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La mala educación

El brillante analista Sebastian McCoy comparte conmigo un par de ideas básicas (o yo con él), una de las cuales acaba de sernos arrojada una vez más, desnuda, a la cara de los implicados en el sistema educativo de niños y jóvenes, vía Informe PISA.  El resumen es que, salvo honrosas excepciones, el sistema educativo que sufrimos desde hace más de veinte años es una auténtica bofetada en los hocicos de pedabobos y otras especies de obispos de la ideología progre que se ganan el pan con el sudor extra de la frente de los demás. Digo extra porque sin su inestimable colaboración necesitaríamos mucho menos esfuerzo para llegar a los mismos resultados o mejores, como demostraron sobradamente nuestros padres cuando estas perfectamente prescindibles profesiones -a la vista está- no existían.

La sobreprotección que hemos estado ejerciendo contra nuestros hijos los ha convertido en auténticos déspotas a fuerza de pataleta cada vez que se enfrentan a sus obligaciones. Los hemos criado entre algodones hasta el punto de convertirlos en intolerantes a la más mínima frustración. Tanto más tiranos cuanto más les hayamos sobreprotegido. No será necesario mucho esfuerzo de rememoración para recordar que, antes del año 2004, el principal debate en este país era dar vivienda -a la que por supuesto tenía derecho todo hijo de vecino, independientemente de que la pagase o no- a los jóvenes.

Esta reflexión no es una loa al franquismo, por supuesto, pero no echemos balones fuera buscando causas más allá de lo que Okham aconsejaría, porque son muy simples: la ruptura con los valores tradicionales -tradicionales significa tradicionales, no franquistas– que habían sustentado al trantrán nuestra vida desde siglos atrás y llevado en volandas a nuestras familias desde el atraso, la miseria y la entropía inmediatamente anterior hasta el increíble progreso y el enfoque en lo importante de la era del seiscientos, ha provocado un extravío mental, una pérdida de las referencias, de los valores, los principios sobre las que se asienta el edificio personal y por extensión familiar y social. Los mismos que Bill Gates nos recordaba aquí (y no creo que Bill Gates sea franquista): esfuerzo, disciplina, mérito, trabajo, deber… frente a los imperantes en la vida muelle que hemos disfrutado irreflexivamente hasta hace cinco o seis años: la dramática equivocación que constituye el confundir el valor Bien con el valor Placer.

Los que trabajamos en el ámbito de los RRHH somos víctimas de una situación que nos ha sido dada, pero también verdugos de las siguientes generaciones, y seguiremos siéndolo mientras no renunciemos a ser cómplices de la destrucción moral -del conocimiento del Bien y del Mal- del ser humano, mientras no abominemos de aberraciones pedagógicas para adultos como los best work places y best places to work que nos llevan a pensar que el Paraíso del que nos habla La Biblia es -y debe ser o pataleamos- nuestro lugar de trabajo, mientras no rechacemos tratar o que se nos trate a base de carantoñas emocionales como a bebés de teta, mientras no impulsemos la madurez del cuerpo de trabajo nacional decididamente. Mientras no permitamos que las personas puedan llegar a ser responsables de sí mismas a base de sobreprotegerles hasta la jubilación. Mientras no hagamos caso a la recomendación que McCoy realizó hace unas semanas en su artículo: “España necesita recuperar el espíritu de la Generación Cuéntame“. 

 

 

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  1. viejo castor
    10/12/2010 en 11:57

    Cierto,muy cierto. Es verdad que malos estudiantes los habia antes y yo he sido un buen ejemplo pero,hay una gran diferencia entre ser un mal estudiante porque no te da la gana y ser un mal estudiante porque no tienes medios.A este ultimo pertenece todo español que ha estudiado bajo el desgraciado diseño que el incompetente ministro Rubalcaba diseñò en su dia.Desde entonces,salvo unos pocos ,se han despeñado por el acantilado de la inoperancia educativa una buena parte de los jovenes españoles de este nefasto modelo educativo sectario e inutil.

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