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Qué es la mente y cómo funciona (II) – Sólo sé que no sé nada

La célebre sentencia de Sócrates no dice en realidad que no sepa nada, sino que, excepto algunas cosas concretas, no se puede saber nada con absoluta certeza. La esencia que podemos extraer de su pensamiento es que deberíamos saber qué tipo de cosas es importante conocer en realidad, dado que ciertamente uno no puede saber todo de todo. Y creo que el funcionamiento de la mente es una de esas cosas acerca de las cuales “Esos hombres creen que saben algo”, aunque en realidad no saben nada. Una de esas cosas cuya realidad conviene conocer. Sobre todo porque hoy en día tenemos mucho más conocimiento de la naturaleza de las cosas, y concretamente sobre el cerebro, que hace dos mil y pico años, lo que reduce significativa y cuantitativamente ese nada; así que no utilicemos sus palabras como pretexto para justificar nuestra ignorancia.

Paradójicamente la frase tiene muchas derivadas y puede llevarnos a conclusiones muy jugosas en esta tarea de ir preparando a algunos hombres para entender cómo funciona la mente humana en realidad. Y una de la derivadas más llamativas que me he encontrado últimamente es una nueva e interesante investigación científica sobre la que disertaremos a continuación, aunque también está estrechamente relacionada con la reciente entrada en la que hablábamos de la meditación.

¿Ya he conseguido llamar su atención? Pues todavía no hemos llegado a las importantísimas conclusiones. Vayamos primero a entender qué significa, en un contexto neurocientífico, el aforismo socrático.

La mente y los ordenadores

No seamos tan vanidosos para pensar que la mente humana es infinitamente más poderosa y eficaz que cualquier ordenador, por ejemplo en el que me está usted leyendo, y que así será por siempre jamás. Es cierto que la mente gana por goleada al mejor superordenador del mundo… hoy en día, y sólo en algunos aspectos. Porque un ordenador puede hacer cálculos monstruosos o dar el resultado de proyectos complejísimos en un momento, algo imposible para un ejército de seres humanos en el mismo tiempo y con el mismo gasto de energía; pero hoy por hoy son bastante tontos. Y no son tontos porque no puedan ser listos como nosotros, sino porque no pueden aprender entrenar como nosotros, con cada instante que vivimos en la vida.

Pero ¿se imaginan ustedes si, en el fondo, el interés de Brin y Page con las google glass, es entrenar superordenadores para que sean capaces de funcionar como los de Yo Robot, sin que lo sepamos? Pues quizá no sea una imaginación fantasiosa. Es más, es hoy por hoy la única forma que se me ocurre de atiborrar a un cachivache artificial de tantas horas de entrenamiento como las que nos metemos cada uno de nosotros en las casi veinte horas de vigilia diaria. Pero no alucinemos, por ahora creo que se contentan con ordenadores como el que tiene usted delante pero a lo bestia, nada de autómatas programables y entrenables. Pero me apuesto algo a que por ahí van los tiros, porque en los USA tienen muy clara otra no menos célebre máxima: Si vis pacem, para bellum. O por lo menos algunos de los que mueven los hilos.

Sí, estos modernos cachivaches tecnológicos tienen sus limitaciones; de hecho es probable que a usted le ocurra como a mí con mi ordenador portátil y mi smartphone. Cuanta más información atesora, de cuantas más habilidades (programas o aplicaciones) disponga, más trabajo le cuesta recuperar todos datos que tiene almacenados en la memoria cuando lo necesita, porque cada día el mogollón de información es más descomunal.

Por ejemplo, si usted usa photoshop, se dará cuenta de que cuando lo ejecuta, ralentiza significativamente el trabajo que esté realizando. Aunque recordará cuando no tenía uno tan bueno, lo mismo ahora tiene usted un pepino de ordenador con nosecuantos núcleos. Pero si usted maneja imágenes muy pesadas (no las de su suegra, sino en Mb) por la cantidad de detalle, será más lento abrirlas, editarlas y guardarlas. Supongo que con el smartphone le ocurre otro tanto, por ejemplo, con el dichoso feisbuc, que sobrecarga tanto la memoria de trabajo y el procesador, que a veces le deja colgado el aparato, como alguna otra de esas odiosas pero casi indispensables apps.

Más aún, llega un momento en la vida de un ordenador en que por más que lo formatee ya no funciona tan bien como de nuevo. Quizá sean sectores dañados en el disco duro, en la placa base o vaya usted a saber qué, pero lo que probablemente ocurra –además– es que antes del formateo había llegado a su límite de capacidad ideal de trabajo, y al formatearlo y volverle a instalar todo el arsenal de software favorito, imágenes, vídeos, archivos… llegamos casi exactamente al mismo punto: su procesador y su memoria de trabajo no dan abasto para atender las órdenes de recuperar información del disco duro, realizar los cálculos, comunicarse con la tarjeta de vídeo o los periféricos pertinentes, etc. La solución es sencilla: eliminar información, programas, todo lo que no sea estrictamente imprescindible.

Y a la mente humana le ocurre algo muy similar. Tanto, que extraña que los sesudos neurocientíficos no hayan caído en la cuenta. Quizá es que su chauvinista celo en guardarse para sí mismos todo lo relacionado con la inteligencia, incluyendo la artificial, les lleva a rechazar a priori cualquier insinuación que venga de ese mundo de la ciencia dura, fría. ¡Qué horror!

Pues resulta que de una forma similar, a medida que las personas vamos cumpliendo años, vamos acumulando en nuestro disco duro (del que hablaremos otro día) ingentes cantidades de información, miríadas de paquetes de información útil y otra que en demasiadas ocasiones es improductiva, y/o falsa, e/o incompleta, y/o perjudicial. Y aunque se sustituya por otra información adaptativa, deja restos –porque así funciona ese curioso disco duro nuestro–, lo que genera imprecisiones o deficiencias en su funcionamiento.

Para fastidiarlo más, tenemos que tener en cuenta que nuestra mente dispone de aproximadamente tres niveles de funcionamiento, alguno de los cuales, los básicos –los instintos, las pasiones y las emociones–,  pueden perturbar o directamente bloquear los niveles superiores: la razón, la moral, la torre de control. Ya se encargó Damasio, cuando todavía parecía que iba a descubrir los secretos de la mente, de señalar a través de su trabajo sobre el caso Phineas Gage que la moral es el estrato más elevado del ser humano, de la persona humana, en contraste con la persona animal, para quien lo prioritario es lo que siente. Sobre todo si se trata de elegir entre sentirse bien haciendo lo que le apetece, o sentirse mal haciendo lo que debe. Es decir, que además de la creciente saturación de información y utilidades, en ocasiones los tres niveles funcionales entran en conflicto entre sí, y entonces se lía parda. También ocurre con los ordenadores, pero no complicaremos más la cuestión con esos detalles.

 

 

La neurociencia confirma lo obvio, la realidad, que es para lo que está la neurociencia

Ya, ya sé que no es tan obvio, hasta Damasio esté hecho un lío monumental, como para no estarlo los demás. Veamos, gracias al símil informático ya hemos entendido los problemas que suscita la acumulación de experiencias en el encéfalo humano, algo que quizá se pueda también deducir de la cita de Sócrates: que cuanto más sabes, sabes menos; pero no porque con el paso del tiempo nos volvamos más tontos, sino porque de tanto detalle sobre los árboles que vamos almacenando, se le acumula el trabajo al cerebro y perdemos de vista el bosque. Es así y no hay vuelta de hoja. Es lo obvio.

Y debido a esa obviedad, a esa realidad palpable, la neurociencia en su rama más seria –la médica– acaba de dar con el quid –que no la explicación– de la cuestión.

Según informa diariomedico.com, citando una investigación de la prestigiosa revista Neuron, la baja actividad cerebral mejora la memoria en pacientes con deterioro cognitivo leve.

¿Lo han pillado?

Por si acaso no, se lo explico. Ahora entenderán por qué hacía mención al principio a una entrada en la que hablaba sobre la meditación.

 

 

La meditación, parar la mente y otras trampas newage, liberados de su carga religiosa recesiva, tienen una gran utilidad

Ya lo hemos comentado en otras ocasiones, ¿qué hace usted a su ordenador cuando se da cuenta de que va más lento de lo habitual? Antes la mayoría recurríamos al reinicio del sistema, pero hoy en día supongo que lo que todos: borra el historial, las cookies, los archivos temporales, etc., de su navegador. Si el problema persiste quizá le pase una de esas utilidades que en un clic le arreglan los desperfectos habituales, le borra el resto de lo no necesario, le elimina programas espía, etc., etc.

Lo que hacemos con estas utilidades informáticas es justo reducir la actividad del sistema, para ganar con ello en eficiencia en la ejecución de los procesos importantes.

Y con la mente –en tanto que similar al ordenador o viceversa– ocurre exactamente lo mismo. Medite usted un rato, pare su mente, échese una saludable siesta exprés, vaya a la máquina del café, a cambiar de agua al canario, rece un padrenuestro, mande un guasap a su churri, o –casi– lo que sea. Pero reduzca de alguna forma saludable la cantidad de programas en ejecución vinculados a información memorizada, apague los programas que no necesita de dentro de su cabeza.

Como ha confirmado la investigación citada y además es obvio, cuando reducimos la carga de trabajo de nuestro encéfalo, funcionamos mejor, recuperamos mejor los datos de la memoria, tomamos mejores decisiones, resolvemos mejor los problemas, nos orientamos más a objetivos que a los propios problemas, nos comunicamos más eficientemente… porque quitamos estorbos, cookies, archivos temporales, parásitos emocionales… a la mente.

Exactamente igual que un ordenador, por eso es tan importante empezar a entender la mente con la ayuda del modelo informático.

Esta es la conclusión: ¿Quiere usted entender cómo funciona realmente el cerebro? ¿Quiere usted entender qué es y cómo funciona la mente? Pues deje de pensar en términos freudianos, románticos o new age y empiece a pensar en ello en términos informáticos. Gracias a esta investigación ya ha podido comprobar que no somos tan distintos de las máquinas.

 

Seguiremos dando pistas en entradas sucesivas.

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  1. Jose Ignacio
    07/10/2013 en 12:21

    Enhorabuena por el blog ante todo

    Muy interesante, no soy ningún acólito newagero, pero creo recordar que en el tao te king, e independientemente de la versión, se venía a decir algo similar, en el sentido de eliminar y vaciar papelera constantemente

    Gracias por tus escritos que nos instruyen y además nos hacen sonreir

    • 07/10/2013 en 13:13

      Muchísimas gracias, José Ignacio, no sabes lo que animan los halagos cuando nadas contra la corriente, son nitrometano en las venas.

      Sí, claro, tienes razón. Yo he sido profesor de yoga y artes marciales, ese mundo lo conozco muy bien y doy fe de que ciertas cosas funcionan, aunque no son exclusivas de esa cosmovisión. Y justo ahí está la esencia de la cuestión.

      Esas prácticas (las útiles, no las inútiles o las que son simplemente chaladuras), realizadas de forma aséptica, con perfecta asepsia filosófico-religiosa, son muy útiles. El problema es que normalmente sólo son un anzuelo para enganchar en la cosmovisión recesiva hinduista y sus igualmente recesivos derivados: budista, confucianista, taoista, zen, shintoista, new age… Que es la aspiración de cualquiera de sus divulgadores para lograr convertirse en “gugús” (así lo dicen en Francia, jejeje) del mundo mundial.

      Me has hecho soreir tú también a mí.
      Y esto casi llorar: http://www.abc.es/tecnologia/redes/20131007/abci-hombre-brazo-apuntando-cielo-201310071000.html
      ‘Pa’ que veas a dónde conduce el delirio hinduista.

  2. Jose Ignacio
    08/10/2013 en 12:13

    Gracias a tí Santiago, ya que mencionas las artes marciales, creo fue Bruce Lee (corrígeme en su caso) que dijo algo así como: comprende el principio, practícalo y… disuélvelo.

    Pero esta tercera etapa cuesta, es duro ir contra corriente, y es más cómodo seguir instrucciones taxativas, que pensar por tí mismo; muchos incluso han permitido que el gugú de turno les imponga ayuno, castidad y pobreza mientras él colecciona Rolls, caviar y concubinas (y siguen comprando sus libros !!)… Cierto, es duro ir contracorriente, y con causa añadiría yo, pues hay mucho rebelde de cartónpiedra que solo quiere parecer guai, (qué guai, qué empatía…)

    Menos mal que los antiguos griegos, que gustaban de pensar por sí mismos, no se doblegaron ante los persas, aunque Roma terminó engatusada por la tentación del absolutismo mesiánico tan típico de los monarcas de oriente; cierto, como dices que Oriente tiene cosas muy valiosas, pero toda rosa tiene su espina; no sé si Lao tse existió, pero a buen seguro que no quiso ser taoísta, ni Buda budista, con todo el respeto por supuesto, para budistas y taoístas y similares en sus infinitas variantes.

    Bueno, como bien dices hay mucho trabajo que hacer, un abrazo, ánimo y al toro!

    • 14/10/2013 en 13:51

      Sí, es cierto, Bruce Lee dijo algo así. Aprende las formas y libérate de ellas. O sea, automatiza la técnica y luego, si puedes, no tengas miedos, porque interfieren con los automatismos.

      Como bien dices, lo más difícil es la última parte, la de quitarse los miedos. Para eso hay que entrenar muchísimo. En el mundo de las AAMM, “hacer guantes”, como se dice en el argot boxístico, o sea, partirse la cara todos los días con dos o tres tíos diferentes para quitarte el miedo a que te golpeen.

      Y como los métodos de entrenamiento para la vida son más difíciles de construir (visto lo visto) que para el deporte, cualquier chalado te puede venir a vender sus bálsamos de Fierabrás. Y si no te funcionan, porque no funcionan, te vende más, pero adornado con la última moda en el sector, en este caso la de la empatía y la inteligencia (m)emocional. Huyendo hacia delante siempre.

      El rebelde, ya sabes, normalmente es un inadaptado que sólo quiere vivir en el útero materno, la vida le hace daño porque no le mima como mami.

      Claro, casi nada es absolutamente bueno o malo, pero en oriente predomina lo recesivo, las espinas, mientras que en occidente predomina lo adaptativo, y las diferencias están ahí.

      Seguiremos, aquí o en donde sea, pero seguiremos trabajando.

      Un abrazo

  1. 26/08/2015 en 00:13

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