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Cartas a Paula. La mente (temas menores). El "cerebro estomacal". La ciencia también está contaminada.

Hoy te voy a hablar de un tema menor, pero importante. Sí, hija, bajo la protección del elevado palio de La Ciencia se hacen y dicen muchas sandeces. Luego los científicos ponen el grito en el cielo porque no tienen fondos o porque les reducen las ayudas públicas -las que pagamos todos, queramos o no- para eso que llaman investigar, que, como el trabajo, normalmente no es más que un juego… de mayores, por el que te pagan. Lo que ocurre es que algunos jueguecitos producen cosas útiles, otros son sólo jueguecitos.

Como me has dado plantón -bien justificado- para comer juntos hoy, he estado en el Vips ojeando algunas revistas para hacerme compañía mientras comía en el restaurante habitual. Cada día me gusta más comer solo por ahí, algo que antes no podía soportar; es lo que tiene haber conseguido estar a gusto piel adentro, con uno mismo. Y hete aquí que, después de comprobar que en las de coches no había nada que me interesase -al final, mejor leer algo intrascendente que te guste y no sea dañino para mi ñoño duodeno que leer bobadas, como me pasa con el fútbol, las motos y la F1, que es casi lo único que veo en TV-, he cogido esperanzado una nueva de Mente y Cerebro, a la que en tiempos estuve gustosamente suscrito y que hoy no dice más que bobadas no ya inútiles, sino perjudiciales para el sentido común. ¡Qué bajón!. ¡Y yo que esperaba presumir de intelectual con pinta de sicario malote -como dicen tus amigos-paseando con la revista en la mano! El anterior número era igualmente un desperdicio de árboles, despiadadamente talados para nada, y tampoco lo compré. Mejor hubiese sido destinarlos a papel higiénico. Al final me he comprado el periódico que hoy estrenaba formato, a ver qué tal, y me ha gustado. Ya sabes, La Gaceta, que no voy a esconder que lo leo sino todo lo contrario, igual que no escondo sino todo lo contrario que me he pasado veinte años leyendo El País. Rectificar es de sabios, aunque mis limitaciones no me permitan llegar a tanto.

A lo que te iba: o la revista era un número atrasado reutilizado a causa de la crisis o disertaban otra vez de esa suerte de cerebro estomacal, intestinal o lo que sea, del que ya hemos hablado alguna vez tú y yo, como cuando te hablé del corazón. No daba crédito, Mente y Cerebro, filial de Investigación y Ciencia, se ha convertido en una Psychologies o una Redes cualesquiera. Vamos, como el Diez Minutos pero en intelectual. Fíjate, argumentaban en el artículo que eso que llaman cerebro visceral es sin ningún género de dudas una especie de extensión del cerebro. Sí, sí, del de la cabeza, y lo es porque resulta que tiene una salvajada de conexiones neurales, especie de cuerpo calloso que conecta cabeza y ombligo. Si no me lo hubiera esperado habría comprado en el mismo Vips un abrecartas para cortarme las venas allí mismo, pero como no era la primera vez que leía semejante disparate y temía que relacionasen mi inexplicable suicidio con el deshaucio de la que fue mi casa -que tampoco es para tanto pero urge una reforma legislativa en profundidad, y en ello están-, me he limitado a mirar las ilustraciones y sus pies de foto con la esperanza que siempre se cumple de encontrarme la inevitable sandez de manual con la que generar el suficiente ácido clorhídrico para destrozarme la mucosa gástrica. Masoca que es uno.

En una ilustración se decía, para justificar la barbaridad, que el intestino tiene más neuronas que la médula espinal. Una ola de calor me subió hasta la frente, tanto que, si llego a tener el ordenador a mano, escribo en lugar de ésta una entrada con un texto con un cincuenta por ciento epítetos descalificadores. Menos mal que no lo tenía. ¿Dónde vas? Manzanas traigo. Ya sabes que soy una persona con tendencia a maravillarse de las cosas que lo merecen, de las buenas, y de la increíble cantidad de estupidez que puede albergar un ser humano en su interior. Como se suele decir, me repatea… mi cerebro estomacal. Resulta que dicen los científicos autores del estudio que esa es una prueba del acierto de su descubrimiento, para a renglón seguido añadir -cito de memoria, aproximadamente- que determinadas personas tenemos tendencia a solicitar más participación de nuestras vísceras en los procesos llamados cognitivos. ¡Toma ya! Y yo me pregunto ¿es que esta gente tan científica no sabe que la característica de la médula espinal no es que tenga millones de neuronas –que no lo sé, pero no sé yo– sino que las tiene muy largas, en ocasiones de hasta un metro de largo? En fin, Cosas veredes, amigo Sancho.

Claro que, el irreflexivo neuronacentrismo imperante, del que ya te volveré a hablar otro día, conduce las mentes de los investigadores a cenagales de este cariz, sesgando su pensamiento hacia la radicalmente errónea idea de que las neuronas y sus interconexiones son lo que piensa. Y en este caso a creer que la existencia de más neuronas en el abdomen que en la médula es una prueba irrefutable del acierto de sus teorías. En fin, dame paciencia, Dios mío. Y de ahí pasan a detallar las enfermedades causadas por esa hiperconexión entre cerebro y tripas: que si el intestino irritable (mira, eso sí me ha causado una buena impresión, estoy tan cansado de escuchar eso de colon irritable como de la empatía), que si las úlceras…

Me puedes imaginar pensando con esa vehemencia que me caracteriza a veces: Pero vamos a ver, científicos de pacotilla, ¿y la gente que no tiene esa tendencia a centrar sus tensiones en el abdomen? ¿No tienen cerebro? ¿No les funciona bien el tándem cerebro encefálico-cerebro abdominal que habéis brillantemente descubierto? ¿Son discapacitados? ¿O qué? Almas de Dios.

Seguro que antes de leer lo que te voy a contar a continuación estarás pensando igual que yo que no hay que ser doctor ni siquiera DEA (Diploma de Estudios Avanzados, requisito indispensable para doctorarse), para darse cuenta de que existen personas que no concentran sus tensiones en el abdomen como tú y como yo, sino que las concentran en los hombros, esas personas que se quejan de las cervicales, sin saber qué es lo que les ocurre. Personas, más frecuentemente mujeres, que tienen los trapecios y los extensores del cuello duros como piedras de tanta tensión, y las superficies articulares de las vértebras cervicales desgastadas porque la tensión se mantiene incluso cuando duermen, lo que impide la rehidratación nocturna -en descarga- de esos hidrófilos cartílagos que suavizan el contacto entre vértebra y vértebra, hasta el punto que pierden grosor -se secan literalmente- y la disminución del espacion intervertebral consiguiente termina por provocar la presión de las raices nerviosas que salen de la médula entre ellos, provocando más dolor y contracción. Se cierra el círculo. Exactamente igual que en el caso de los que padecemos del estómago. Ya sabes que poco a poco se está poniendo echo un toro a base de entrenarlo, tranquila.

¿Y eso quiere decir que existe un cerebro en la zona dorsal superior? ¿Tenemos un cerebro en la espalda? ¿En el cuello quizá? ¿El cerebro trapezoidal? Pues obviamente no. Pero tú espera, ya verás cómo encontramos alguno de estos que van de científicos que lo pensará -alguno de esos funcionarios calientasillones de la universidad pública-, pedirá fondos para investigarlo y veremos los resultados en alguna revista de prestigio. Como el chiste ése que se ríe de los varones porque supuestamente tenemos una sola neurona, el cerebro en… salva sea la parte. ¿Se le ocurrirá a algún científico cerciorarse de que no tenemos el cerebro en la bragueta? ¡Por Dios, cuánto dinero malgastado, improductivo, tirado a la basura, con esos funcionarios de bata blanca!

Está visto que a los científicos, en general, no se les puede dejar investigar lo que se les antoje, que tendrá que ser la empresa privada, movida por los sucios capitalistas intereses económicos quien sufrague los juguetitos de estos intelectuales, que saben investigar, pero no qué investigar. Empresas farmacéuticas -esos demonios- o cualesquiera otras, que arriesguen su dinero y no el nuestro con el objetivo de solucionar o aliviar algún problema humano y no investigar por investigar, porque es su obligación o no tienen otras cosas que hacer para justificar el sueldo que inmerecidamente ganan. Así dejaríamos de financiar entre todos ocurrencias como ésta que aparece a bombo y platillo en Mente y Cerebro, y quedaría para dar de comer a quien lo necesita, que son muchos en los tiempos que corren. La investigación debe estar enfocada al bien común, a beneficiar a cuantos más, mejor, y quien mejor sabe lo que es mejor para cada uno es cada uno, con sus cadaunadas y todo. Y si lo que vas a investigar es un absurdo como esto del cerebro abdominal y no te lo compra nadie, nadie te lo pague, lo pagas de tu propio bolsillo. La implacable Ley del Mercado, como implacable es la evolución.

Como sigamos por ahí la investigación científica va a terminar como el cine español, no van a verlo ni los familiares de los actores. Otros que tal bailan, que en ausencia de competencia y presencia de jugosas subvenciones por ser vos quien sois, terminan endiosándose, creyéndose que pertenecen al mundo de la cultura en lugar de al del espectáculo, y que pueden ir dando por ahí incluso lecciones de vida a los demás. Ya sólo hace falta que se hagan coaches en una de esas prestigiosas asociaciones. Seguro que más de uno se ha comprado la dichosa revista (6,5 eurazos en plena crisis) y aunque no entienda nada, como de la Inteligencia Emocional y la empatía, se pondrá a explicarlo a todo pichichi como si fuera un erudito, para tirarse el pisto. Vana gloria.

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