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Estamos perdidos

Hace tiempo leí que la evidencia de la inminente destrucción de la civilización es la caída de su último bastión de la resistencia. Esa evidencia es la promiscuidad femenina generalizada, el momento cuando los valores que construyen un poder hegemónico terminan por claudicar en medio de la molicie hedonista, cuando el amor se confunde con el placer y la imperiosa necesidad de los egos débiles –mentesblandas– de alimentarse de otros. Esto parece muy apocalíptico, y a más de una le parecerá un argumento machista recalcitrante, aunque en realidad afirma todo lo contrario: que es –o debería ser– la mujer la portadora y defensora de la virtud, la que la transmite a la sociedad a través de los hijos, la fundamenta, la sustenta como los cimientos sostienen los edificios, y cuando ellas no resisten la presión de la telebasura y la generalización del embasuramiento de la sociedad, todo está acabado.

Sin embargo, sin afirmar ni negar lo anterior porque no tengo datos suficientes ni para lo uno ni para lo otro, he observado un elemento quizá aún más preocupante, una evidencia irrefutable de que, realmente, estamos jodidos. Un síntoma de que estamos acabados, de que la civilización occidental está al borde del cataclismo final.

 

 

Esta semana desayunaba en una pastelería que recomendaría si recordara su nombre y para entretenerme me dispuse a ojear el suplemento dominical de un periódico que gentilmente ofrecían junto con otros, a los clientes, y allí, atónito, contemplé la terrible verdad: los seres humanos ya no nacemos, se nos cultiva.

Juan Manuel de Prada, paladín del conservadurismo católico más recio, azote inmisericorde de la progresía, del pensamiento único, de la mediocridad, de la modernez irreflexiva, del libertinaje, la ignorancia, el liberalismo económico y toda forma de animalización del ser humano… éste héroe defensor de los valores de la civilización, ha sucumbido también a Matrix, como un Cifra cualquiera vendido a las máquinas por un filete que sabe irreal. No sé que tendrá que ver su mujer en este asunto, sabido que el género femenino es demasiado proclive a dejarse seducir por la serpiente de las emociones, porque nunca le oí hablar antes de este tipo de cosas. Y no, no es porque se declare admirador del destructor de mentes Eduardo Punset, sino porque –no me extraña, con semejantes amistades– se ha convertido en corifeo del maldito culto a la irracionalizante empatía.

 

El economicismo clásico estableció que la codicia o egoísmo personal era el motor de las relaciones económicas; y que la agregación y concurrencia de codicias personales  garantizaba el funcionamiento del mercado (a esto se denominó mano invisible): el panadero no amasaba y cocía el pan por un impulso altruista, sino porque sabía que, haciéndolo, atendía necesidades que a su vez le permitirían sufragar las suyas; y este egoísmo racional de los actores económicos (en el que, sin embargo, no faltaban factores de empatía, pues la codicia solo halla satisfacción cuando es capaz de ponerse en el lugar del otro, previendo y atendiendo sus necesidades) garantizaba, según tal doctrina clásica, el bienestar y riqueza de las naciones.

 

Juan Manuel, que desde luego no ha sido nunca empresario, que yo sepa, de modo que no es arriesgado afirmar que habla de oídas, contagiado por el buenismo zapateril, y aún así se atreve a elevar a la categoría de valor adaptativo –que lo es, en el ser humano y los animales– supremo –que no lo es en absoluto, no sé en qué parte de La Biblia lo habrá leído– la empatía cuando insinúa que, sin ella, la doctrina económica liberal se convertiría en un deshumanizado intento de enriquecimiento personal a costa de los demás. No digo que no ocurra en algún caso, como en el del incremento de la venta de armas durante el tiempo de conjunción planetaria de la presidencia del solemne bobo noalaguerra, pero desde luego no es la norma establecida en los manuales de la Escuela Austríaca o de Chicago, que yo sepa.

Veamos por qué de Prada se ha contagiado de uno de los virus más destructivos de la razón jamás inventado:

– ¿Cuántas veces tiene un empresario que ponerse en el lugar del otro para no ser inhumano? ¿Una? Poco valor tendría entonces, cualquiera podría hacerlo sinceramente, para creerse bueno como esos de los golpes en el pecho o de santiguarse al salir de casa y que en cuanto pueden te la clavan por la espalda, o para disimular su maldad, y después ser un auténtico cabrito como él insinúa. ¿Cuántas veces? ¿Una vez al día? ¿Dos? ¿Cien? ¿Mil? ¿Al día? ¿Al mes? ¿Y trabajar, cuándo trabaja?

– ¿En el lugar de cuántos de sus clientes tiene que ponerse? ¿De uno o dos? ¿De los que apetece y pasando de los otros? Poco valor tendría también en este caso, cualquiera podría hacerlo igualmente. ¿De los etarras que usan el espacio radioeléctrico para activar una bomba? ¿De cien? ¿Mil? ¿Cien mil? César Alierta tendría que pasarse el día pensando en los demás, sin dedicar un instante a su trabajo.

– ¿Con qué intensidad tendría que empatizar? ¿Como el crío que se pone a dar saltos de alegría porque le regalan el último smartphone del mercado con los puntos del consumo? ¿O con el que ni fú ni fa? ¿Con los que se quejan del servicio? ¿Con el cincuentón/a devorado/a por los continuos fracasos de la vida que por fin encuentra la forma de ligar en la red con los mismos miramientos morales que ha usado nunca, los mismos que le han llevado al deterioro en que se encuentra? ¿Con todos? ¿No terminaría en el frenopático de tanto subeybaja emocional? Como mínimo daría una nefasta imagen pública.

El motor, el motivo –la motivación, que diría el que no entiende de lo que habla– de montar un negocio puede ser tan elevado como cumplir con la misión que uno cree que se le ha encomendado, para la que ha nacido, pero en la mayor parte de las ocasiones consiste en algo tan simple, tan cotidiano, como encontrar una forma de mejorar la propia vida y de los más próximos. Es lo que hacen los empresarios y los trabajadores cada uno por su lado, un imperativo biológico, no sé por qué habría de existir diferencia entre ambos. A los hijos se les quiere igual sea uno presidente de un consejo de administración o conductor del metro.

¿Que mejora las condiciones de vida de los demás? Eso es obvio, mueve el dinero, que es la sangre del sistema social, lo reparte entre tantos que un simple lápiz se convierte en una inconmensurable cadena de distribución de dinero. Un simple lápiz, Juan Manuel. Tu idolatría de la empatía no es más que el Sarcoma de kaposi, el síntoma externo de tu enfermedad interior. Y si tú estás enfermo, nadie está a salvo.

 

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  1. viejo castor
    26/06/2012 en 22:41

    Es tan viejo como el mundo.No podemos esperar de nuestra naturaleza mas de lo que hay. Nos podemos enredar en un sinfin de argumentos para explicar lo que basicamente hacian ya los pueblos prehistoricos,que es basicamente lo que hacemos ahora.La diferencia de los citados con los actuales es que ,antes se pasaba del que lo producia al que lo consumia,y ahora se pasa del que lo produce a traves del banco,el intermediario,etc,y lo que es peor: Los encargados de retener materias primas para poner precio en el mercado.
    La globalizacion ha traido cosas que no estan claras.Si hace unos años habia desequilibrios,en la actualidad son mas fuertes y su desenlace incierto.
    Es evidente que la economia no es una ciencia exacta,Y ello es aplicable a la naturaleza del hombre.

    • 29/06/2012 en 22:46

      Muy cierto, y como hay muchos intermediario de por medio, se reparte dinero entre toda la cadena. También coincido en que no está claro hacia dónde nos llevará la globalización, pero pese a las consecuencias negativas, en términos generales soy optimista.

  2. Maleni
    29/06/2012 en 18:22

    Hola, a mí no me extrañan estas palabras en la pluma de un católico practicante. Está hartamente estudiada la relación del capitalismo con el protestantismo, en especial, con el calvinismo. La vinculación de la salvación al éxito en la tierra. A diferencia de ello los católicos seguimos en la línea de las primeras comunidades cristianas que se fundamentaban en el altruísmo y ponerlo todo a disposición de la comunidad. Ya siento no ver demasiado la influencia femenina, la Eva de Juan Manuel de Prada, en sus palabras. En otras palabras yo diría que no necesariamente ha tenido que morder la manzana para llegar a esa opinión. Basta ser católico para pensar así. Un saludo.

    • Maleni
      29/06/2012 en 18:33
    • 29/06/2012 en 23:21

      No creas que vinculan la salvación al éxito terrenal, precisamente el protestantismo dice: “sola gratia, sola fide, solus christus, sola scriptura, soli deo gloria” No se puede alcanzar la salvación por las obras: “Venga a nosotros Tu Reino”.

      Sin embargo, el catolicismo (otra generalización demasiado gruesa, pues hay carismas muy diferentes) dice que “hay que ser buenos”. Lo que se relaciona con el concepto de “Libre Albedrío”, que hoy parece demostrado casi inexistente -“Hágase Tu Voluntad”- excepto en una ventana de libertad muy estrecha: “Sólo la verdad os hará libres” Por eso me parece pretencioso ese “ser” -uno mismo, con “sus propias” armas, “sus” capacidades, “su” talento o cualesquiera otras características personales, propias, que “uno” maneja…- capaz de ganarse la salvación por sus propios méritos.

      Pero por otra parte, al que conoce la verdad se le exige más que a los demás, porque es capaz de elegir, cosa que un necio, un animal humano, no puede hacer.

      Yo, si te soy sincero, aún no he desenmarañado el nudo gordiano que ambos puntos de vista genéricos comportan, por eso me defino como “cristiano en general”, con el lógico sesgo católico por vivir en un país tan influido por la Iglesia de Roma, pero muy próximo a los planteamientos protestantes. En fin, un asunto muy complicado, sin duda.

      El sesgo que supongo transferido por la Sra. de de Prada, dado lo radicalmente antimoderno de éste, es confundir el altruismo, la compasión, y sobre todo el deseo de enriquecimiento o mejora de las condiciones de vida, con la empatía. Se hace un lío mental. Por eso digo que ha mordido la manzana que su esposa, María Cárcaba, le ha ofrecido. Es casi imposible no verse influido por el cónyuge: “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, y el terreno de “las emociones” es claramente femenino en términos generales.

      Así lo veo yo, al menos.

  3. Maleni
    01/07/2012 en 00:31
    • Maleni
      01/07/2012 en 00:35

      Yo casi que creo que es mejor influencia la de su mujer… que la del loco… y es que la de las mujeres suele ser una locura genial.

      • 01/07/2012 en 13:05

        Jodó petaca! A este hombre se le ha ido la olla. ¿Le pagarán por ese artículo? ¿Cantando y bailando? ¿Tú te imaginas a de Prada bailando? jajajaja. Eso es de mujeres, sin duda, la amiga Cárcaba le está volviendo del revés.

  4. 24/07/2012 en 18:12
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