El espíritu

imageHoy voy a dedicar este post sobre un asunto tan interesante a un reciente amigo que anda algo perdido, y espero que sirva para que se encuentre todavía mejor, para que se libere de tópicos tan falsos como recesivos.

Hace unos quince años, cuando todavía me dedicaba a la enseñanza y por aquello de los trienios y sexenios, me apunté a un curso de formación de profesores de yoga. Un curso intensivo de un mes de duración en el que pasábamos más de ocho horas al día trabajando todos los aspectos del yoga: historia, literatura, religión, posturas y series de diversos estilos, meditación, musicología, respiración, didáctica, limpieza, dieta…

Desde –no se rían– tragar metros de venda con agua salada para limpiar el esófago y estómago, a introducirnos sondas por la nariz y sacarlas por la boca para limpiar los conductos, incluyendo exámenes de las partes teóricas y las prácticas. Entre estas últimas, por ejemplo, mantenerse más de media hora (aunque no soy del mismo Bilbao no iba a dejar que otro me quitara el honor de ser el último en bajarme) en el ásana llamado sirsásana, cabeza abajo; algo nada complicado, por otra parte, para un tío del INEF (de aquellos gloriosos tiempos) de treinta y tres años como yo.

Cerca del final del curso, nos levantábamos muy temprano, a las cuatro de la mañana, porque esa es la hora en la que se despiertan los sadus, yoguis y otro tipo de ascetas hindúes, de forma que así se conectaba mejor con su espíritu, lo que teóricamente ayudaría a desarrollarse más rápido (claro que ninguno de los lumbreras que allí estábamos y los que no estaban pero piensa lo mismo, se puso a pensar en que las cuatro de la madrugada en Pontevedra no son las cuatro de la madrugada en Bangalore, pero imageesa es otra cuestión) El caso es que, después de toda una jornada de ejercicios diversos, tocó una sesión intensa de respiración en la que el profesor, descendiente de Meister Eckhart y secretario personal de swami Visnú Devananda –heredero de uno de los grandes yoguis de la historia, swami Shivananda– nos hizo aguantar la respiración… ¡dos eternos minutos! mientras nos exhortaba: “Cuando no puedas más, aguanta un poco más”. Una experiencia increíble al límite.

A continuación, una sesión de una hora de meditación con música, sentados en padmásana, relajados, con una estabilidad, equilibrio e inmovilidad perfectas fruto de los días de intenso entrenamiento precedente. Todavía quedaba otra hora de trabajo antes de terminar la jornada, y la mayoría de los treinta y pico estudiantes no nos movimos un ápice cuando entró el siguiente profesor, el descendiente de Eckhart. Estábamos muy muy cómodos así.

Tocaba meditación sin más, vacío completo de actividad cognitiva, eso que llaman erróneamente poner la mente en blanco. No recuerdo si la estrategia de la sesión era contemplar el ir y venir de la respiración o el fluir de los pensamientos sin apegarse a ellos. El caso es que, pasada una media hora empezó a sucederme algo extraño. No podía moverme en absoluto, como les ocurría a mis sujetos experimentales durante las sesiones de práctica de la hipnosis en la Facultad de Psicología de la Complutense unos años atrás. Una sensación indescriptible de liberación, de gozo, me invadió por completo, llevándome a experimentar una compasión sin límites hacia personas con las que tenía algún conflicto en mi vida cotidiana y que aparecían ahora en mi mente sin que hiciese nada por traerlos. Y eso me hacía aún más feliz.

Yo, por supuesto, con la edad y la información de que disponía hasta entonces,image identifiqué aquello con la experiencia absoluta de amor, incondicional e infinito. Era como si de repente todo fuese absolutamente bello, más o menos como cuando a uno le van las cosas muy bien en lo profesional y lo económico, está enamorado, en la fase maníaca de la ciclotimia o cosas similares: algo intenso pero sutil, pleno pero sereno, omnisciente, conectado con el universo… divino. Por supuesto, quería quedarme ahí para siempre; supongo que cualquiera en mi lugar lo haría, porque no tenía ni una sola, pero ni la más mínima, sensación de corporeidad, como si mis ochenta kilos de eibarrés (ya saben de dónde viene el rabie de @rabiesan) forjado en el frenesí de Madrid se hubiesen evaporado dejando mi espíritu solo, puro, la esencia del Espíritu, sin ataduras carnales de ningún tipo. Existencia pura. Yo soy. Por utilizar una expresión más actual: flipante. Y a pelo.

Mis compañeros empezaron a irse, terminada ya la sesión, pero yo seguía ahí, flotando en mitad de la sala, sentado sobre mis mantas, sin espacio ni tiempo, negándome a estropear mi fiesta por algo tan mundano como la ducha y la cena. El profesor encendió las luces y apagó las velas que nos mantenían en una vibrante e introspectiva penumbra, supongo que con el objetivo de sacarme de mi trance, pero que parecía no surtir efecto. Él y un amigo se quedaron conmigo, charlando en voz baja a un lado, pero dentro de mi campo visual, sin interferir en mi gozosa experiencia. Pero todavía quedaban más sorpresas.

De forma automática, sin que yo hiciera nada y sin turbar esa desconexión absoluta con mi cuerpo, en plena presencia de espíritu, mi cabeza empezó a describir leves círculos, primero hacia un sentido, luego hacia el otro y así sucesivamente, que fueron ampliándose hasta abarcar todo mi tronco como habrán visto que ocurre en personas en trance en la televisión… y yo observando todo aquello, serenamente orgulloso ¿Se pueden imaginar cómo me sentía a estas alturas? Aquello sólo me había pasado a mí; a mí, de entre treinta y pico personas, muchas con años de experiencia en estas cosas. ¿Habría alcanzado el samadhi? ¿Tendría yo un don espiritual especial? ¿Estaba llamado a algo importante? ¿Había sido elegido por los maestros ascendidos para alguna misión especial?

Al final salí de aquella situación –obvio, aquí estoy– y claro, interrogué al experimentado profesor –había vivido más de veinte años en la India, en el ashram de Visnú Devananda– sobre aquello, esperando que me dijera: Santiago, ya has pasado la prueba, eres uno de los nuestros, o quizá algo aún mejor. Y lo que me dijo, para mi sorpresa, fue aproximadamente:

Lo que te ha ocurrido es que a causa de la quietud y relajación absolutas durante tanto tiempo, tu sistema nervioso ha dejado de recibir señales de tu cuerpo y del exterior, y como no le llegaban, se ha desconectado de él, con lo que la información que procesaba tu mente estaba limpia de cualquier conflicto, cualquier tensión corporal, cualquier necesidad, dolor o apego, y en ese estado una mente normal sólo procesa eventos agradables porque no está sesgada por ningún displacer.

Cuando tu cuerpo ha empezado a moverse automáticamente, lo que ha ocurrido es que tu sistema nervioso ha empezado a recibir más señales, porque he encendido las luces y hemos empezado a movernos y hablar en voz baja, y ha empezado a recobrar progresivamente su cuerpo. Para terminar la tarea, porque la naturaleza humana todo lo tiene previsto, ha ordenado por su cuenta, sin intervención de la consciencia, unos movimientos sutiles con el objeto de volver a sentirlo, volver a conectarlo, algo que, como has visto, con un poco de tiempo, ha sucedido.

Así de maravillosa es nuestra biología. Nada de nada relacionado con el espíritu; no había conseguido otra cosa que pasar mucho rato inmóvil y relajado. Mi vanidad espiritual, la más abyecta de las vanidades, típica de la mayoría de los coaches actuales, junto con mi gozo, acabaron en un pozo.

Tiempo más tarde leí algo sobre la privación sensorial, y terminé de entenderlo todo.

Espero que te sirva, amigo.

 

Entrada actualizada con este interesantísimo artículo y vídeo.

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  1. 19/04/2012 en 20:02

    Interesante. ¿No hay ningún proceso químico auto-inducido por medio? A mi se me cruzaban mal las copas y el hash, y no veas. Espíritu a lo bestia.

    • 19/04/2012 en 20:29

      Jajajaja, limpio total, en esa época, además de ser ovolactovegetariano ecologista y castrista, no fumaba ni bebía alcohol, era de la liga anti, y beligerante además. Un insoportable! Pero no se lo digas a nadie!

  2. 19/04/2012 en 20:54

    No, Santigo, digo algo que el cuerpo produzca por sí mismo, a veces, al usar la técnica que describes. Me sueno raro esto: en ese estado una mente normal sólo procesa eventos agradables porque no está sesgada por ningún displacer.. Y veo más fácil un rollo químico, inducido por la quietud / relajación especial, más prosaico.

    • 19/04/2012 en 23:50

      Ah!, jejejeje. No lo sé, no me va mucho la neuroquímica. Lo que sí sé es que la técnica, como cualquier privación sensorial breve y la concentración en algún objeto, elimina los sesgos negativos del pensamiento, y a la vez “desconecta” el cuerpo, y con ello las sensaciones displacenteras que podrían sesgarlo hacia lo negativo. Entonces, si eliminas lo negativo, la mente tiende a sentir esa sensación tan grata. Por supuesto que habrá por ahí neurotransmisores enredando, no podría ser de otra forma, pero ahí no me quiero meter, me da pereza.

      Con lo de “normal”, me refiero a personas que no sufran algún problema vital serio que podría enganchar su atención, o personas que hayan hecho mucho daño a los demás. Cuando se sesga la mente hacia algún sentido, como pasa en las películas o en la publicidad, se tiende a una cognición en el mismo sentido.

  3. 21/04/2012 en 13:41

    y sobre todo, a mi juicio, que lo has contado pero que muy requetebien,Santiago, sí señor, recuerdo bien aquella época y aquella pasión por el yoga, por India,por Hesse, por los yoguis y demás. Celebro conocer tu blog.
    saludos blogueros

    • 21/04/2012 en 18:09

      Me ha costado, la verdad, no me gusta demasiado contar mi vida en público, pero la ocasión y la experiencia eran perfectas para ilustrar a mi nuevo amigo la cuestión.

      ¿Quién no ha estado colgado con esas tonterías, verdad? Hasta Rodrigo Rato se enganchó con el desnortado de Ramiro Calle.

      Yo también he estado echando un vistazo al tuyo, iba a hacer un comentario en un post sobre la niña ésa llamada “Bebe”, pero finalmente, tras una gran lucha interior, he logrado contenerme.

      Abrazos

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