La mente del coach

Vayan por delante mis excusas a los buenos profesionales, escasos pero existentes, por la generalización que suponen estas líneas respecto a las características psicológicas de los coaches. Hablaré de ello por tratarse de un asunto de actualidad que requiere dedicarle la suficiente atención, además de muy serio, porque se trata nada menos que de personas que enredan en la cabeza de los demás.

Me van a entender enseguida. En la mente de todos están las ocultas razones por las que determinadas personas estudian psicología: por ver si se aclaran la desorientación que sufren, por ver si consiguen eliminar esa insoportable sensación de insatisfacción que arrastran. Seguro que coinciden conmigo más de dos. A lo largo de sus estudios no es que se aclaren en absoluto, más bien empeoran de sus síntomas, pero logran integrarse en un grupo, se hacen fans de determinadas orientaciones y personajes, lo que les aporta el sentimiento de individualidad y expertisse que buscamos todos mediante otras especialidades menos peligrosas, hasta llegar al sectarismo ciego y la consiguiente peligrosidad social. Pero ellos, como diría Rolf Degen en su atrevida obra Falacias de la Psicología, aún no han demostrado casi nada, por lo que siguen picando de flor en flor, de curso en curso, a ver si consiguen eliminar esa incómoda sensación. El anterior no sirve, pero el que estoy haciendo ahora es la leche, suelen decir después de seis o siete. Mientras tanto, como Freud, fulminan los principios de la evolución y los sesos de más de uno.

Con el coaching acontece algo parecido. Normalmente el coach es, o un comercial de raza y/o una persona desorientada que, fruto de algún intenso trauma vital, cae en el insondable abismo de la tristeza, lo que ahora se denomina erróneamente depresión, que les impulsa a buscar con desesperación soluciones rápidas y eficaces, como la aspirina o la viagra, para aliviar sus insoportables males, causados por las mencionadas razones varias o por la misma desorientación esencial que padecen los estudiantes de psicología.

El coaching, como buzzword, es un sonoro término muy de moda como la inteligencia (m)emocional, por lo que es fácil que el doliente busque en sus promesas de solución rápida el alivio de su dolor. Durante el periodo de formación, el futuro coach va mejorando, como diría Degen en el caso de los psicólogos, al mismo ritmo que otra persona que no recurre al coaching o a la psicología, pero aquél, sin embargo, cree que es aquello que está estudiando y practicando lo que le está sacando de la agonía, ayudado por las obligatorias sesiones en las que, como parte de la formación –paradójicamente igual que en el científico psicoanálisis– recibe coaching de un profesor.

El ascenso hacia el bienestar se pasa de frenada, con un resultado similar al que se experimenta durante la enajenación mental transitoria que produce el enamoramiento: la vida cambia de color, todo es más hermoso porque las áreas cerebrales de la crítica se apagan hasta ver un príncipe donde sólo hay un sapo, como las de la inhibición que nos hace perder la vergüenza, los problemas se desvanecen o se convierten en estimulantes retos, el chute de betaendorfinas hace los demás te vean hasta más guapo, aunque el individuo siga siendo el mismo y sus taras permanezcan, hibernando, a la mínima oportunidad para salir de su escondrijo para alimentarse con la sangre de la siguiente víctima que se cruce en su camino. La experiencia orgiástica de fusión y la aprobación externa de sentirse importante y valorado por alguien (Me besabas con el ansia con que se besan unos labios nuevos, que diría Manolo García en A veces se enciende) borra de un plumazo cualquier displacer que la vida deparaba por circunstancias adversas o por los defectos de funcionamiento de su mente. Esta agradabilísima vivencia se da en proporción directa a la sensación de separatidad anterior del sujeto enamorado, como advertía Fromm en el impagable El arte de amar.

Durante el proceso de reequilibrio hacia la normalidad –aunque el coach crea que en virtud de sus nuevos conocimientos y aplicación de sus eficientes estrategias y técnicas– va recuperando su autoestima hasta autoconvencerse de ser capaz de solucionar de un plumazo todos los problemas del mundo mientras los demás mortales –pobres diablos– arrastran las desgracias de sus triviales vidas, ayudado –está convencido– por sus nuevas habilidades. El nuevo adicto no comprende cómo es posible que la gente sufra si puede evitarlo en una docena de sesiones con alguien que, como él, conoce los secretos de la felicidad, el éxito profesional, social y reproductivo y la prosperidad, expresa hermosas y estimulantes frases, alguien que cree en que es posible cambiar la vida cambiando el pensamiento; hipervaloración propia que le lleva a comprometerse con la ayuda a los demás, que es donde se siente en su salsa. El enamorado se siente maravillosamente bien, el coach también, y empieza a sentir hambre de poder, como todo vanidoso (interesantísimo asunto el de la vanidad sobre el que hablaremos otro día) que se precie, deseoso de impartir lecciones de vida por doquier, incluso, como el Caballero de la Armadura Oxidada, a quien no se lo ha pedido. No pueden evitarlo, el mono de la abstinencia del poder es tan insoportable como el de la heroína, y a la mínima ocasión sacan su divinidad a relucir para sentirse por encima de los demás, evidencia de todo lo contrario oculto en algún rincón de su mente bajo toneladas de presunción.

Este proceso se produce en paralelo con la curva que arranca desde la fase depresiva del ciclo, cuando el sujeto se encuentra sumido en o saliendo de la depresión, hacia la normalidad eutímica. Sin embargo, como ocurre en todo proceso de adaptación, la ruptura de la homeostasis hacia su punto más bajo tiende a llevar al individuo, como un péndulo, a la punta opuesta del ciclo –pero en esta ocasión, como impulsado por un cohete hacia la Estación Espacial Internacional– provocando otro intenso desequilibrio, pero esta vez maníaco, hacia la sensación de omnipotencia y omnisapiencia de la que hace gala cualquier coach que se le aparezca a usted cuando dé una patada a una piedra. Este nuevo desequilibrio podría atenuarse con unas dosis de humildad, un freno al atolondrado ascenso, pero ese término está proscrito de los manuales de formación del coach, un pensamiento limitante para ellos, especie de mal espíritu que hay que conjurar, como el enamorado rechaza las críticas a su admirado y adorado batracio a la espera de una conversión mágica en príncipe que, la mayoría de las veces, no se produce, porque lo mismo que te une –eso que te parecía maravilloso– es lo que luego te separa, ya no lo soportas, porque con la desaparición de la enajenación mental transitoria que constituye lo que erróneamente llamamos enamoramiento, te has dado cuenta de que en lugar de una virtud, es un vicio.

Así el coach, víctima de un fuerte sesgo cognitivo hacia lo positivo de la realidad, entusiasmado, engreído, locuaz, agudo, sin vergüenza ni asomo de prudencia, inocula su carga vírica al siguiente necesitado que se cruza en su camino –para regocijo de las asociaciones y empresas dedicadas al asunto de la formación especializada– haciéndole creer que es ciertamente el coaching la razón de ese estado tan envidiable del que goza el coach y de las mejoras que experimenta él mismo, en lugar de comprender que se trata de un estado anormal provocado por un intenso desequilibrio que puede provocar una bipolaridad o como mínimo una ciclotimia de longitud de ciclo variable –incluso larguísimo como en el caso del inefable Punset– a base de ascender y descender en exceso sobre y bajo la línea de la normalidad. A ello pueden contribuir factores externos como la propia caída en el desempleo del coach, frecuente hoy en día, la pérdida de prestigio del sector, la de popularidad, de relevancia y, sobre todo, la pérdida de la ansiada experiencia de poder sobre los demás. También puede provocar la caída en la otra fase del ciclo la terquedad de la realidad, empeñada en demostrarnos que no se puede estar arriba permanentemente y que, cuanto más subas, más dura será la caída.

Seamos sensatos, señores coaches, profesionales y aficionados adictos a impartir lecciones de vida a los demás, ustedes disponen de algunas excelentes herramientas para ayudar a los demás a solucionar determinados problemas, incluso pueden haber demostrado inteligencia en algunos aspectos de sus vidas, pero, siento decírselo, no son los nuevos mesías redentores que esperaba con ansia la humanidad.

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@rabiesan

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  1. 12/11/2012 en 20:32

    Por cierto Santiago,
    Después de coincidir que la I.E es tan contradictorio como estar mojadamente seco o blanqueantemente negro, ¿qué opinas de la 2da panacea que salvará el Universo, o sea, la PNL?

  2. 12/11/2012 en 20:46

    Lo digo de a colación de “alguien que cree que es posible cambiar la vida cambiando al pensamiento”

    • 12/11/2012 en 21:04

      Ya, ya sé lo que me quieres decir. Estos idiotas integrales no se dan cuenta de que efectivamente el que he triunfado pensaba en el triunfo. ¡Y los que han fracasado también!

      La PNL está caput ya, afortunadamente, aunque aún da coletazos, gracias al coaching, porque sin él, se hubiera extinguido ya. La PNL es un estupendo repositorio de técnicas, pero cuando se ponen a pontificar tienen más peligro que un mono con una bomba atómica. El decálogo de la PNL es puro relativismo, y por tanto, recesivo. Por ejemplo, el mandamiento que tú acabas de citar. Se meten en el terreno de la moral y la fastidian, y fastidian todo lo que tocan.

  3. Es lo que hay...
    17/04/2015 en 02:24

    El problema de fondo acá (como en todas esas pseudociencias que se autoproclaman como salvadoras inesperadas de la psique), es la ignorancia. Como en el colegio no te enseñan que las enfermedades mentales son entidades que modifican los circuitos neurales, la estructura cerebral y la neuroquímica del cerebro, la peña se cree que para aliviar los síntomas de una enfermedad mental como por ejemplo, la depresión, basta que un listillo te diga ahí cuatro chorradas y ya está!, ¡estás curado!. El que la gente tenga una idea de lo que significa “programación neurolingüística” pero te mire como si vienieras de otro planeta cuando dices “plasticidad sináptica” es la prueba incontestable de que, a pesar de internet, de los avances tecnológicos, de que la ciencia está al alcance de todos y que no está prohibido entrar a las bibliotecas, la gente prefiere vivir en la ignorancia, porque la ignorancia te acerca a las soluciones mágicas; siempre mola más que un ángel te roce con sus alas, que la energía del cosmos converja en ti, que los chakras se te limpien y los karmas se te levanten, que tu chi sea un super-chi, que las flores de bach limpien tu aura, que Saturno se alinee con Marte con ascendente en tauro, es MUCHO MEJOR creer que cualquiera de esas cosas pueda quitarte la depresión, porque es mucho más espiritual, mucho más romántico, pero sobre todo porque te exime de toda responsabilidad sobre tu vida, tus decisiones y tu bienestar mental, ¡que la magia se encargue!…la magia es mucho mejor que tratar de encarar los problemas, hacerte responsable de ellos y tirarte tres años asistiendo al psiquiatra y haciendo terapia.

    • 21/04/2015 en 12:20

      Nos ha tocado vivir una época interesante, ¿verdad? Un montón de tecnología que permite cosas que nuestros abuelos no creerían posible, y un grado de bienestar en el que cualquier mileurista vive mejor que los reyes de hace sólo cien años. Sin embargo, la mente no ha evolucionado en términos generales, en parte por lo que comentas, aunque también te digo que no todos los neurocientíficos pondrían la mano en el fuego por tu afirmación.

      Y luego, siguiendo a Rolf Degen en “Falacias de la psicología”, tampoco pondrían la mano en el fuego por la psiquiatría. Estamos en pañales, y las mejoras en los diagnósticos parece que son más fruto del caos que causadas por una intervención profesional.

      El pensamiento mágico al que te refieres tiene una cierta correlación positiva con la salud psicofísica, así que no te extrañe que haya verdaderos adictos a la droga.

      En fin, que estamos apañaos, como dirían por ahí.

  1. 11/07/2014 en 00:45
  2. 15/07/2014 en 14:33

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