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Efectos del enfoque pedagógico en la formación empresarial

El primer error que ha cometido la empresa que adquiere productos formativos soft ha sido el desconocimiento. Una ignorancia comprensible dado lo incipiente de la irrupción de la neurociencia en los medios de comunicación masivos y profesionales: la mayoría de las personas tiene poco interés sobre lo que ocurre en el cerebro de ratas de laboratorio, y sólo de vez en cuando se sienten atraídos por una información relacionada con el humano, aunque con insuficiente frecuencia como para permitirles hacerse una idea global del funcionamiento de su cabeza.

El sector, está –como hemos dicho por activa, pasiva y perifrástica– infectado de un esoterismo y constructivismo hirientes para una mentalidad neurocientífica o siquiera racional, pero la necesidad de conseguir convertirse en guru del mundo mundial superando las propias taras se convierte en virtud tras saltar fácilmente las barreras del sentido común: ¿qué mejor producto que el que te garantiza ser feliz y exitoso? Libros da autoayuda a toneladas.

 

Las capacidades, competencias y hábitos

Arrastrados por las –al menos– dudosamente efectivas pedagogía y psicología, los adquirientes de productos formativos han caído –incautos y bienintencionados– en la trampa pedagógica que consiste en evaluar capacidades más que rendimientos. Pongamos por caso una clase de Educación Física: se supone que todos los alumnos –excepto los discapacitados– tienen la capacidad de ejecutar una voltereta adelante sobre una colchoneta –y esto aunque sea usted un padre sobreprotector capaz de inventarse cualquier cosa para conseguir que su hijo/a aprenda a llevarse el gato al agua como hará con usted en cuanto pueda– aunque esté gordito/a o sea torpe/a (¿Es torpa el femenino de torpe?). Pues bien, LOGSE mediante, a su hijo no se le evaluará en función de su rendimiento, sino que será evaluada su capacidad de rotar alrededor de su eje transversal sobre un plano. Es decir, que se lo vamos a poner facilito no vaya a ser que tengamos que ponerle un cero y se nos frustre o traumatice, el pobre; y si tenemos que ponerle un plano inclinado con siete colchonetas para que esté mullidito, y varias rodeando el artilugio por si desafortunadamente yerra y se sale fuera no se haga el más mínimo daño, pues se monta el tinglado, ¡no faltaba más! Y mientras dura el: –Venga chica, ánimo!. –que no, que no me atrevo. –No te preocupes, que aquí estoy yo para ayudarte, –Que no, que no, que me da miedo… , el resto de sus treinta compañeros dejados de la mano de Dios.

Estos conceptos, capacidades, competencias y hábitos, se nos han colado de rondón para que no nos demos cuenta de que los hábiles comerciales nos están vendiendo productos que desarrollan… ¿qué? ¿Competencias? ¿A qué empresario le interesa que un trabajador tenga determinadas competencias? Lo que le interesa es que haga la maldita voltereta adelante cuando le toque hacerla, y además como un gimnasta olímpico.

 

El rendimiento

Ángel Nieto, Manolo Santana, Miguel Induráin, Seve Ballesteros, Fernando Alonso, Rafa Nadal… no están donde están por tener o haber desplegado determinadas competencias –y aunque las tuvieran sería algo completamente irrelevante– sino por tener un determinado rendimiento. Unos son más serios, otros más simpáticos, otros más soberbios, otros humildes, algunos introvertidos y otros extrovertidos, pero todos tienen un denominador común: hacer bien lo que hacen. Y eso es lo que la empresa tiene que exigir a un producto softskills. O eso o seguiremos ejerciendo de continuadores de la dañina sobreprotección paterna gastando recursos en alfombrarles el paso para ver si así se sienten como en casa y trabajan algo, en lugar de sancionarles para ver si así se dan cuenta de que ya son mayores.

Mientras permita que la eficiencia del producto que adquiere se mida en función de parámetros evanescentes en lugar del logro de objetivos, estará perjudicándose a sí mismo y alimentando un sector que no sólo no está produciendo beneficios a la empresa y la sociedad, sino que es el canal distribuidor de trascendentales errores que quizá cueste más de una generación eliminar.

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  1. viejo castor
    02/02/2011 en 21:48

    Todo eso es muy tecnico pero ¿ Que me dice de un niño que en los comienzos de un determinado deporte no tiene mas “armas” que el propio aprendidaje .Està desnudo ante el resto,necesita apoyo ,aliento y entrenamiento.no es sobreproteccion,necesita-al igual que el bebè que gatea e inicia la fase de andadura.Es un hecho que si un bebè cuando està iniciando sus primeros pasos se cae y sufre un golpe doloroso ,le cuesta mas repetir el proceso hasta que vuelve a recuperar la confianza en si mismo.Pero,si se inicia en un lugar donde las paredes y el suelo no le van a lesionar en una caida pues cogerà mas confianza y andarà antes,¿o no?

    • 09/02/2011 en 14:17

      Claro, le doy toda la razón. A los niños hay que protegerles mientras se puedan hacer un daño serio, pero no más, porque eso les debilita, les hace creer que siempre van a necesitar -y obtener- ayuda. A largo plazo el efecto de la sobreprotección es negativo.

  1. 09/02/2011 en 05:11

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