El desapego

imageHacer de la necesidad virtud es una estrategia recesiva, en primer lugar porque invierte los términos de la ecuación: la virtud es una necesidad adaptativa para el ser humano individual y la humanidad en general, aunque su ausencia, –el vicio– es lo que la pone de manifiesto en esta existencia forzosamente dual en que vivimos.

Para ilustrar esta cuestión recordaré una entrevista al siempre impactante Mario Conde en la que contaba que una joven y bella asesina de la banda terrorista ETA compañera de cautiverio justificaba sus vicios en la defensa de la tierra de sus antepasados. Un buen ejemplo de la conversión de la necesidad, en este caso de ser trascendente, de sobresalir entre la masa –que diría Fromm en El arte de amar– y de liberar las inexorables frustraciones inherentes al hecho de existir sazonadas con una desorientación esencial, en una falsa virtud: defender la tierra de sus antepasados. No explica cómo concretamente la defiende, ni por qué la tierra de sus antepasados es más importante que las vidas de los descendientes de los antepasados de otros que, además, estaban allí antes que sus venerados muertos a los que nadie aceleró el paso a la otra vida, porque los vascos son en realidad invasores franceses de la tierra de caristios, várdulos y otras tribus cántabras, hispanas. Y aunque no lo fueran. No todos los fines justifican todos los medios.

 

 

Pero volvamos al asunto. Si repasamos rápidamente la historia del hinduismo y sus vástagos de los que surge el concepto que titula esta entrada, como ya hemos dicho en numerosas ocasiones en este blog, nos encontramos que, en un momento de la historia surge el mito de Buda, aberración cognitiva creada seguramente con el mismo propósito que el concepto del karma: someter a los ignorantes morenos a la plácida tiranía de los arios, tal como relata si mal no recuerdo el hinduista y yogui belga André Van Lysebeht en su libro Tantra: El culto de lo femenino. Por hipersintetizar, diríamos que estas cosmovisiones orientales conducen irremediablemente al resultado opuesto al Laborare est orare cristiano, el Quien no trabaje que no coma paulista, el A Dios rogando y con el mazo dando o el A quien madruga Dios le ayuda: a la ruina, el atraso, la ignorancia que presuntamente pretendía erradicar, la desigualdad y la pérdida de la dignidad de ser humano, especialmente a la mitad del género humano. La diferencia hipersintética entre el hinduismo y sus vástagos con respecto al cristianismo es la siguiente: Los hinduistas deben ganarse la salvación con el sudor de su frente, convirtiéndose a base de ese afán en anoréxicos acróbatas espirituales sin oficio ni beneficio, mientras que los cristianos lo que ganamos con el sudor de nuestra frente es el pan, pero la salvación la tenemos gratis, por la Gracia, por la fe. Las consecuencias de cada weltanschauung son coherentes con sus respectivos principios, con el punto del horizonte al que se dirige la brújula de cada uno.

 

El sufrimiento puede ser vencido "Esta es, oh monjes, la noble verdad sobre la supresión del sufrimiento. Esta cesación es posible eliminando nuestro deseo, librándose del deseo-apego, abandonarlo para siempre, no dándole acogida en nosotros."

Frase atribuida al mito de Buda. Wikipedia

 

Y es en este contexto histórico y filosófico arcaico del Noble Óctuple Sendero y sus Cuatro Noblesimage Verdades budistas en el que surge la puesta en valor del recesivo concepto de desapego, que implica un abandono de las responsabilidades terrenales para con uno mismo y los demás en los brazos del egoísmo infantil salvesequienpueda o, en versión moderna: Que paren el mundo que yo me apeo.

El recurso a la búsqueda del desapego constituye una huida de la realidad displacentera, una negación de la realidad. El individuo, atado al sufrimiento por el mero hecho de existir, por sus circunstancias particulares, se sale por la tangente y abandona sus responsabilidades, se recluye en una cueva de los himalayas a lo Ramana Maharshi o se da a los psicotrópicos para intentar salir de su prisión espaciotemporal y de sí mismo como sustrato último del propio sufrimiento insoportable, convirtiéndose en una especie de maceta parlante ajena a cualquier tribulación, fuera del adaptativo dualismo y por tanto inexorablemente presa del recesivo relativismo. Ejemplos de esta neurosis abundan; conozco una débil persona que, para evitar sufrir los problemas de su familia, la vivencia del envejecimiento y muerte de sus padres, se liberó de apegos refugiándose en sí misma aislándose de todo, al más puro estilo Shiddharta Gautama. Desapego casi absoluto. Ni siquiera se acercó a despedirse de su madre antes de morir.

Es cierto que muchas personas, como el hombre 10, tienen razones más que sobradas para imitar a Felipe y apearse del tren de la vida –en lo que interesa, claro, que el bueno de Ramana también recibía visitas, muchas ilustres, para escuchar su sabiduría, como el egocéntrico guru de cabecera de Rodrigo Rato, Ramiro Calle– para intentar sobrellevar las penas de la existencia, pero las hay que no lo han pasado mejor y no renuncian a sus apegos, conscientes de que verán morir a sus padres y envejecer –en el mejor de los casos– a sus hijos y cónyuges, de que probablemente pasarán estrecheces en su vejez y quizá se veránimage confinados en una de esas residencias alosviejosselesapartadespuésdehabernosservidobien caritativamente sedados, convertidos en despojos humanos.  

Alguno que yo conozco también ha sido importante, ha visto derrumbarse sus proyectos de vida, su casa, su familia, no es tan guapo ni lleva tres mil euros en la cartera precisamente y a pesar de todo ello no anda por ahí huyendo de la realidad a modo de elevada pose –cuando le conviene a su vanidad– la afronta como un campeón de sí mismo y trata de seguir adelante, como diría Kipling, o como uno de esos valerosos 300 que creyeron morir sin cumplir su propósito. Recurriendo paradójicamente a la parábola budista del grano de mostaza: No nos envanezcamos de nuestras desgracias, seguramente otros habrán sufrido más que Buda y no hacen tanta alharaca de sus tribulaciones. A currar mientras el cuerpo aguante.

Existe otra opción más adaptativa que la del budista desapego, la más adaptativa de hecho, y consiste simplemente en tener fe en Jesucristo y en su resurrección, que como hemos visto en el post precedente, es algo perfectamente posible a los ojos de la ciencia actual, y aún más, por fin demostrable, por más que sigamos como Santo Tomás, incrédulos que necesiten meter el dedo en la llaga de su costado, y ni aún así creeríamos. Pero los amamantados por la weltanschauung cristiana, mientras dudamos, seguimos dándole al mazo, sembrando a la espera de recoger nosotros –impenitentes buscadores de egóica trascendencia– mejor que nuestros descendientes.

Puede parecer una recomendación muy meapilas, lo asumo, pero tiene su sustento en laimage neurociencia, como explicaré a continuación: Los seres humanos disponemos de una dotación neuronal –sin olvidar sino todo lo contrario a los astrocitos, verdaderos agentes de la mente– casi fija a lo largo de nuestras vidas, y pese al optimismo del culturista y neurólogo premio Nobel Santiago Ramón y Cajal y su plasticidad cerebral, producir cambios es harto complicado, al menos si no media un entrenamiento riguroso de atleta de élite o repetidas circunstancias vitales, como ya sabemos; especialmente sobre las modificaciones fijadas en los primeros años de vida. Así, el concepto madre y su consiguiente estructura material cerebral pervive con nosotros hasta el momento de la muerte, cuando más de uno se dirige a ella implorándole ayuda para pasar el trance. Podemos a partir de aquí deducir la importancia de la Madre por antonomasia. Igualmente ocurre con el concepto padre.

El padre es la entidad temida, respetada y admirada por casi todo ser humano –Mi padre es el más fuerte, o, como me espetó un simpático y franco pequeño de tres años una ocasión: Mi padre también tiene zapatillas, pero limpias– Es o ha sido hasta estos desgraciados momentos de feminización del varón, el protector de lo más importante para un niño: su familia.

Así, en presencia de incredulidad y ausencia de fe, o de la clásica pretensión de erigirse en dios de todo tonto con denominación de origen que se precie, echando mano de este simple pero permanente recurso cerebral al confiado abandono en los brazos del padre –y más si es El Padre, el Supremo Programador–, uno puede experimentar un descenso radical en el nivel de displacer en el que vive, puede sobrellevar los traumas de su vida sin tener que –presunta o realmente– abdicar, dimitir de la labor de ser humano que lucha a brazo partido por cumplir su imprescindible labor en la historia de los hombres, salga el sol o caigan chuzos de punta.

Así que… ¡ánimo, y a por ello, valientes!

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