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La educación, al paredón. Lecturas reposadas de verano (I).

Hace unas semanas que le doy vueltas a esta entrada, pero no me animaba a empezar aockham escribir; afortunadamente mi paisano Javier Martínez Aldanondo me ha incitado a hacerlo al hilo de su brillantísimo artículo La Poción Mágica.

Más allá de los intentos de Esperanza Aguirre por desterrar el concepto educación, que etimológicamente significa “sacar hacia afuera” o dicho en otras palabras “hacer que se manifieste” algo, por el de instrucción, conviene ponerse a pensar en el asunto al estilo ockhamiano, es decir, sencillo, que no simple.

Ese significado etimológico ha dado pie a interminables discusiones pedagógicas –en el más estricto sentido del término interminables–, en la mayoría de los casos estériles luchas de egos intelectuales, y/o a perniciosas pérdidas de la visión del bosque, en el tozudo empeño de divagar sobre las moléculas de los hongos arbóreos que en él habitan. Y no sólo ocurre en el caso de los pedagogos, psicopedagogos y otras especies profesionales que debieran someterse a una reconversión similar a la industrial que vivimos en España hace más de veinte años, incendiarios vestidos de bombero, porque que la dichosa etimología ha dado lugar a un buen montón de interpretaciones esotéricas del tipo “Aprender es recordar lo que ya sabes” y sandeces similares producto seguramente de la juventud y/o del tetrahidrocannabinol.

 

 

Existen muchos legados de la historia que se mantienen hoy en día aunque carezcan de utilidad o sean netamente negativos, y entre ellos, por su importancia, destacan los conceptos de educación, aprendizaje, formación y enseñanza. Nadie duda de su importancia, ¿verdad? Pero ¿se imaginan que los cardiólogos sólo sacaran adelante al treinta por ciento de sus pacientes? Tendrían un grave problema de credibilidad, además de unas cuantas querellas y sus consiguientes indemnizaciones. Sin embargo a los buenosparanada salidos de nuestras perfectamente prescindibles facultades de disciplinas blandas nadie les exige responsabilidades si más de un tercio de los alumnos fracasan y otro tercio sufre grandes dificultades para lograr sus objetivos, ¿eh camarada Marchesi?. Como el cine español, obligatorio y subvencionado a la fuerza; así tenemos los actores que tenemos.

Lo malo es que la enfermedad se extiende a los adultos, y así nos encontramos una miríada de empresas hoy extintas en su mayoría, afortunadamente para el sano juicio –salvo las que de verdad consiguen resultados– dedicadas a eso de la educación y formación de adultos. Y como ocurre en el caso de los libros de autoayuda, que se venden tanto porque ninguno sirve para nada, proliferan sistemas de lo más variopinto, desde la PNL pasando por la Inteligencia (M)Emocional y la mayoría del coaching que continúan buscando afanosamente la poción mágica cuando la tienen delante de sus narices mientras se cargan todo lo que tocan o, en el mejor de los casos, pasan como El Espíritu Santo por la Virgen, que lamentablemente no suele ser el caso más frecuente.

Pongamos un caso práctico: En una clase de matemáticas, el profesor atiborrado por treinta almas cada uno de su padre y de su madre –algunos puñeteros– se encuentra con que un alumno no entiende una explicación. Entonces se lo vuelve a explicar como sabe, y si no lo consigue se pone a pensar en el problema que sufre el alumno, y en si aplicar la metodología de la enseñanza mediante la búsqueda, la de resolución de problemas, la instrucción directa o hacerle unos mimitos memocionales, que es lo que ha aprendido de esos que dicen que saben mucho del asunto. A las pruebas me remito, el resultado es ninguno: el alumno con problemas fracasa.

¿Por qué? Sencillo, porque el profesor, como no tiene otros recursos, entiende que lo que fallapedagogía es el método de enseñanza-aprendizaje, o la cabeza del crío (nos ha jorobado mayo con las flores, para eso se supone que te aguantan), en lugar de pensar lo obvio: que en la cadena de solución de un problema, falla algún eslabón que el alumno no domina, y rota la cadena el pobre se lía un cacao mental de órdago y no sólo no entiende nada, sino que termina por pensar que es tonto, cuando obviamente el tonto es el adulto, que es el que se supone que debería saber. Como decía McCoy hace unos días, los cortos debieran estar prohibidos.

Y sin embargo ¿se han parado a pensar que no existe aún, como existe en desarrollo de software, algo tan simple como un repositorio de los errores procedimentales más comunes en el aprendizaje de las matemáticas? ¿Y que no existe un procedimiento de entrenamiento estándar para automatizar el procedimiento correcto de la solución de un eslabón estándar roto en el procedimiento de solución de problemas (valgan las redundancias)? Es decir, ¿por qué no saben los profesores cómo solucionar las dificultades estándar de sus alumnos? Porque piensan en los términos incorrectos. Piensan en qué dificultades de aprendizaje tienen sus alumnos, cuando no tienen ninguno especial, el problema lo tiene el que no sabe hacer que dominen las habilidades deseadas. Pero todos, no sólo los listos, que esa medallita de tener algún alumno brillante se la cuelgan rápido aunque no les pertenezca. La calidad de las personas se demuestra en los momentos difíciles, que en los fáciles todos somos chachis; y la de los profesores, con los alumnos con dificultades para entender lo que los malos profesores malexplican y lo que un mal sistema educativo que no aprovecha las posibilidades de la tecnología, provoca.

Vayamos al ejemplo del deporte individual para verlo más claro. Cualquier entrenador mediocre sabe exactamente cómo hacer que un deportista mejore sus resultados. Sólo tiene que observar con detalle su técnica, encontrar el fallo en la cadena y hacer que su pupilo entrene la forma correcta hasta que quede exhausto, tras lo cual habrá incorporado como un automatismo la destreza óptima. ¿Me van entendiendo? Me dan ganas de decir ¡Es el entrenamiento, estúpidos! al estilo Clinton, pero a diferencia de él haré la salvedad de advertir de la generalización en consideración a los que, de entre ustedes, no lo sean.

La diferencia entre eso llamado educación y el deporte es obvia, cualquier entrenador mediocre hará que usted corra más rápido y se canse menos en sólo un par de semanas de entrenamiento –aunque esté más oxidado que el Titanic–, sin embargo millones de profesores no lograrán que un alumno con dificultades no ya domine, sino que entienda las matemáticas. Hay que sobrecargarle con clases particulares con otros que tal bailan y hacerle creerse idiota, que ya vendrán luego los otros cortos a decirle que su problema es emocional sin aportar ninguna solución válida sino más confusión.

¿Y por qué no existen esos repositorios de errores estándar? Entre otras razones, porque a los pedabobos y psicopedabobos no les interesa, tendrían que irse todos a aumentar las filas del paro o a servir paellas en los chiringuitos playeros, que es donde debieran haber acabado los Marchesi’s Boys, en lugar de cargarse generaciones enteras sonrisa en ristre.

Y es que mientras no desterremos, o mejor dicho, enterremos, conceptos-basura como el de educación, aprendizaje, enseñanza, formación, sus traducciones al inglés, etc., etc., y a sus postulantes, seguiremos en el pleistoceno de la civilización. Tal y como advertía Rita Levi-Montalcini. Porque una destreza cualquiera, cognitiva o motriz, se desarrolla practicándola, como en deporte, repitiéndola mil veces hasta que se domine. Como dice el célebre Richard Vaughan, se trata de machacar los fundamentos del inglés, un lenguaje claramente deportivo que muestra el camino para el dominio de cualquier disciplina. No vale el café para todos, ni los cuadernos de Rubio, sino una variedad de menús para cada necesidad. Una vez desarrollado el repositorio de errores estándar y sus consiguientes ejercicios de automatización de la forma correcta, con o sin ayuda de medios tecnológicos, el profesor sólo tendrá que hacer repetir lo que el alumno concreto necesita y listo. Así de fácil. No conseguiremos así que todos sean estudiantes excelentes, igual que un entrenador logrará que todos sus discípulos ganen una medalla de oro en unas olimpiadas, pero al menos el nivel general aumentará, todos correrán más rápido y con menos esfuerzo. Sin ningún género de dudas.

Es imprescindible replantear el modelo educativo de adquisición y desarrollo de conocimientos y habilidades si queremos volver a ser una potencia mundial, para liderar ese mercado de iniciativa privada. Y cambiarle el nombre; yo propongo el de entrenamiento, un concepto que coloca la responsabilidad de la mejora en el esfuerzo del alumno –siempre, claro está, que exista el repositorio de errores estándar del que hablaba– y no le confunde y paraliza porque no entiende qué es lo que le pasa ni qué tiene que hacer para mejorar.

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