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El gen REST no es la clave para evitar el Alzheimer

Eureka - Más Allá de la FormaciónAnte cualquier constatación científica de un hecho caben numerosas interpretaciones, unas más acertadas que otras, pero normalmente sesgadas por la visión particular de cada interpretador, unos más acertados que otros.

Traduttore, traditore, dice la sabiduría popular italiana, un refrán perfectamente aplicable en este caso, dado que el interpretador de una información cualquiera dispone de unas bases de datos memorísticas alojadas en sus indis (astrocitos) diferentes a las de cualquier otra persona, y que se activan automáticamente en respuesta a la interacción con el contexto en función de su individualidad única, produciendo una conclusión diferente a la que llegaría otra persona sin esa especialización.

El reciente hallazgo del gen REST activado en el estado fetal humano y en los ancianos cuya función cognitiva se encuentra en buen estado ha inducido a un equipo de neurobiólogos a concluir que la terapia más adecuada para frenar el desarrollo del Alzheimer llegará a través de fármacos que activen el gen en personas con riesgo de demencia. Casualmente patentables. La especialización, y más si a ella se añade la perspectiva del enriquecimiento, es perfectamente capaz de cegar otras perspectivas –casualmente no patentables– diferentes. Sin embargo, como sabemos, correlación no implica causalidad, y, por lo tanto, la presencia del gen REST activado en esas dos etapas de la vida humana no implica obligatoriamente que su ausencia sea la causa de la enfermedad, sino que puede ser –ni más, ni menos– una de las manifestaciones o síntomas de otra causa realmente generadora de la enfermedad.

Porque, ¿qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Parece que hemos olvidado –paradójicamente en un contexto, el científico, tan darwinista– que el uso desarrolla el órgano y la falta de uso lo atrofia, circunstancia que no extraña en absoluto a un deportista pero que a demasiados neurocientíficos continúa sin encenderles la bombillita que les haga saltar de la bañera como a Arquímedes.

En la investigación publicada en Nature, que recojo de aquí, uno de los investigadores de la Universidad de Harvard, Bruce Yankner explica que “…los ovillos y placas anormales de proteínas asociadas con el Alzheimer y otras patologías neurodegenerativas pueden no ser suficientes para causar la demencia; es posible que además exista un fallo en el sistema de respuesta al estrés del cerebro”. Obvio, porque estos ovillos y placas aparecen en personas cuya función cerebral se está deteriorando o se ha deteriorado completamente, igual que es obvio que toda enfermedad vista desde su lado funcional puede verse también desde otra visión asociada e inseparable: la bioquímica. ¿O puede freírse un huevo sin que se produzcan cambios a nivel bioquímico que un científico pueda detectar? Pues no. Pero correlación entre una consecuencia –el Alzheimer– y los cambios que se producen en otros niveles –los ovillos y placas anormales y el fallo en el sistema de respuesta al estrés del cerebro– de la misma consecuencia sigue sin implicar causalidad, sólo implica eso: correlación.

Quiero decir: ¿será posible contener o revertir el Alzheimer simplemente activando el gen REST, como sugieren esa posibilidad que anuncian? Estoy convencido que de mínimamente, porque en esta enfermedad, como en todas, el fallo es sistémico, de todo el sistema, desde el nivel funcional al bioquímico. Pensemos, por ejemplo de qué serviría operarse de cataratas si uno no está dispuesto a abrir los ojos. ¿Quería el enfermo de Alzheimer y hoy fallecido Adolfo Suárez seguir viviendo tras la traición de buena parte de los políticos españoles y quizá más arriba, continuada por la muerte de su mujer e hija? ¿Para qué iba a querer Suárez su memoria? ¿Para recordar la dolorosa traición o las aún más dolorosas muertes de sus seres más queridos? ¿Fue primero el huevo del Alzheimer o la gallina de su abandono, de su desgana de vivir, de su ánimo insondablemente deprimido?

Del mismo modo que lo hacen las circunstancias que vivimos cotidianamente, a medida que nos hacemos mayores, la oxidación ataca a todas y cada una de nuestras células, una agresión que produce en ellas estrés. Y ya sabemos que estrés no es otra cosa que un exceso de activación, y que tiene como consecuencia –por ejemplo– que nuestros músculos o el mismo corazón se hagan más grandes para prepararse para la próxima agresión que implica el entrenamiento físico. Es decir, que como definió Hans Seyle en el síndrome general de adaptación, ante una agresión a la supervivencia como supone el ejercicio físico, el organismo se hace más fuerte para estar mejor preparado por si se repite la agresión.

Y como cuerpo y mente, o mente y cuerpo, son una unidad inseparable, lo que afecta a uno afecta inevitablemente al otro, de forma que si uno cesa completamente su actividad física, si se vuelve completamente sedentario, pierde capacidad física, grosor muscular, densidad ósea… terminando impedido de moverse porque ha decidido que ya no quiere moverse o las circunstancias le han quitado las ganas de moverse, de interactuar con el mundo. Del mismo modo, si renunciamos a la actividad mental, lo que perdemos es grosor cortical. Los indis que pueblan la corteza no reciben ningún estímulo, ninguna agresión que les exija funcionar, problemas que les atenacen obligándoles a exprimir sus habilidades, mantenerse activos, vivos… y como diría Darwin, se debilitan, se atrofian y mueren. En la enfermedad del Alzheimer, millones de indis sucumben cada día.

alzheimer - Más Allá de la Formación

Y, claro, también van muriendo neuronas, porque no tienen a quien servir de vías o medios de comunicación, igual que se deterioran las carreteras y los postes telefónicos que conectan los pueblos abandonados por sus habitantes.

No es que exista un fallo en la respuesta al estrés: es que no hay estrés. En el cerebro afectado por el Alzheimer también mueren pueblos, porque mueren sus envejecidos habitantes, esos indis que ya no cumplen ninguna función en el ecosistema, a los que nadie ni nada necesita para nada como nadie necesitaba ya a Adolfo Suárez (al contrario, quizá fuera un peligroso estorbo al que convenía aislar), igual que mueren sus vías de comunicación con el exterior. Así murió el ecosistema que se nutría del inmenso Mar de Aral –seco a causa del delirio planificador del genocida Stalin– incluyendo un millón de personas. Un proceso de secado similar al que ocasiona el Alzheimer, desde la periferia hacia el centro como se ve en las imágenes del cerebro sano y con alzheimer. Pensemos también en el ecosistema de Chernóbil, la ciudad fantasma, abandonada por sus habitantes tras el desastre nuclear y hoy prácticamente devorada por la vegetación.

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No dudo de que el gen REST aparezca activado en ancianos con sus facultades mentales en forma, en absoluto; lo que niego es que sea esa activación del gen la que provoque el estado mental saludable igual que el investigador Bruce Yankner niega –como yo– que sean esos ovillos y placas anormales los únicos causantes de la demencia. Y lo que afirmo, en consecuencia, es que la única forma –casualmente no patentable– de evitar el Alzheimer es mantenerse mentalmente activo durante toda la vida, morir con las botas puestas, evitar la dependencia de los hijos y familiares, exigirse mentalmente, someterse a estrés cognitivo matriculándose en una universidad para mayores, estudiar, leer libros técnicos (historia, filosofía, ingeniería…) en lugar de pasatiempos que sólo conducen a ocupar pasivamente los días mientras pasan, evitar la televisión al máximo, hacer ejercicio, participar en política… siempre activamente y con alta exigencia.

Lamentablemente vivimos, como decía el inolvidable Horacio Vázquez Rial, en un mundo sometido a la ideología nacionalsocialista, de culto a la juventud. Pasó la etapa gerontocrática, de prestigio y gobierno de la experiencia, al menosprecio, al aislamiento, a no contar con los mayores ni con sus conocimientos, al abandono de nuestros ancianos padres en almacenes de despojos humanos, llevándoles casi a la fuerza, como a Suárez, a un estado de ánimo deprimido que conduce a demasiados –como otra vez diría Darwin– a su extinción, prematuramente. Estamos matando a quienes nos dieron la vida y todo lo que somos.

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