littlemoorish puede presumir de poseer unas características que le permiten ocupar un lugar en la lista de los directivos que mejores resultados anuales consigue, ofreciéndose incluso a cobrar una paga base normalita y sólo un pastón si alcanza los resultados para los que se le ha contratado, condición que él mismo ha impuesto: esto es selfconfidence y lo demás paparruchas. Ahora bien, es inmisericorde: el que la hace, la paga -o la cobra-. Al fin y al cabo eso es lo que significa la palabra responsabilidad, ¿no?.

Porque no sólo habla claro sino que es coherente con las normas que predica; lo primero que ha hecho en cuanto ha llegado a la nueva empresa es poner de patitas en la calle al juergas del grupo. Cierto que era un buen profesional, pero cuando uno es un alto directivo y cobra lo que cobra, además de ser responsable, tiene que parecerlo, porque una cosa es animar al personal con sus chanzas y otra permitirse el lujo de tener unas normas aparte y luego rendir a la mitad. Joe quiere gente que muerda. Todo se pega menos la hermosura -ya, van dos, y pensarán con razón: Hombre refranero, hombre puñetero. (Tres)- y no está dispuesto a permitir que una manzana podrida le estropee el cesto entero. Como dice el jefe a Neo en Matrix: “Usted se cree muy especial, y que por alguna razón las normas no están hechas para usted. Obviamente se equivoca”.

La actitud de Joe provoca una reacción opuesta a la que he visto tan a menudo en mi época docente en Secundaria y Bachillerato (y en los antiguos BUP y COU), y lamentablemente hoy en la empresa: desplegar actitudes paternalistas o inseguras que mantienen en la irresponsable adolescencia a las personas. Esa inseguridad fruto, como les decía el otro día, de la normalofobia impulsada por la ideología nacionalsocialista del culto a la atolondrada y hermosa juventud y el desprecio a las canas y sus valores (o lo uno, o lo otro), que tan gravemente ha perjudicado la convivencia de este país, también se observa en el mundo laboral, donde un directivo no puede dar una voz a un trabajador irresponsable por miedo a que le caiga encima el coco, digo las CCOO, si no el estigma de cateto emocional sin empatía. Si la empresa no fuera rehén del trabajador, otro gallo cantaría.

Porque no me negarán que, a no ser que ustedes sean como Joe, no pasan verdaderos apuros en ocasiones tratando de justificar ante sus hijos sus decisiones más que sobradamente adecuadas, o de rebatir a un trabajador mozalbete un argumento simplón, cuando antes bastaba un: No, porque no, y punto. Nos han destrozado el juicio, la autoridad, y de paso la autoestima ésa, porque ahora un diablillo -y dale con los refranes- sabe más por serlo e impartir clases en el Instituto de Empresa o en ESADE, que por viejo. Les confieso que no sé dónde iríamos a parar sin gente como Joe, y eso que tiene algunos defectos: es algo histriónico y fashionvictim, pero lo compensa sobradamente con sus virtudes adaptativas, no en vano no ha estudiado en una universidad famosa, sino a la sombra de su padre. Como antes.

¿Saben ustedes qué pedían mis alumnos -hasta los más aborrecibles- cuando siendo su tutor les preguntaba por cómo podríamos mejorar el rendimiento y comportamiento de la clase? Disciplina. Porque cuando las normas están claras y se le exige a cualquiera que dé de sí todo lo que puede, sale reconfortado y reforzado de su trabajo; y al contrario, sin límites no sólo es que estemos perdidos, es que nos sentimos perdidos.

Por cierto, el principio de este post es un artículo del Marca algo modificado, sobre Joe Littlemoorish, en portugués José Mourinho.

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  1. Vicentebsarabia
    18/07/2010 en 15:39

    Cada dia estoy mas convencido de que nos sobran normas y leyes, la disciplina se que da coja cuando pretendes aplicarla en grupos o personas que no estan preparadas para funcionar con ella y tal vez el efecto de su aplicacion es el contrario al pretendido.No se puede pedir a un niño de dos años disciplina pues ademas de absurdo no lo va ha entender y se pierden unas energias inutilmente .Para mi,se debe enseñar a ser disciplinado y despues empezar a construir pues tenemos la base del equipo.Eso lleva tiempo y pocos paises salvo alemania,japon y algun otro tiene ese sentido de la disciplina.No es facil pues la ignorancia,inmadurez y otros factores son barreras terribles,derribarlas lleva tiempo,diria que generaciones.Saludos cordiales

    • 26/07/2010 en 15:47

      Es muy cierto, Vicente, existen países en los que la disciplina es una seña de identidad, característica que suele venir acompañada por el respeto a los mayores. Aquí parece que uno merece respeto por el simple hecho de ser persona, y eso es un error. Ni todas las opiniones son respetables, ni todas las personas merecen respeto. Respeto lo merece el que se lo ha ganado.

  2. wig
    29/07/2010 en 09:56

    Buena perspectiva la tuya. La disciplina lleva lejos, sin duda, aunque no la autoritaria. Saludos

  3. Perico
    03/11/2012 en 00:53

    Es usted un literato (-=

    • 03/11/2012 en 11:45

      Me alegra que le haya gustado, ya no me acordaba y me ha dado la oportunidad de releerlo. Pero ese día debí estar especialmente inspirado, no me suelen salir así de bien. Gracias por el comentario.

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