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Qué es una emoción y qué la razón

laberinto y heurístico - Más Allá de la FormaciónA muchos profesionales en general y a los de la mente en este caso particular, les encanta manejar términos sofisticados para distinguirse, aunque en general ello constituya una evidencia de su incapacidad para comprender –y por tanto para explicar– cómo funciona la mente. Ya hemos hablado en otras entradas acerca del lastre que suponen la psicología, la pedagogía, incluso la filosofía, y ahora el coaching y todo el ejército constructivista new age para comprender el cerebro; aunque la neurociencia se esfuerza en alcanzarles. Y no digamos cuando tratan de obtener más relevancia social utilizando buzzwords como herramienta de marketing. Es el caso del fuzzword emociones.

Créanme que no exagero si afirmo que la práctica totalidad de las personas, profesionales del ramo incluidos, desconocen realmente el significado del término. No me refiero simplemente a lo que dice el Diccionario de la RAE –eso debería estar al alcance de cualquiera, pero me juego un dedo a que ni idea– sino a comprender completamente de qué se trata, de cuáles son sus relaciones con otras categorías de la mente, horizontales, verticales y en red, lo que permite discernir por comparación las características comunes y diferenciales entre unas y otras. Por ejemplo, quien no sabe distinguir entre la realidad llamada compasión y la llamada misericordia, no sabe nada acerca de las emociones, sólo tiene un batiburrillo mental y el mantra buenista en la punta de la lengua, presto a cortar conatos de discrepancia. Hagan la prueba si quieren hacerles pasar un mal trago, nunca falla; ahora, ni sueñen que les harán reflexionar o avergonzarse, pasado un momento de zozobra se recomponen y salen por la tangente magistralmente.

Los profesionales con una titulación mínimamente relevante académicamente –aunque cada vez menos porque los coaches les han comido la tostada hasta que han comprendido que si no puedes con el enemigo quizá convenga unirse valerosamente a él–, psicólogos normalmente, utilizan expresiones metafóricas –de las que carga el diablo– para referirse a algunos asuntos que no comprenden del todo, cultismos como por ejemplo el concepto “Heurístico”.

Un heurístico es un atajo de la mente, un camino más rápido para acceder a algún recurso. ¿Habían oído alguna vez el palabro? El lexema deriva del griego “heur”, y significa seguir, buscar. Con esta etimología podemos comprender que un heurístico de la mente es el camino más corto, sin pérdidas de tiempo y recursos, que sigue la información que recibimos procedente de la realidad hasta determinadas áreas encefálicas para satisfacer una necesidad concreta por medio de la acción. Pues bien, una emoción es un heurístico subconsciente del sistema nervioso, como muchos otros, y entre ellos eso que llamamos razón. Analicemos con más detalle el asunto:

 

La emoción

Para empezar, deberemos desterrar ideas románticas acerca de la emoción, y para contribuir a limpiar de limo (m)emocional el concepto emoción –disculpen la redundancia– y comprenderlo realmente, será necesario abandonar el uso de conceptos metafóricos, imprecisos, vagos, anticuados, desconocidos, susceptibles de ser utilizados para manipular a las personas. Conceptos de alta entropía (la medida del desorden de un sistema) les llaman. Empezaremos pues, eliminando el confuso cultismo heurístico y el igualmente entrópico concepto emoción y sustituyéndolos por uno que hoy en día todos conocemos perfectamente: automatismo.

Qué mejor forma de desromantizar un concepto altamente contaminado, ¿verdad? Es una vacuna infalible, pero a muchas señoras y a más de un señor indigno de tal género no les gustará un pelo, porque automatismo suena a cachivache, a artilugio, a algo metálico, plástico, frío, artificial, cibernético, aséptico, mecánico, electrónico, tecnológico… nada que ver con el emocional emoción, un concepto hameliniano, de los que arrastran masas de críos atrapados por el sonido de su musicalidad. Aunque a algunos casi nos repugna de tan manida y pervertida, emoción suena hermosa, ¿verdad?, y automatismo suena horroroso. Pero marcapasos, fórceps y tomografía axial computerizada también y salvan vidas, vamos a ver si maduramos, señoras y pseudoseñores.

 

 

 

 

Un automatismo es una cosa que desencadena y mantiene ella sola un proceso cuando sus sensores reciben la señal apropiada para que lo haga. Está claro ¿verdad? Pues las emociones son automatismos que se disparan sin participación de la voluntad en cuanto la persona percibe una información concreta. Supongo que ahora entenderán de forma meridianamente clara que mediante esa información concreta somos impulsados intensamente a ejecutar determinada acción coherente. Repasemos la etimología por si las moscas: Ex, el prefijo, significa hacia afuera; movere significa mover, trasladar, impresionar. Por eso, emoción es algo que nos saca, mueve, de nuestro estado habitual, como en física una fuerza. Y una fuerza es algo capaz de deformar un cuerpo o modificar su estado de reposo o movimiento. Ya ven que las leyes de la física son perfectamente aplicables a la mente, para nuevo disgusto de los románticos.

Por lo tanto, y corríjanme si me equivoco, una emoción es algo, una impresión que experimenta el encéfalo, que nos hace movernos (luego inseparable del cuerpo). Algo que, disparado por determinada información entrante al encéfalo, sale desde dentro de nosotros hacia afuera para que actuemos. Una emoción es experimentar el desencadenamiento automático, subconsciente, de un proceso igualmente automático y subconsciente. Y si es subconsciente, es que es ajena a nuestra voluntad, es que mientras la experimentamos no somos dueños de nosotros mismos, a no ser que la cortemos por medio de la razón, por ejemplo porque no sea procedente dejarla explayarse.

Lo terrible es que no sólo el proceso, sino que el propio concepto emoción se ha convertido también en un heurístico ajeno a nuestro control, hasta el punto que cualquier persona hoy en día oye la palabreja y se pone ñoña, por miedo a que le apliquen la sharía new age, o porque flipa convencido de que eliminando infieles irá al paraíso de las cuarenta hurís per cápita. Asocia la palabra emoción, automáticamente, a lo bueno, al bien, de forma prácticamente indefectible. Y sin darse cuenta –por supuesto, eso no lo pone en el manual del perfecto inteligente emocional, donde no hay más que emociones chachis– que hay tantas emociones placenteras como displacenteras, y que placer y bien no son lo mismo ni muchísimo menos, sino que son eventos de categorías diferentes, por lo que no son comparables ni mucho menos asimilables. Por ejemplo, por más que disponga de 1.200 CV usted no podría ir tan rápido con un Bugatti Veyron que con el Ferrari de Fernando Alonso con la mitad de potencia, pero sí muchísimo más cómodo. Velocidad y comodidad no son subcategorías de la misma categoría, sino que pertenecen a categorías diferentes. Placer y bien tampoco, por lo que no pueden compararse; pueden asociarse, pero no con-fundirse.

En tanto que mecanismo automático, subconsciente, y en tanto que desconocemos realmente lo que es una emoción, y en tanto que tenemos la impresión subconsciente de que es algo muy guay, es más que probable que nos estén utilizando como a críos sin ser conscientes de ello, como a los incautos que el flautista sedujo, para forzarnos (fuerza) a hacer algo que no haríamos si nos desvelaran las intenciones ocultas de secuestrarnos la voluntad sibilinamente al son de la dulce palabra, que normalmente son arrimar el ascua a otra sardina mientras la nuestra se queda fría.

Mucho subconsciente suelto ¿verdad? Claro, porque en el cerebro humano, en la mente humana, no existe nada que no sea subconsciente en todo o en su mayor parte, en su práctica totalidad. De hecho, decir “soy consciente de” es una forma de mentirnos relativamente a nosotros mismos, una ilusión. En realidad somos conscientes –es decir, nos damos cuenta– de grandes volúmenes de información agrupada, pero no de volúmenes muchísimo más grandes de información que hay en los sucesivos niveles inferiores, ni de los elementos individuales (indis) de información que se han reclutado automáticamente para dar lugar a una idea. Por poner un ejemplo, ¿Sabe usted cuántos millones de líneas de código en cada nivel sucesivo existen para el simple hecho de ponerse de pie? Tardamos años, miles de sesiones de entrenamiento, en completar ese sencillo –visto desde la perspectiva adulta– programa automático que exige la coordinación inter e intramuscular de cientos de músculos, de decenas o cientos de articulaciones, todos los segmentos corporales, con la visión y el oído interno, más las sensaciones propioceptivas, durante de cientos o miles de ensayos y errores, hasta conseguir un automatismo óptimo… ¡empezando por poner en vertical la cabeza! Del mismo modo, cuando usted experimenta una emoción no es consciente de qué estado suyo es el que posibilita o facilita que surja, ni del proceso desde que surge el estímulo disparador hasta que usted empieza a moverse, ni de por qué se mueve en un sentido y no en otro, ni cuánto va a durar ese impulso de movimiento, ni de qué intensidad será, ni de qué información contienen sus bases de datos sucesivas… hasta el punto de que lo abrumadoramente normal es que no tengamos ni siquiera ni idea de si lo que estamos experimentando es realmente una emoción o es otra cosa diferente.

Vale que no es necesario conocer en cada momento todo ese universo de eventos, sería absurdo y antieconómico; por eso mismo se desencadena un proceso subconsciente –un atajo, un automatismo– y no uno consciente instante a instante y bit a bit. Pero sí que es necesario para poder optar al rango de persona evolucionada que ha superado el nivel animal, conocer qué estados nos colocan en una posición de susceptibilidad a que se desencadene el automatismo, la procedencia o improcedencia de dejarnos mover por una información o estímulo –que una información o estímulo nos muevan como marionetas–, si la información o estímulo es veraz, falsa, o simple malware diseñado para tomar el control de nuestra mente. No, ni exagero ni dramatizo, se lo aseguro; de hecho más de la mitad de la población está infectada de este implacable virus mental, el Ébola emocional, y por ello el mundo está como está.

 

La razón

A pesar de que el afeminado mainstream dominante trate de estigmatizar el término razón por considerarlo frío, calculador, matemático, lógico, machista… ergo según su errada interpretación poco poético por ser fruto del maléfico hemisferio cerebral denoséquéladonifaltaquehace y no del corazón, la razón es una emoción, si entendemos, como hemos visto, que una emoción es algo que nos mueve a hacer algo, algo que desencadena un proceso automático.

¿Se me lían? No me extraña, a veces me lío también yo, porque además de lo mal que escribo, esto de manejarse en medio de este marasmo de realidades y fantasías propio de Matrix es una labor titánica, y más si se intenta –como voy a hacer en este caso– generar parálisis mental por análisis para poner en evidencia lo que Occam habría dicho en este caso: Vale, de acuerdo, la razón es emoción, pero no exactamente; y por la misma regla de tres podríamos decir que la emoción es razón, y que la razón es pasión y la pasión razón y emoción, que la razón es sentimiento y el sentimiento es razón, que el afecto es razón y emoción y sentimiento y pasión, y que la razón es afecto y pasión y aprecio…. Vale, vale, ya paro de liarles la cabeza.

Les aliviará darse cuenta de que es muy fácil comprenderlo, muchísimo más fácil, si tenemos decimos que todos ellos son automatismos, ¿verdad? Muy occamiano. Diferentes automatismos, pero automatismos todos al fin y al cabo. Diferentes pero muy similares –se parecen bastante más entre sí que entre uno cualquiera de ellos y la digestión de los lípidos o el intercambio gaseoso contra gradiente de concentración en los alveolos pulmonares, por poner un par de ejemplos–, todos tienen el mismo, exactamente el mismo, propósito: conseguir que hagamos algo. Con mayor o menor urgencia, intensidad, duración… pero todos los automatismos son sistemas que buscan que hagamos algo, normalmente mantener la homeostasis básica, la supervivencia y los demás niveles de la jerarquía de necesidades de Maslow cuando ha lugar. Sean necesidades reales o ficticias, pero eso es otro cantar.

 

 

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La razón, eso sí, es un automatismo de orden superior, del orden más evolucionado del ser humano, de hecho es El Automatismo Superior. La razón es inseparable de la moral, es producto de ella, es precisamente aquello que tiene la capacidad de dominar, controlar, someter… a las emociones. Es un automatismo, pero menos tosco, burdo, basto, grosero, grueso… que una emoción.

¿Quéeeeee? ¿Que las emociones no son lo más guay y atributo indispensable de las mentes más preclaras del multiverso y la razón una auténtica barbaridad? ¿Que una emoción es algo tosco, burdo, basto, grosero, grueso…? ¡Blasfemia! Pues sí, comparado con la razón, sí. Ahora bien, si comparamos una emoción con un instinto, encontramos que éste es aún más tosco, burdo, basto, grosero, grueso… que aquella. Pero la emoción ni siquiera está en el nivel inmediatamente inferior a la razón, hay automatismos de orden sensible más evolucionados antes de llegar al nivel de la razón. Es decir, que además, las emociones han usurpado un lugar que no les pertenece en la jerarquía de los automatismos mentales, aunque en honor a la verdad hay que decir que en realidad los ha usurpado todos, es decir, ha agrupado en un tosco, burdo, basto, grosero, grueso… cajón de sastre todo lo que existe desde la razón hacia abajo. Y así nos va.

Para tratar de aclararlo por comparación, alguien que no entienda este post se quedará con una sensación concreta después de leer este tostón, una emoción seguramente displacentera, pero no porque yo haya resumido el ladrillo éste con un dibujo tosco, burdo, basto, grosero, grueso… que diga EMOCIÓN = KK, o en un tuit gamberro que diga en 140 caracteres que los que hablan de emociones son bobos de baba; sino porque erradamente, muy erradamente, creerán atacadas su posición, su identidad, a su grupo… es decir, una reacción primaria, más cercana a los instintos que a la razón, aunque en realidad esté tratando de que comprendan con su razón –que es como las meigas, hayla, el caso es dar con ella– algo muy claro para una persona con una mínima preparación específica, pero que se ha enturbiado enormemente, casual o causalmente. Intento activar el antivirus de su cabeza, que es un hábito muy sano de vez en cuando para mantener en buen estado el software que automatiza tareas.

Es decir, que si no somos capaces de ver trocitos de información sino que vemos borrones, manchas toscas, burdas, bastas, groseras, gruesas… de información ininteligible que desencadenan un tumulto en las vísceras, será fácil terminar la lectura abominando automáticamente al autor. Sin embargo, si analizan racionalmente, o sea, tranquila, sosegada, pormenorizadamente, atentamente, elegantemente, pulcramente… a base de pararse a ver trocitos menos… toscos, burdos, bastos, groseros, gruesos… de la realidad, se darán perfecta cuenta de que han sido engañados. La razón es el automatismo que se necesita para leer un documento complejo y desorganizado como este y comprenderlo, la emoción es incapaz de comprender nada, porque no es un automatismo diseñado para comprender nada, sólo para movernos hacia donde quien/lo que la suscita desea que nos movamos. Y la razón, en su posición de vigía supremo, de torre de control, se dará por enterada de ese tumulto en las profundidades toscas, burdas, bastas, groseras, gruesas…. del organismo y organizará la acción si es necesario. O dejará que los automatismos inferiores se hagan cargo de la situación si su contribución no es necesaria.

Por ejemplo, para eso que llaman ponerse en los zapatos de los demás –el pretexto buenista perfecto de los diseminadores del ébola licuacerebros– las personas humanas disponemos de una función denominada comprensión basada en la razón –y en la moral– y también en automatismos más toscos, burdos, bastos, groseros, gruesos… como las emociones. Pero quien decide si esa fuerza va a secuestrar nuestra voluntad y va a hacer que nos movamos hacia el calzado ajeno, o no, es el análisis y comprensión racional de la realidad. Más lento que las emociones, pero igualmente heurístico, igualmente automático. Y precisamente porque la razón es mucho más lenta que los automatismos primarios, entrenamos desde pequeños unos automatismos comunes acerca de qué se puede hacer y qué no, de qué se debe hacer y qué no aunque nos apetezca otra cosa –eso llamado educación– para intentar evitar que a demasiados y con demasiada frecuencia se les duerma la razón y se líen a producir más monstruos que en una peli de zombis.

El secreto de los grandes, de los verdaderamente grandes, es ser críticos por defecto.

 

 

el futuro es POSYTIVE

 

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  1. Jose Ignacio
    18/09/2014 en 13:48

    Muchas gracias por tu artículo Santiago, ¿conoces el libro “Inteligencia Intuitiva”, de Malcolm Gladwell? Podría hablarse aquí de casos de reconocimiento de automatismos procedentes y/o veraces, o complemento benigno de instinto/emoción/razón, o… estaremos ante una confusión terminológica?

    • 18/09/2014 en 22:42

      Gracias a ti por la visita y el comentario.

      No, no conozco el libro, pero me inclino por pensar que efectivamente es una cuestión terminológica, porque le veo todo el sentido a eso de “automatismos procedentes y/o veraces”, no tanto al “complemento benigno”, o es que no lo he entendido bien.

      En resumen, para aclarar mejor mi posición, es que lo que nos diferencia de los animales es únicamente la razón, una especie de torre de control con sus normas (la moral adaptativa, la nuestra) que controla la salida de las acciones, restringiendo o reorganizando los impulsos que intentan despegar (acción).

      Los automatismos procedentes, pasan igualmente el filtro de la torre de control, y si son complejos, se retarda el impulso de salida proporcionalmente a su complejidad hasta que se verifica. Si son simples (miles a lo largo del día), la salida es inmediata, pero sólo porque el proceso de control es casi instantáneo. Hay miles de ejemplos, como digo, pero por citar alguno: saludar, ceder el paso, sonreír, fruncir el ceño, pararse en el semáforo rojo, lavarse los dientes con pasta dental y no con la crema hidratante que está al lado, masticar con la boca cerrada, responder a quien pregunta…

      No obstante, la razón (torre de control) también es un automatismo, especializado precisamente en controlar los automatismos que tiene por debajo. Damasio, que algunas veces da en el clavo, dice que tenemos dos cerebros (dos Yo), y uno de ellos (el racional, el que observa) sólo se encarga de controlar al otro (el animal). Más o menos es así como yo lo veo.

  2. Jose Ignacio
    19/09/2014 en 11:00

    Gracias de nuevo, muy interesante y claro, un abrazo

  3. JF Calderero
    24/11/2014 en 09:25

    Es muy reconfortante oír voces no sometidas al dogmatismo intelectual dominante según el cual determinadas “ocurrencias” de alguien (¡OJO!, qué está en su derecho de opinar) pasan al ámbito mediático y de ahí a la “academia” y la “ciencia”, las cuales acaban convirtiéndolas en “verdad científica”.
    Para no caer en lo que criticamos sugiero que respondamos al menos a estás preguntas:
    ¿Identificamos el cerebro (órgano físico) con la mente o, peor aún, con el “Yo”?
    ¿Cómo se cuenta el nº de “yoes” que somos?
    ¿Cuándo practico la metacognición y observo al yo observador qué otro yo interviene?
    ¿Si la “torre de control” (la razón) es un automatismo, los seres humanos tendrían responsabilidad de sus actos?
    Saludos cordiales,
    JF

    • 24/11/2014 en 15:26

      Hola, JF. Así es la historia del pensamiento, de la filosofía, de la química, de la psicología, de la física… ¿por qué razón no le iba a tocar a la neurociencia? Lo triste es que la mayor parte de las investigaciones neurocientíficas sean manipulaciones de la metodología para confirmar lo que el investigador quería previamente confirmar, y como advertía en esta entrada, especialmente en Science y Nature. Así terminan convirtiéndose en “verdad científica”. Normal, tienen que vender. https://santiagofbarrero.wordpress.com/2011/08/30/corporacin-neuroesttica/

      De todos modos tampoco es tan grave, desesperante a veces sí, pero peor sería el Ministerio de La Verdad de “1984” de Orwell. Por eso el debate en este campo es tan beneficioso como en cualquier otro.

      Tienes razón, hay que tener las cosas claras, por eso yo, después de informarme y pensarlo mucho, sometiendo a la crítica desde los elementos básicos del proceso hasta las conclusiones, identifico la mente como una propiedad emergente de la interacción del sistema nervioso y la persona completa con el contexto. Es importante tenerlo claro, porque en caso contrario uno puede creerse hasta el psicoanálisis y la inteligencia (m)emocional. https://santiagofbarrero.wordpress.com/2013/10/28/la-mente-es-el-resultado-de-un-conjunto-de-procesos/

      Del mismo modo, el “yo” es una propiedad emergente de la mente, con una función particular, igual que el “otro”. Su función es adaptativa, en caso contrario no se habría desarrollado.

      Creo que Damasio y yo lo hacemos pensando acerca de ello, en el sentido funcional de cada uno. La diferencia es que él lo hace utilizando sus investigaciones y después (o antes, no lo sé) y yo no soy investigador. Desde el “Cogito, ergo sum” al menos, se ha hecho así. En su último libro “Y el cerebro creó al hombre”, puedes encontrar sus razonamientos al respecto.

      No sé qué entiendes por “metacognición”. El yo observador se puede observar a sí mismo, es así de listo, el tío. No es algo extraño, por ejemplo, existen softwares, programas informáticos, partes de programas más grandes, que supervisan al propio sistema. El cerebro humano es aún más potente.

      En sentido estricto no. Nadie, excepto el que conoce la verdad, es responsable de sus actos, carece de libre albedrío para elegir opciones, es una marioneta del contexto, actual y pasado. Por eso las penas de cárcel intentan ser reeducación social, pero claro, no se puede hacer una reeducación real, porque se podría acusar a las instituciones de “lavado de cerebros” o “ingeniería social”, por lo que sólo se aparta al delincuente de la sociedad para evitarle daños. El castigo fuera de este ámbito tiene la misma función: evitar que otros sufran las consecuencias de la inmoralidad de unos.

      Gracias por tu visita y el comentario

  1. 07/08/2014 en 09:49
  2. 07/08/2014 en 13:17
  3. 08/11/2014 en 01:44
  4. 08/06/2015 en 18:33

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