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En el futuro el voto dejará de ser secreto y será vinculante. Lecturas reposadas de verano (II)

Llevo tiempo dando vueltas a este asunto durante el cual lo he comentado con familiares y amigos que me han dado razones en contra, suficientes como para mejorar mis argumentos con sus objeciones, también con activistas políticos actuales conductores de sendos blogs y con mi amiga y paisana Maleni San Vicente, ex cabeza de lista de UPyD por Guipúzcoa antes de que las jugosas expectativas electorales que cosechaban durante el recuento de votos decidieron que agradecer el trabajo sucio y mal pagado estaba muy bien, pero que si salía un diputado no sería el que se había pateado las batasunizadas calles y arriesgado la jeta o los sesos, sino alguien que estaba cómodamente sentado en su despacho esperando a recoger las nueces. Vaya, vaya, Rosita, lo entiendo, tienes que construir el partido y eso está por encima de los intereses de las personas individuales, pero no está nada bien.

La cuestión que me gustaría ofrecer a su reflexión es que estoy convencido de que, en el futuro, cuando el ser humano evolucione algo, el voto dejará de ser secreto y será vinculante. El asunto es ciertamente polémico, y por eso me gustaría que diese lugar a que más cerebros se ocuparan de pulir este esbozo que voy a pergeñar, hasta el punto de eliminar la mayor parte de sus inconvenientes y extender y aprovechar sus ventajas. Vayamos por partes.

 

 

ELIMINAR EL VOTO SECRETO

Se trata de eliminar el voto secreto. No tiene sentido hoy en día, cuando nadie puede ser legalmente discriminado por su adscripción política, ocultar la propia identidad en uno de los actos que más responsabilidad –capacidad de responder a los compromisos– y trascendencia horizontal –en el momento presente para más personas– y vertical –para afectar al futuro– exigen.

Actualmente la discriminación es ilegal a priori, porque no se puede elegir personal para un trabajo, por ejemplo, en función de su tendencia política, pero nada impide a nadie prescindir con posterioridad a la contratación de una persona que se descubre que no comulga con las ideas de quien manda. Eso pasa todos los días y seguirá ocurriendo. Y no pasa nada porque ocurra, porque como las empresas privadas están sujetas a criterios económicos, quien prefiera contratar para su empresa a un mediocre profesional afín ideológicamente antes que a un excelente trabajador de tendencia opuesta, de lo suyo gasta.

Todos sabemos de qué pie cojeamos cada cual, y el temor a ser descubierto no reside en otra razón que los intentos de polarización por parte de determinados políticos irresponsables, a los que interesa que en las calles exista tensión… aunque lo que camine por las calles seamos personas. Una sociedad más centrada en el rendimiento que en la capacidad de generar compasión hacia sus representantes atenuará su tendencia a irse a los extremos –manipuladas sus emociones, reacciones primarias– y por lo tanto suavizará su división.

El voto secreto da pie a la irresponsabilidad generalizada, como ya hemos comprobado a lo largo de la historia democrática de España, a votos de castigo, pataletas adolescentes como votos a formaciones batasunas en Extremadura u otras regiones, y otras igualmente viscerales en los que priman filias y fobias primarias en lugar de los resultados de la gestión. Esto se da especialmente entre los más jóvenes e ignorantes, que tienden a elegir formaciones radicales, pero también entre la masa aborregada, el suelo inamovible de los partidos, que vota sin que su irresponsabilidad se vea penalizada, o, lo que es lo mismo, se ve premiada cuando no merece serlo.

 

INSTAURAR EL VOTO VINCULANTE

La otra parte de este tándem es inseparable de la primera, y no tendría sentido sin ella. Una vez conseguida la desaparición del trasnochado secretismo, se exigiría la responsabilidad en el voto de forma similar a la de las personas que adquieren acciones de empresas. Es decir, quien adquiere libremente una participación de una empresa está vinculando su patrimonio a la gestión de sus dirigentes, arriesga su dinero y si ha elegido mal, es él quien pierde su inversión o la ve mermada. Quien no haya apostado por la misma empresa o por ninguna, no sufrirá el mismo perjuicio, aunque tampoco los beneficios si los hubiera, pero es libre para elegir adquirir o no acciones.

A la hora de invertir existen bancos y asesores de mercados bursátiles que resultan esenciales para personas no expertas, y sus ingresos dependen de su éxito con sus clientes, igualmente existen medios de comunicación como periódicos, radios, televisiones y también Internet que orientan a sus audiencias en uno u otro sentido. El que no quiere estar bien informado hoy en día es porque no quiere (en términos generales) y nadie le obliga a votar; es mejor un voto cualitativo que cuantitativo.

Del mismo modo, los partidos políticos dejarían de ser familias enquistadas en las entrañas de la Administración del Estado que se cambian de chaqueta según convenga, y se convertirían en empresas de gestión profesional de la administración libres de ideologías; cobrarían un salario similar al actual como directivos y obtendrían pluses o bonus en función de los beneficios que generasen en las sociedades que gestionaran. De esta forma se estimularía la excelencia, la búsqueda de beneficios comunes y no el estéril pero molesto intento de imposición de normas morales recesivas, o el beneficio económico a los amigos. Por supuesto, también verían repercutido en su declaración de IRPF el fruto de su trabajo si éste arrojase un saldo negativo, no sólo sus sufrientes accionistas. Sin perjuicio de responsabilidades legales, por supuesto.

Obviamente, no sólo tendrían que tenerse en cuenta criterios económicos como el PIB, que también, sino también de otro tipo, como el Índice de Calidad de Vida, el Coeficiente de Gini, el de libertad de prensa, facilidad para emprender negocios, independencia judicial, libertad de prensa, libertad religiosa, respeto a la privacidad, Informe PISA de educación, ratio entre energías renovables y fósiles, publicaciones científicas, patentes, y todos los etecés debidamente ponderados que se considerasen, para elaborar el balance final que mostrara la valoración de la gestión de esa empresa. Tales criterios se elegirían mediante sufragio a propuesta de las empresas gestoras, claro está.

Y, por supuesto, las empresas gestoras de la administración vivirían de sus accionistas y las aportaciones voluntarias de empresas privadas, nunca de los impuestos de todos o de instituciones públicas.

 

LAS CONSECUENCIAS

Nadie se iría de rositas como ahora; quien hubiese apoyado con su voto a un partido que hubiese perjudicado al bien común, tendría que pagar las consecuencias, por ejemplo, con un incremento impositivo que compensase las pérdidas generadas sin perjudicar a los que hubiesen elegido otras opciones, como ocurre actualmente. Es tremendamente injusto que paguen justos por pecadores; que millones de personas, familias y empresas que se rigen por criterios racionales estén pasándolas canutas a causa de la irresponsabilidad de otros.

Por el otro lado, los que apoyasen a empresas gestoras que mejorasen el bien común, verían reducidos sus impuestos, es decir, obtendrían un beneficio económico igual que ocurre en el mercado bursátil cuando una empresa mejora sus resultados. Un refuerzo positivo para la sociedad.

Este cambio que propongo –vía incremento de la responsabilidad personal– generaría una sociedad más madura, más evolucionada, menos animal, menos enfrentada y susceptible al enfrentamiento fratricida, fomentaría la iniciativa privada en la creación de empresas en lugar de una sociedad funcionarizada a la espera de la mamandurria, y mejoraría la vida de los ciudadanos igual que mejora la de los equipos de fútbol, baloncesto, F1 o de lo que sea cuando ganan el campeonato del mundo.

 

POTENCIALES INCONVENIENTES

Con muy buen criterio, Maleni me alertaba sobre los problemas que podrían derivarse de la adscripción pública a un partido precisamente en zonas de España donde la libertad todavía brilla por su ausencia. Pero ese argumento se invalida fácilmente:

– Ahora mismo todos los datos de todos los ciudadanos de Donosti (que no es gascón, sino latín, evolución de Dóminus Sebastós, o sea, San Sebastián, que significa: El Señor Honorable, mal que le pese a quien le pese) están en manos de los proetarras de Bildu, y en el resto de la región de otros partidos que no han demostrado precisamente aprecio por la libertad. Y eso no sólo incluye datos económicos, sino también de adscripción a partidos políticos, asociaciones, domicilios, etc.

– Además, que el voto deje de ser secreto no significa que se pregone a los cuatro vientos, ni que se publique el voto de cada cual en el tablón de anuncios de colegio electoral, igual que los datos fiscales de las personas no figuran en los tablones de anuncios de las delegaciones de Hacienda, aunque sean públicos.

Seguramente existirán otros inconvenientes que tener en cuenta, y espero que alguien los ponga negro sobre blanco para poder mejorar la propuesta.

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  1. Pedro Robledo
    23/08/2012 en 14:54

    Lamentablemente, mientras los políticos corruptos salgan sin pena y sigan disfrutando del dinero de todos los españoles, poco se puede pedir al votante. ¿Cómo se explica la situación actual de Zapatero? ¿Cómo se explica la mentira del Alcalde de Marinaleda? ¿Cómo se explican los ERES fraudulentos? etc

    • 24/08/2012 en 11:19

      Obligar a rascarse el bolsillo a las personas si eligen mal y premiarlas si eligen bien es una excelente forma de hacer que se piensen a quién votan, que no voten con las tripas, así elegirán buenos políticos.

      Yo creo que al final es lo que más importa a la gente: el bolsillo. Así que, para ayudarnos a evolucionar, a aplicar las cuatro reglas, como en matemáticas, que funcionan de maravilla: refuerzo positivo (te doy lo que quieres), refuerzo negativo (te quito lo que no quieres), castigo positivo (te doy lo que no quieres) y castigo negativo (te quito lo que quieres)

  2. Maleni
    24/08/2012 en 00:34

    Apreciado Santiago: no pensé que nuestra recién estrenada amistad fuese a dar para una mención tan explícita y extensa en el blog (con foto incluída). Pues vamos por partes. Respecto a mi paso por Upyd, ya te conté que quedó como “la aventura política” la que, al haber puesto tanto entusiasmo, tanto curro y por exponer el tipo, pasará a ser uno de los capítulos más llamativos de mi vida. Sí que hay mucha verdad en eso de que las personas dejan de contar cuando lo que está en juego es la lucha por el poder, pero viviendo en el País Vasco, creo que no deberíamos de sorprendernos. ¿Qué otra lección no habremos aprendido sino esta?.
    Entrando en el tema de tu entrada, hay bastante que debatir al respecto y desde diferentes puntos de vista. Así de momento, se me ocurren un par de cuestiones como pega o inconveniente a tu planteamiento:
    -todo lo referido al derecho a la intimidad y a la privacidad;
    -el hecho de que al tratar la política de un enorme elenco de asuntos es muy difícil vincular la responsablidad a la toma de decisiones políticas…

    Respecto al primer apartado es muy notoria la evolución de los derechos hacia la protección de la intimidad. Es decir, cuando la población se ubicaba mayoritariamente en el entorno rural no inquietaba la privacidad de la misma manera en la que ocurre cuando el grueso de la población vive en espacios urbanos. Es decir, si bien la inquietud principal para emigrar suele ser la búsqueda de oportunidades laborales, lo cierto es que, una vez que pasas a disfrutar de un mayor anonimato, tiendes a defenderlo como sea. En este sentido el ejercicio del derecho al voto es una más de esas actividades que procurarás mantener como privativas o ajenas al conocimiento de los demás.

    Sí que es cierto que en aquella conversación vinculamos el secreto del voto con las circunstancias que rodean a la política en determinado territorio. El caso del País Vasco es tan sumamente gráfico que no requiere más explicacíón. Comprenderá cualquiera fácilmente que en un lugar donde el totalitarismo se ha implantado no es lo mismo que el poder dé publicidad a la información de los ciudadanos a que estos manifiesten abiertamente sus preferencias ideológicoas. La igualdad entre ambos es equivalente a la de David con Goliat. Goliat nunca temerá ejercer cualquier acto contra David, le acompaña la impunidad, mientras que David procurará que Goliat no sepa ni si respira tan siquiera.

    Respecto a la responsabilidad en la política. Me parece un tema de tal envergadora y complejidad que tendría que dedicarle muchísimo más tiempo para dar una opinión mínimamente fundamentada. Me parece muy oportuno que la gente, los votantes, nos empecemos a preocupar por ello, pero articular su ejercicio en un grupo humano de más de 30 millones de individuos es tarea ardua y díficil donde las haya.

    Ya seguiremos debatiendo. Un abrazo muy fuerte desde este territorio jodidamente comanche.

    • 24/08/2012 en 11:59

      No todos los días uno conoce a una auténtica heroína, mereces esa mención y más. Por cierto, iba a poner tu foto con el vestido rojo pero no la encontré, :-(.

      Con respecto a la primera cuestión, yo creo que la de la protección de la intimidad, la nefasta LOPD, que no ha servido para nada más que dar quebraderos de cabeza y gastos a las PYMES, es suficiente elemento disuasorio, y si no lo es, se aumentan las penas. La LOPD debiera sustituirse por un simple: Artículo 1: Al que facilite, venda, compre o divulgue datos personales ajenos, le invitaremos a una temporadita en la trena. Punto pelota. Tanta ley y tanta leche! Total, luego se la pasan por el arco del triunfo…

      Y con respecto a la segunda, es un asunto complejo, como la ley d’Hont, pero las ventajas superan a los inconvenientes. Ponderar adecuadamente cada asunto, por ejemplo, el PIB vale tantos puntos, el informe PISA tantos, la independencia judicial X, etc, etc, sería una labor compleja, como compleja es la jerarquía de valores de cada persona, pero para eso existen expertos que podrían tirar, por ejemplo, de la pirámide de Maslow para estructurar bien lo que es esencial como base de lo que es accesorio. En todo caso, si alguien votase que la libertad individual vale 0 puntos, se le podría mandar una temporadita a un territorio hostil o a la trena, para que la valorase. En términos más concretos, a uno que quiere imponer el vasco o el catalán, mandarle a las islas a aprender el silbo canario o pagarle un “Erasumus” de idiomas en la Mongolia interior.

      Espero que sigamos, y a ver si se suman los chicos de PlazaM o así

  3. Sefuela
    04/09/2012 en 19:44

    Saluidos Santiago. Algunas sugerencias:

    Si pretendes replicar un sistema de gestión privada debes conseguir atraer a los mejores gestores. Eso implica sueldos atractivos, con elevados bonus- malus. Algo similar a lo que ha instaurado UBS. Bonus 500.000 pero sólo cobras 100.000 el primer año. Si el resultado del segundo es bueno, genras otros 500.000 y cobras 100.000 del primero mas 100.000 del segundo. Si el tercero es malo, pierdes el derecho a cobrar los 100.000 que podías haber cobrado del primero, los 100.000 del segundo y generas cero, etc..

    Hablas de un montón de indicadores de gestión, unos objetivos y otros subjetivos, pero dices que se eligen por sufragio. Volvemos a ver triunfar la demagogia si hacemos esto. Incluso los que son aparentemente objetivos, como el índice de Gini, pueden tener problemas. Un índice de Gini que muestre equidistribución de la renta es tan malo como el aprobado general en los colegios. Desincentiva esfuerzos.

    Otro argumento a favor de una retribución alta de los gestores políticos es que quien tiene un sueldo bajo y mucho poder tiende a ser corrompido fácilmente.

    Por último te señalo un problema que se presenta con la petición de responsabilidades. El gestor mediocre tiende a no asumir decisiones problemáticas, ni siquiera ante situaciones extraordinarias. Dejará que se disparen 100 cohetes nucleares antes de apretar el botón de anulación si no le han dado permiso específico para ello. Por ello la petición de responsabilidades debe estar perfectametne definida, con derecho de apelación ante algún organismo.
    Saludos

    • 07/09/2012 en 01:39

      La primera parte de tu comentario es no sólo coherente, sino idéntica a mi planteamiento. Que cobren un fijo atractivo y pluses por “productividad”

      Con respecto al Gini, tienes razón, yo tampoco envidio a los de la lista Forbes, hay paises con un índice adecuado que no son precisamente modelos a seguir (Azerbayán, todos pobres), mientras que los USA no lo tienen precisamente alto (el 108 de 147 países), http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_igualdad_de_ingreso

      No creo en más igualdad que las de derechos, deberes y oportunidades, para garantizar unas mínimas condiciones de bienestar. Como ya sabes porque lo hablamos, no me apunto al carro de los liberales dogmáticos. El que se haga millonario y si es honradamente mejor, mejor para él y para todos (http://revista.libertaddigital.com/hagase-obscenamente-millonario-1276229917.html)

      Por eso habría que ponderar cada indicador, no fuera a ser que con el rollo de idolatrar el coeficiente de Gini, acabemos como en Cuba. Y darle a cada uno el valor que merece, por eso se me ocurre que, para compensar, se midan las referencias de artículos españoles en revistas científicas de prestigio, las patentes y modelos de utilidad, etc. O sea, incentivar, como bien señalas, la sana y moral competitividad, que hay mucho Grosjean suelto.

      En cuanto a la última parte, creo que ahí radicaría precisamente una de las ventajas, el estado se haría cada vez más pequeño dejando más libertad a las personas, consumiendo menos recursos públicos… para evitar parecerse a Cataluña, porque la ineficiencia se penaría por la vía de perder bonus.

      Muchas gracias por pasarte por aquí a charlar, amigo.

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