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El coaching (paping) como síntoma

éxodo ¿De qué es síntoma el coaching? ¿De la crisis? De ello hablamos hace unas semanas, cuando constatamos que la maximización del beneficio correlaciona con la infracción de las normas morales básicas aplicables al trabajo y a la vida en general, la cruda realidad. Pero no es menos cierto que esta práctica surge y se difunde como una plaga en un momento de expansión económica y del estado del bienestar –el estado-papá– en los países desarrollados.

Sin embargo, en la época de nuestros padres y abuelos –los que realmente levantaron el país– no había coaches, sino personas que sabían hacer lo que hacían, bien porque lo habían aprendido de sus mayores, o poco a poco, o simplemente porque –seamos realistas– tampoco es que haga falta ser un lumbreras para montar una empresa y que funcione en tiempos de oportunidades. Ejemplos no faltan, aunque quizá el más conocido sea el de Bill Gates, que de fracasado en Harvard pasó a convertirse en el empresario prototipo en todo el mundo, megamillonario y megafilántropo. Ni Gates ni la mayoría de los no mencionados tenían MBA alguno, ni life&business coaches, ni habían estudiado nada sobre el liderazgo o las emociones. Nada más que sentido común y suerte. O quizá es que fuera su destino.

La expansión que ha vivido el coaching es un síntoma del debilitamiento de las personas, o mejor dicho, del reblandecimiento, o quizá mejor del añoñamiento, o incluso más exactamente de la inmadurez del género humano cuando alcanza el estado del bienestar, como los judíos en el Egipto bíblico que huyeron a través de las aguas que se abrieron para facilitarles el paso (causualmente, parece que es científicamente posible):

 

¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto (…) Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber? (… ) y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Yahvé en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud (…) Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? (Éxodo 14:12; 15:24; 16:3; 17:3) 

Ahora, como los egipcios de entonces, ya no estamos en época de vacas gordas, lo que nos obliga a poner los pies en el suelo –algunos se limitarán a rozarlo, como si la cruda realidad les quemase las plantas, como si quisieran mantenerse en vilo en el país de Peter Pan y Campanilla– pero aún así a ver quién es el guapo que convence ahora a la gente de que es mejor ser libre, aunque trabajar no sea del gusto de la mayoría, que esclavo alimentado, ¿verdad?. No, mejor que papá-estado me solucione la pitanza y me llene el depósito del Cayenne convirtiéndome en funcionario improductivo, político-parásito o sindicalista-sanguijuela de crucero de lujo a costa del lomo ajeno. No me digan que no es como si cuando nos duele el juanete nos diéramos martillazos encima.

bebe-comiendo Seguimos siendo unos inmaduros, unos mentesblandas, porque con un par de licenciaturas, dos masters, inglés bilingüe y diez años de experiencia, aún necesito que mi coach-papá –o paping, que es como debiera llamarse el coaching– me ayude a lavarme los dientes por las noches, digo a tomar decisiones en entornos de alta complejidad e incertidumbre; porque las de antes no, ésas eran decisiones facilitas, ¡faltaría más!.

Pero no crean que todo es un camino de rosas para unos coaches que se aprovechan de la endémica pusilanimidad generada por la sobreprotección paterna, porque la crisis depurativa que estamos viviendo impone la saludable racionalidad sobre la frivolidad, los excesos y derroches de hace poco. Más de dos coaches renombrados mantienen a duras penas un par de buenos clientes mientras aceptan dirigir sesiones a 20 miserables euros –poco más del doble de lo que cobra una asistenta doméstica– para poder seguir pagando la hipoteca. Eso sí, siguen largando las bonanzas de su arte a cualquiera que desee escucharles… o que no tenga más remedio.

Y como el retorno de la inversión no está ni mucho menos garantizado, tampoco las escuelas de rimbombantes nombres venden a miríadas de pardillos sus cursos de formación para coaches a millón el fin de semana y una carpeta de apuntes, lo que nos permite atisbar un respiro aliviador en medio del asfixiante ambiente de estupidez que nos rodea.  

Pero no soy optimista, ya verán como alguien se inventa una tontería aún más gorda.

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  1. Vicentebsarabia
    27/09/2010 en 17:23

    Dice que no hay que ser un lumbreras para levantar una empresa…Se olvida tal vez del sacrificio diario empleando toda la energia disponible al servicio de dicho proyecto.Olvidando que tiene una vida personal y dejandola a un lado para que ni un solo miligramo de energia se desvie del objetivo-la empresa y asi tener mas posibilidades de cumplir el objetivo primario:La magia de facturar mas de lo que se gasta.Ese primer paso.sin duda muy importante no es nada ,comparado con la continuidad de dicha inercia y siguiendo con resultados favorables y algunas veces adversos pero volviendo a la senda del haber mas que el deber, y asi hasta el ultimo dia en que te jubilas sin haberse enterado que se ha hecho mayor.Luego, si tiene un hijo,si tiene aptitud e interes por dicha “negacion del ocio”,se lo traspasas sin un euro a cambio ,tal vez algo simbolico en valor pero nada mas. Quiza se retira timidamente ò poco a poco sin llegar a retirarse nunca porque sabe que abandanar la empresa es morir-pues no ha hecho otra cosa en tu vida mas que dedicarla a ella y el resto a la familia ademas, de alimentar alimañas de caracter parasitario como los prescindibles politicos,sindicalistas subvencionados y demas gentuza de mal vivir y buen comer y viajar.
    Que has hecho en tu vida-te preguntas: Trabajar ,nada mas que trabajar… Y dice que levantar una empresa no tiene merito?

  2. wig
    30/09/2010 en 11:09

    Es cuestión de tiempo. Somos tan estúpidos que no comprendemos que existe el tiempo, y que, a pesar de todo, este se comporta como una persona, a la que hay que prestarle atención y mimarlo. Disfrutar de él y dejarlo pasar cuando está enfadado. Tu post refleja la falta de tiempo que las personas dedicamos a pensar sobre nuestro entorno. Y hay personas que lo hacen y vende sus observaciones. Y todos tan felices. Uno tienen el dinero, y otros el tiempo para pensar y vender sus pensamientos. Siempre ha habido consejeros. Es más moderno coaching. Y siempre ha habido personas llenas de frivolidad que saben que no necesitan pensar nada más en conseguir dinero, porque, entonces, tendrá asesores de todo tipo, entre ellos, si se tercia, coaching. Somos un analfabetos emocionales. Un “súper” post. Saludos.

  3. 01/10/2010 en 23:00

    Muy buen artículo.

  1. 06/11/2014 en 02:14

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