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El estallido de la burbuja del coaching

Ya sé que muchos de ustedes piensan que soy un enemigo del coaching como lo soy de la inteligencia (m)emocional. O acaso sea ella mi enemiga. Pero otros muchos saben que no es así en el primer caso. En el segundo sí, rotundamente en contra de esa eficiente técnica de destructiva ingeniería social, de licuado de cerebros típicamente ingsoc. Soy consciente de mi carácter crítico y hago gala de ello, faltaría más, que de todo hay y debe haber en la Viña del Señor, y al que no le funcionen las neuronas especulares –otra bobada similar a la IE– conmigo, tiene un serio problema de coherencia. Creo que como ocurre con todo, sin espíritu crítico, el coaching en términos generales va camino de la locura que ya impregnó otras aproximaciones del mismo pelo al mismo asunto, como la PNL, el eneagrama, la gestalt y otras corrientes ideológicas con pretensiones de verdad. Y de su autodestrucción.

 

 

Hasta hace cuatro o cinco años, cuando atábamos los perros con longaniza, tener coach era sinónimo de estar en la onda, tener pasta, ser guay o como demonios quiera que se diga ahora; florecían escuelas, asociaciones y coaches como caracoles tras la lluvia. Pero llegó la crisis a todas partes, hasta a las tiendas de la milla de oro madrileña y el barrio de Salamanca, deprimente espectáculo de desolación que puede uno observar hoy en día, y con ella, se barrió todo lo superfluo. Y el coaching no podía, como servicio perfectamente prescindible, librarse de ello. Ya sé que tal aseveración puede provocar escozores de autoestima, pero no hay más que remontarse unos pocos años atrás, cuando el coaching no existía, para reconocer la realidad. Los directivos se sobraban y bastaban con ellos mismos y algún que otro asesor especialista para cumplir sus propósitos; y no creo que ninguno de los escocidos, por más que la molestia no se calme, tenga la osadía de afirmar que ahora los directivos o los trabajadores son más eficientes o felices.

El coaching llegó con la cultura del hedonismo, del enriquecimiento fácil, rápido y sin remilgos morales de finales de los años noventa y principios del tercer milenio: media docena de preguntitas ingeniosas y asunto arreglado. No me digan que no es genial el invento, como el Google primitivo: una caja de texto para escribir la búsqueda y un botoncito para buscar. Ockham estaría orgulloso. Sin embargo, impulsados por la crisis, la mayoría de los coaches y las asociaciones, a la búsqueda desesperada de liquidez, han iniciado una evidente huida hacia adelante, buscando una marketiniana diferenciación por medio de nuevas propuestas en los sucesivos cursos de formación –quienes los imparten– cada día más estrafalarios –como esta ridícula nueva vuelta de tuerca al recesivo budismo– y nuevos objetivos que ofrecer a los clientes –los coaches de a pie– que ya no quieren gastarse el dinero en lo que no necesitan, porque lo que ahora, se vendería estupendamente, con la que está cayendo, serían lámparas de Aladino o varitas mágicas. Pero eso aún no lo promete el coaching, aunque todo se andará, recuerden a los Alex Rovira con su La Buena Suerte y compañía, que ahora ni se atreven a asomarse a los medios de pura vergüenza. La realidad es tremendamente tozuda.

O lo paran ustedes o el monstruo terminará devorando los restos de su profesión, estigmatizándoles más de lo que ya están, ustedes que pudieron terminar con los psicólogos y casi lo lograron hasta que éstos comprendieron que si no puedes con el googleenemigo, es mejor unirse a él y formarse en coaching, que tengo estos principios, pero si no le gustan, tengo otros, sobre todo si las letras del Audi van en ello. Groucho dixit.

Y esa huida hacia delante será precisamente la perdición del coaching si no surgen más voces críticas –de personas que, como yo, no tienen nada que perder, claro– con la contaminación de ideologías y religiones recesivas impulsada por la necesidad. Es cierto que Google no es hoy lo que hace diez años era, pero el buscador sigue siendo el mismo. La clave del éxito del coaching es igualmente su sencillez, pero resulta que:

– O bien no era tan sencillo convertir el plomo en oro como lo vendían y tienen que seguir perfeccionándolo

– O el desmesurado número de asociaciones y coaches y su consecuente déficit de cualificación, dispersión y atomización final terminará por convertirlo en una psicología light

– O quizá la inseguridad que provoca la crisis generalizada y la caída de ingresos les está impulsando a buscar más nichos de mercado

– O simplemente es que el coaching no es tan maravilloso como lo pintaban

– O, lo más seguro, una mezcla de todo lo anterior

Quienes nos hemos dedicado al entrenamiento psicológico de deportistas de élite podíamos intuirlo: no hay fórmulas mágicas, y si las hay, la estrella sin duda es el entrenamiento intensivo y extensivo, tanto físico como mental. El asesoramiento y seguimiento esporádicos no produce los frutos esperados, la neuroplasticidad se resiste al coaching.

A esto hay que sumar el carácter propio del personaje que se dedica al coaching, digno de estudio o, al menos, reflexión. Pero eso será en otro post futuro.

No se sientan aludidos los pocos coaches sensatos, con la cabeza en su sitio.

 

 

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  1. hinojedo
    20/05/2012 en 20:34

    Querido Santiago, ya sabes que tengo cierta inclinación, y desde luego cariño, hacia los iconoclastas pero ¿por qué dices que la neuroplasticidad se resiste al coaching?. Puede que a algunos de los excesivos modelos que hay. Ya sabes que Freud habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias”. Lo que pasa es que muchos coaches , a través de sus metodologías, modas o “fads” no están dispuestos a decir “no sé” o ” cuéntame más”.

    • 20/05/2012 en 20:55

      Pues tengo que admitir humildemente un desliz, en términos generales sí que se produce o más bien se contribuye a producir una modificación de la estructura encefálica, pero no precisamente adaptativa, sino recesiva, constructivista y voluntarista, en la línea de la mainstream dominante.

      Como siempre repito, esto es aplicable al grueso de los coaches, no a los sensatos, que me disculparán la obligatoria generalización. Por eso insisto en que son los propios coaches los que tienen la obligación de mantener la cordura en el sector.

      Un abrazo

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