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Cartas a Paula: El liberalismo es conservador

Hoy es el día del padre, y como no hay padre sin hijos, yo también tengo que regalarte algo para celebrar ése día de hace veinte años y un par de meses ―el mejor de mi vida― en que me convertí en tu padre. En feliz padre de una hija que espero también sea feliz, con todos los problemas inherentes al hecho de existir aquí y ahora.

También tengo que agradecérselo a tu madre, por supuesto, y desde ahí hasta Dios por haberlo dispuesto así. Soy muy afortunado, aunque cualquiera que sepa un poco de mi vida dudo que cambiara la suya por la mía. Bueno, los hay que lo han pasado bastante peor, así que tampoco es para colgarse demasiadas medallas, pero también hay otros que lo han tenido bastante más fácil; al final ―y cuando digo al final quiero decir exactamente al final―, lo importante es no rendirse nunca, pase lo que pase, eliminar ese verbo del diccionario personal.

Así pues, mi regalo para ti hoy es una reflexión para que entiendas la política y la vida mejor de lo que ya las entiendes. Quiero que entiendas que el liberalismo ―uno de los cimientos de las sociedades prósperas―, el liberalismo de verdad, es conservador.  Es un tema del que hemos hablado algunas veces pero sin la profundidad de hoy, y merece un análisis más profundo porque tiene muchas conexiones con otras áreas de la realidad que permiten verla y vivirla con coherencia, clave esencial de la felicidad a pesar ―como hemos dicho― de las amarguras inherentes al hecho de existir.

Sí, mal que les pese a los liberales dogmáticos, el liberalismo es conservador. ¿Y qué es lo que conserva? La libertad, claro, de eso justo va el rollo. Y la libertad es lo primero; sin libertad el ser humano no es persona humana sino persona animal, un esclavo domesticado para responder lo más fielmente posible las órdenes de su amo, que es quien le procura el sustento y le pasa la mano por el lomo haciéndole sentirse importante, trascendente, una especie de guerrillero cheguevariano de mirada nostálgica, perdida en el horizonte. He dicho sentirse importante a propósito, porque saberse no pueden, no les deja su animalidad, funcionan a golpe de víscera, de filia y fobia. Si se supieran, si tuviesen la más remota idea de lo que es la realidad, buscarían desarrollarse en libertad para alcanzar la felicidad, que sólo se consigue ajustando el pensamiento y la conducta a lo real. Es sólo a partir de que existe la libertad, que existe el ser humano; y cuanta más libertad, más humano se vuelve. Y más, cuando, gracias a la libertad, encuentra La Verdad, conjunto de verdades parciales. Entonces ya ni siquiera es un humano normal, pertenece a la élite humana, aunque sea anónimo o más pobre que las ratas.

Desde un punto de vista astronómico es fácil de entender: no hay nadie que obligue a la Luna a orbitar Neptuno o Júpiter. Nuestro satélite orbita la Tierra por una simple ley natural: la gravedad. No por el capricho de nadie. Y así todo el universo, desde lo más pequeño a lo más grande.

Por consiguiente, en tanto que es la libertad aquello que posibilita que surja caóticamente el conocimiento de La Verdad, es el liberalismo quien posibilita la aparición, el surgimiento, el advenimiento mediante procesos caóticos, abiertos, libres, de La Verdad. El antiliberalismo, por el contrario, impone Su verdad a la vez que combate La Verdad. ¿Y cuáles son los pilares fundamentales del liberalismo? La separación de poderes, el respeto a la propiedad privada y la separación iglesia-estado, germen de las sociedades avanzadas que impide o dificulta al menos la concentración de poderes en manos de pocos, es el “A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César” Como para no conservar el cristianismo. Un liberal que no defienda las agrupaciones, tendencias y cosmovisiones que han surgido fruto del caos ―Jesucristo sin Facebook ni Twitter y con sólo doce followers― no es un liberal, es un anarquista, un ignorante, en el fondo un tirano que pretende imponer a los demás su verdad mientras niega lo que la naturaleza ha parido, la imparable propiedad emergente de milenios de vida humana.

Es muy fácil explicar cómo cualquier forma de limitación del liberalismo ―en tanto que dinámica naturalmente caótica (abierta, libre) de todo lo que existe― como el socialismo o religiones recesivas/pseudorreligiones, paraliza la evolución de la humanidad, la condena al estancamiento o al retroceso. Imagínate una de esas hijas de antes ―de pueblo normalmente, aunque entonces casi toda España era rural―, que se quedaban toda la vida cuidando de sus padres hasta que muriesen, solteras para siempre. En lugar de vivir sus propias vidas, se quedaban viviendo, apoyando resignadas, las de sus padres, que no merecen tal nombre, sino sólo progenitores, en realidad tiranos. Creo recordar que en psicología se denomina esta enfermedad como síndrome de los padres roedores. Así, la mayor parte de estas personas sin vida propia resultaban faltas de carácter, de personalidad propia, y si tenían la necesidad de trabajar fuera de casa, ello tampoco modificaba la situación, eran gente rara, criada en ausencia de problemas, de sus propios problemas. No por casualidad las llamaban chicas viejas, ancianas por dentro, lozanas por fuera. Un poco como los pobres hijos de papá malcriados, aunque hay excepciones, que también en Cuba y en Venezuela hay gente libre; como si dijéramos: fuera de Mátrix. Quizá los progenitores tiranos no han contemplado o no les interesa contemplar la opción de que sean ellos los que vivan con los hijos, en lugar de los hijos con los padres. Unos ya han vivido sus vidas, los otros deben vivir las propias. ¿Y cómo se llega a esta situación? Fácil: no importa lo que esté bien o mal, lo que importa es quién tiene el poder, como diría Humpty Dumpty. El poder de imponer por la fuerza o de manipular los instintos básicos, las populares emociones.

Igualmente, si un gobierno o ideología pretenden ejercer de padres, de aportadores de bienestar a sus ciudadanos/hijos por el mero hecho de serlo, sin que se busquen el sustento con el sudor de sus frentes o la actividad de sus mentes, viviendo según el criterio que marcan, les condenan a la infancia permanente, a la incapacidad; como un entrenador que entrena por sus discípulos mientras ellos sestean en las colchonetas. Todavía me estremezco cuando recuerdo un reciente discurso de Obama: América está por encima de la individualidad. No son las individualidades libres las que crean los Estados Unidos de América, sino al revés. ¡Toma ya! O sea, que como yo soy el presidente ―papá― de los USA digo lo que tenéis que hacer ―ser― vosotros. Como Zapatero pero en cetrino. Creo que fue un tal Adolfo Hitler el que dijo algo así hace unos años, además de Marx, Lenin y otras joyas liberticidas.

Si un gobernante quiere que sus gobernados vivan conforme a sus ideas, deja de gobernar la nave para llegar al lugar señalado por la dinámica caótica ―el desenvolvimiento individual de cada uno del que surge la sociedad completa― y  se convierte en tirano que impone el destino… mientras la economía aguanta. Véase el caso de la afortunadamente extinta URSS, o de la desafortunada Cuba actual sostenida por el petróleo venezolano y seguramente iraní a cambio de asesoramiento para conseguir una de las tentaciones del Diablo a Cristo: Si me sigues (si renuncias a vivir tu vida, a tu libertad, y haces lo que yo quiero que hagas, si te pones a mis órdenes), todo esto será tuyo para siempre. Países ―los no liberales― con la inmensa mayoría de la población poco evolucionada, casi animal, inconsciente esclava, esclava inconsciente, del tirano de turno que les garantiza casa y comida, la satisfacción de lo básico a cambio de sumisión, sobre todo cuando se acerca el recurrente paripé de elecciones libres. 

Así, en estos países puedes encontrar a doctores ingenieros conduciendo un taxi o cualquier sinsentido semejante, porque la patria lo necesita. Les han robado la vida, les han impedido desarrollar la labor, la contribución para la que se sienten llamados y preparados: su misión en la vida. Viven una vida superficial, antigua, como en la época en la que no había luz eléctrica o radio, condenados a la agricultura de subsistencia, meros instrumentos de la perpetuación de la especie, baterías del sistema, peones en la batalla de la evolución de la consciencia, ladrillos en el edificio de la evolución hacia la perfección. Nada menos, pero nada más. Desde luego no viven una existencia cuestionada, analizada, criticada, como diría Sócrates.

Mediante esta estrategia de conversión de los ciudadanos en esclavos, cuando los tiranos necesitan reforzar su poder ―véase el afortunadamente difunto Hugo Chávez― crean enemigos inexistentes contra los que arrojan a sus poblaciones, y a sus aviones, mochilas o chalecos bomba para forzar a esos hipotéticos opresores a darles ―o sea, robarles― lo que es suyo, lo que es de su propiedad; por ejemplo su conciencia moral y su consciencia de La Verdad. La mejor estrategia para convencer fácilmente a alguien de que en realidad quiere hacer lo que quieren los tiranos; por ejemplo parasitar países como hizo el socialismo detrás del Telón de Acero, hasta que los deja exangües, momento en que se lanzan a parasitar a su siguiente víctima. Por ejemplo robarles su identidad: ya no son hispanos, ahora resulta que son latinos. No por casualidad la instigadora de este latrocinio es Francia, cuna de la masonería.

Estos pobres países infestados de liberticidio son como las mujeres que se quedaban cuidando de sus padres: no saben ganarse la vida en la mayor parte de los casos. ¿Has visto el principio de La Internacional? Dice: “Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión” ¿Efecto Pigmalion o Profecía Autocumplida? Es decir, son padres-tirano que están diciendo a sus hijos: eres incapaz de vivir tu propia vida, y no vas a ser capaz de ganártela ―ganarte la libertad―, así que tendrás que seguir viviendo bajo mi criterio durante el tiempo que me quede de vida a mí, que soy el que importa, el que tiene el poder, por si no te habías dado cuenta.

Con acertado juicio decía Fromm en El Arte de Amar que muchos padres no entienden el significado del verbo amar, creen que amar es sobreproteger, castrar, impedir a sus hijos vivir sus propias vidas para presuntamente salvarles de los peligros de ahí fuera o ser buenos hijos. Y como los padres, los gobiernos.

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  1. Carlos
    26/03/2013 en 17:21

    Me considero ateo aunque siempre he defendido que la sociedad que disfrutamos (si, disfrutamos, mal que les pese a muchos defensores de las “cunas de espiritualidad” donde se hacen auténticas aberraciones) es debida a la influencia del cristianismo…
    Pero estas consiguiendo que me replantee muchas cosas. Totalmente de acuerdo con el enfoque que das acerca del liberalismo (se agradece cuando en todos los medios se le demoniza, a pesar de que muchas de las cosas de las que se le acusan han sido provocadas por todo lo contrario: bancos públicos controlados y gobernados por políticos y sindicalistas). Pero nunca había asociado los conceptos liberales con ciertos principios recogidos en los evangelios (los cuales, si, me he leído varias veces). Y es que está ahí…

    Gracias y continua.

    • 30/03/2013 en 01:55

      Yo también he sido ateo, y furibundo, la mayor parte de mi vida, así que te entiendo. Quizá algún día te ocurra como a mí, la desazón existencial como Neo en Mátrix (“Un infierno para tu mente”, le dice Morfeo), te empuja a hacerte preguntas, investigar, buscar, criticar… incluso atreverte a pensar lo contrario de lo que piensas… ponerte en los zapatos de los demás… hasta que, aunque incompleto, el puzzle ya deja ver la imagen que lo forma.

      Fíjate que, cuando hablamos, todos vamos dejando rastros, sesgos de percepción que pueden limitarnos la percepción ecuánime, sin sesgos, de la realidad. Por ejemplo, cuando dices que “la sociedad que disfrutamos es debida a la influencia del cristianismo…” estás minimizando inconscientemente la influencia del cristianismo en la vida que disfrutamos. Sin embargo, no es, stricto sensu, una influencia, sino los pilares, las bases, los cimientos, el sine qua non, de la sociedad occidental. Otras sociedades construidas sobre otros pilares dan como resultado un escaso disfrute, son opresoras, o totalitarias, o teocráticas, o relativistas, o amorales… Liberticidas. En las ateas, ya ves: Hitler, Lenin, Stalin, Pol Pot, Mao, Castro o el payasete de Corea del Norte… como no hay Dios, el que manda se endiosa, inevitablmente. Hitler hasta quería “hacer” una religión propia.

      Estoy a punto de atreverme a escribir sobre ello, pero ya te puedo decir que cada día veo más la física en Jesucristo, en sus palabras y obras, y cómo ellas han ido construyendo esta sociedad catótica, abierta, que disfrutamos.

      Una de las claves de mi cambio de cosmovisión, no el desencadenante, sino un reforzador, fue la lectura de la obra del polémico Antonio Escohotado, “Caos y orden”, un libro imprescindible para entender la vida desde una perspectiva física, natural, aunque lamentablemente agotado y no reeditado, donde hace un repaso de la vida desde la perspectiva de la dinámica caótica de todo (o mejor, de Todo), de las ecuaciones no lineales, como caótico es el pensamiento, la conducta humana de los cristianos, y las sociedades cristianas.

      Ahí está todo, cierto.

      Gracias a ti, Carlos. Continuaré, sin duda, aunque ayude a poca gente, no puedo dejar de hacerlo.

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