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Los sistemas de evaluación de competencias. ¿Identificación de carencias para la mejora?

Han pasado ya muchos años desde la irrupción de la metodología pomposamente denominada Feedback 360º, un buzzword de esos que consiguen que quien lo pronuncia se sienta importante, destacado sobre la masa como ocurre ahora con los conceptos competencias, inteligencia (m)emocional, empatía y neurociencia, a la vez que instan al ignorante a caer inerme en las redes de sus postulantes-vendedores. Así, muchos directivos de RRHH saludablemente impulsados por la competitividad, temerosos del descrédito que podría suponer entre sus iguales ―¡Buah, tío! hemos hecho un feedback 360º en la empresa y todo el mundo está encantado, nos ha ayudado a conocer nuestras debilidades y fortalezas, nuestras competencias y ámbitos de mejora… nos ha costado un pastón pero ¡es la caña!― igualmente ignorantes de lo que se cuece en las personas cráneo adentro, no contratar los servicios de una buena consultora de formación para optimizar el desempeño de sus directivos.

Y como el Feedback 360º, un ejército de (de)formadores, coaches, gugús y otros especímenes de este funesto sector vendedor de bálsamos de Fierabrás, de simples vendedores de humo si los gases que propalan no fueran tan caros como tóxicos, hicieron su agosto creando la recesiva burbuja de la (de)formación, el e-learning, la inteligencia (m)emocional ―qué se podía esperar de aquellos polvos― que detraía recursos mentales y económicos para iniciativas y proyectos realmente útiles al individuo y la sociedad, apestados marginales en un mundo de guays con visa platino.

¿Y cómo puede afirmarse que existen algunos útiles si no se conocen? me dirán con toda lógica. Pues es muy sencillo, aunque nada simple, como verán.

Eso llamado en términos genéricos formación, como la autoayuda ―para autoayudarse a terminar de perder la cordura, ha surgido en una sociedad huérfana de orientación, desasosegada a fuer de desestructurada su mente, una vez acometido el ERE integral en la plantilla de confesores y directores espirituales; pero igual que el éxodo de empresarios del “País” Vasco forzado por las amenazas de los que mueven el árbol animados por los que recogen las nueces provocó no la desempresarialización de la región sino su ocupación por lo que entonces llamábamos la nueva burguesía vasca, un ejército de vanidosos sociópatas de medio pelo corrió a hacerse cargo de las descarriadas almas en pena de los pecadores.  Sólo que ahora en lugar de echar unas monedas en el cepillo, había que pagarles las letras del Cayenne Turbo y sus ostentosos saraos de hotel de lujo hitech en los que en la mayoría de las ocasiones lo único válido eran los canapés y el networking. Vamos, como ir a la tasca a tomar unos vinos con los amigos a ver el fútbol o la F1, pero con camareras monísimas de segundo de carrera sonriéndote como si fueras realmente alguien importante. Los confesonarios y despachos parroquiales mutaron en auditorios pertrechados de proyectores digitales y los Evangelios y estampitas de santos, en powerpoints y fotos sonrientes con Goleman, Rovira, Huete, Punset y los makeateam boys.

¿Y los sacerdotes? Pues en comerciales engañabobos (y listos) travestidos de gugús con trajes de a mil euros, capaces de convencerte de que si quieres, puedes, y otras barbaridades de similar pelaje. ¿Y cómo ha sido tan fácil convencer a tanta gente aparentemente sensata? Obvio: porque lo necesitaban. Necesitaban creer que ellos también podían acceder al magistral SUV de Porsche y el chalé en Pozuelo, porque ellos lo valían, que se lo decían sus mamás. Y como el dinero llovía como el maná, sin esfuerzo alguno, pensaban que les sería fácil, así que su entusiasmo fluía a borbotones, como Juan Sin Miedo, contagiando a todo pichichi vía empatía, la omnipresente tía de la señorita que se presenta como el agente secreto 007: ―Me llamo Nada, Empa Nada. ¿Y de segundo? Mental. No se sonrían, no, que no tiene maldita la gracia que circule por ahí tanta gente con licencia para descerebrar.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la identificación de carencias para la mejora? Pues verán:

En el mundo éste llamado genéricamente de la (de)formación existen dos tipos de personas, de profesionales, de orientaciones, permítaseme la expresión: los problemólogos y los solucionólogos.

LA PROBLEMOLOGÍA

A un problemólogo se le identifica fácilmente, ustedes se encontrarán a menudo con algunos, aunque la crisis les ha deprimido tanto que ahora andan escondidos debajo de las piedras, no vaya a ser que alguien les vea en el lamentable estado en que se encuentran y se hundan más aún en la depresión.

Son los típicos plastas que se pasan el día dándote consejos que no has pedido y haciéndote observaciones acerca de tu actitud en el trabajo, de tus relaciones conyugales y familiares y tu propia personalidad. Son los que se habrán leído y disertado doscientas veces sobre El caballero de la armadura oxidada pero no han entendido nada; se quedaron con la ñoñez de la coraza en lugar de la llamada a la responsabilidad para con los propios y lo propio, que primero es la obligación. Últimamente sobre todo féminas espoleadas por su soñada revancha a lomos de las (m)emociones sobre el ya de por sí castrado y domado varón.

En el ámbito de la empresa, los consultores de prestigiosas consultoras repartiendo análisis a diestro y siniestro, como los psicólogos de antaño con sus test de Rorschach, de CI y ventanas de Johari, versiones precámbricas de los escraches actuales, entrometiéndose en lo más íntimo de las personas, poniéndoles en evidencia, haciéndoles sentirse torpes e imperfectos en base a vaya usté a saber qué mamarrachada moderna; asediándoles como si no tuvieran bastante con mantener el tipo en una vida que no es fácil para nadie, ni en lo personal, ni en lo matrimonial, ni en lo paternofilial, ni en lo social, ni en lo profesional… Bajo amenaza de quedarse con el Mondeo y no disfrutar de los 500 caballos del turboalimentado V8 alemán bajo el culo. Pero claro, se supone que los consultores y demás son seres superiores inmaculados como La Virgen María, y pueden ir por ahí repartiendo confesión, propósito de enmienda, penitencia, perdón, bulas a millón y penas de excomunión a quien no se pliegue al nuevo catecismo del hombre moderno, versión del Tonto es el que lo parece y la metad de los que no lo parecen, de Gracián, cuatro siglos después. Mea culpa, mea culpa, no soy nada inteligente (m)emocional, perdóneme santo Goleman. Esto parece cada día más el Un mundo feliz de Orwell.

Para nada. Para nada. Repito una vez más: Para nada. Para nada sirve tanto hostigamiento, tanta tecnología, tanto análisis, feedback, test o lo que sea. ¿Lo repito una vez más? Para nada… bueno. ¿De qué sirve un diagnóstico sin medicamento o remedio válidos que curen la enfermedad? ¿De qué ha servido llenar aulas con pupitres digitales, ordenadores, tabletas, aplicaciones para alertar a los padres vía sms o mail de que los hijos han hecho pellas, y proyectores de powerpoints en colegios, institutos y universidades? Para nada bueno. Sólo para hacer creer a determinados profesores que la tecnología es más importante que la didáctica de alguien que es un experto en lo que explica, no un funcionario mimado e intocable.

Rafa Nadal, Jorge Lorenzo y millones de deportistas tienen equipos de entrenadores expertos, con experiencia ―no charlatanes de feria, que en el deporte lo que mide el rendimiento es el crono, so ingenuos buscadores del retorno de la inversión en formación―, capaces de analizar la técnica de sus pupilos, pero capaces también de utilizar los métodos de mejora de toda la vida, técnicas probadas que consiguen hacer superar defectos y debilidades, que obligan a cambiar hábitos estructurados en sus mentes durante años causantes de su incapacidad de dar el salto cualitativo que les coloque en lo alto del cajón. Pero ¿Y con la mente? ¿Ocurre lo mismo con la mente? Para nada.

LA SOLUCIONOLOGÍA

Los presuntos solucionólogos de hoy son los que ya conocen, los mismos problemólogos, necesitados de encontrar pajas en ojo ajeno para vender a continuación sus tóxicas pócimas mágicas a sus inocentes víctimas. Te venden el inútil parche pero primero te hacen la herida, el mundo al revés. Algún que otro ejemplar excepcional de excepcionalmente bueno existe, negarlo sería quitarme razón, pero obviamente no cubre las necesidades de un mundo en el que no cabe un idiota más. Ah ¿pero es que en el Madrid sólo entrena Mourinho? ¿En Ferrari Domenicali? De locos.

Dejémonos pues de poner el acento en identificaciones de carencias para la mejora, porque el deportista medio sabe lo que tiene que hacer para mejorar: entrenar más las destrezas transversales, la básicas: la fuerza, la velocidad, la resistencia, la coordinación, la flexibilidad, como base para el desarrollo de sus destrezas específicas. Sin eso, nada de nada. Con la mente ocurre otro tanto, ya lo dijo Santiago Ramón y Cajal hace un siglo, pero se nos ha olvidado entre tanto humo.

La solucionología es una ciencia aún no nacida pero necesaria. Amenazada ahora con el despiadado aspirador de la neurocharlatanería en el vientre gestante en manos del mismo ejército que ocupó los confesonarios como la nueva burguesía vasca los despachos profesionales y empresariales sin Rh negativo de mi tierra natal, corre el riesgo de acabar en el cubo de la basura previo paso por la trituradora… de mentes.

No lo va a tener fácil para nacer y crecer, no; a no ser que se utilice a los mismos causantes del destrozo de la mente individual y colectiva con la promesa del Cayenne si en lugar de vender bálsamos desestructuradores de mentes, venden sistemas de entrenamiento que sirvan para algo más que mover muñecos en una pantalla de ordenador que supuestamente ―que va a ser que no― logren que uno sea más inteligente, y guapo de tan feliz, que la cara es el espejo del alma.

Pero no sólo entre los charlatanes y neurocharlatanes se encuentran los enemigos de la solucionología; también ―y si no, al tiempo― vanidosos investigadores-funcionarios ungidos por un doctorado, sobrepasados por la evidencia de su esterilidad, ofendidos por presuntas intrusiones profesionales, envanecidos por la lluvia de miles de millones que el proyecto Brainnosequé repartirá por los departamentos de investigación, formarán parte del ejército de nuevos rescatadores de damiselas que no piden ser rescatadas.

La solucionología es humilde, no busca engordar burbujas egóicas de gugús de tres al cuarto, sino diseñar sistemas útiles para mejorar la mente y la vida de las personas, no requiere intrusivos test, y mucho menos personas que los distribuyan y corrijan; se basa en una relación estrictamente confidencial entre el usuario y el imparcial sistema. Los simuladores hoy en día entrenan mejor las habilidades que un ejército de profesores o profesorcillos. Aquí se topará con las trincheras y campos de minas de ese ejército de vanidosos que creen que ellos son más importantes que las metodologías, que una máquina no puede sustituir ―¡faltaría más!― a una persona, pero al final sucumbirán al bramido de los colectores de escape o, como han hecho los psicólogos, se unirán al enemigo con el que no han podido, como se han visto obligados a hacer con el bólido del coaching que les ha arrancado las pegatinas a final de recta.

La solucionología sólo necesita, pues, métodos de mejora, entrenamientos de desarrollo basados en investigaciones serias, en el análisis de la aplicación real de los métodos. El solucionólogo sólo será un instrumento de desarrollo, análisis y mejora de los métodos, no un iluminado ávido de alimento para su ego o un desalmado irresponsable que no ve la viga en su propio ojo.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 01/10/2014 en 10:22

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