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¿Qué es la consciencia y la conciencia? (I)

iceberg

 

Aunque a veces dudo mucho de sus intenciones reales, legiones de científicos de todo el mundo buscan denodadamente encontrar el santo grial de la consciencia, cuestión a priori difícil de responder toda vez que hasta las figuras más insignes de la neurociencia reconocen que no se sabe siquiera qué es la mente. Sin preguntar ni nada, ellos son los que saben de estas cosas y punto; aunque nunca hayan asomado la patita fuera del bosque en el que han permanecido inmersos desde que empezaron la carrera, porque la historia de esa carrera, como la de todas, es una María.

La asignatura de historia de cada carrera se debería estudiar en el último curso, no en el primero. Antes, lo normal es no quedarse con la perspectiva global que sólo puede conseguirse saliendo del bosque y subiendo a una elevación del terreno cercana para comprobar las similitudes y diferencias con el resto del entorno. Pero volvamos al tema que nos ocupa.

En España e Hispanoamérica es especialmente complicado comprender qué es la consciencia debido a la confusión terminológica. Reconozcámoslo, los hispanohablantes tenemos un buen cacao mental entre los conceptos conciencia y consciencia; aunque como sabemos, no todos los neurocientíficos del mundo son españoles, de modo que el idioma tampoco explica el desconocimiento generalizado. De hecho, la confusión también existe en inglés, donde sin embargo existen dos términos muy diferentes para definir prácticamente la misma realidad: consciousness y awareness.

Así que tenemos montado un buen lío que trataremos de aclarar en las siguientes líneas.

 

El lío proviene nada menos que del peor enemigo de Astérix y Obélix: Julio César (Siglo I a.C.). El césar romano es la primera persona de la que se tiene noticia que incorpora al concepto original latino conscius o conocimiento compartido, el final de la siguiente definición:

 

autoconocimiento global de un ser humano, de su existencia, de sus actos y de la relación de sus actos con la moral.

 

Si ya era complicado acotarlo antes, a base de sumarle detalles, el bueno del césar no contribuyó a aclararlo precisamente. Ahora, además del conocimiento global y completo, el concepto consciencia incluye un gusanillo que se dedica a comerle a uno por dentro si se comporta de forma inadecuada, sumando en broma a la notable complejidad semántica una especialidad tan friki como la helmintología (estudio de los vermes o gusanos).

 

 

Como se puede colegir de lo anterior, si aislamos el elemento común eliminando los atributos o cualidades con la Navaja-bisturí de Occam, podremos ver la realidad nítida: que consciencia en realidad se refiere al conocimiento. Así, tal cual, a secas.

Conocimiento que si no se refiere a algún evento en concreto o no se le especifican excepciones es forzosamente (tautológicamente) global y completo y, como tal, no puede sino incluir en su definición toda la globalidad de percepciones humanas, sin excluir ninguna, especialmente la que nos distingue de los animales y las personas animales (que disponen de un conocimiento limitado de la realidad y de sí mismos), convirtiéndonos en humanos, personas humanas: la inteligencia, donde radica la moral, el conocimiento de cuáles son las costumbres (del latín mos, moris) adaptativas –El Bien en términos genéricos– y cuáles las recesivas –El Mal en términos genéricos–, es decir, habilidades convertidas en hábitos, costumbres, que cuando se replican como un fractal dan lugar a la civilización o a la incivilización respectivamente.

Por el camino de la solución, despejaremos también las incógnitas acerca de ambos términos, conciencia y consciencia, por considerar como el DRAE que son exactamente sinónimos, es decir, que significan exactamente lo mismo. No haremos más mención a la diferencia, utilizar el término consciencia o utilizar conciencia es exactamente igual que utilizar yerba por hierba o bocadillo por bocata. Cada uno que lo diga como más le place, aunque en atención a su origen, yo me inclino por consciencia. Y además queda más elegante, menos perezoso.

 

 

Y llegamos a la solución al embrollo, que es muy sencilla, como vamos a comprobar. Si atendiendo a su etimología conciencia y consciencia significan indistintamente conocimiento en términos globales, cuando queramos referirnos a la moral, debemos simplemente especificarlo. Es decir, cuando le dices a una persona que no tiene conciencia o que es un inconsciente, deberíamos ponerle el atributo de moral para concretar el ámbito al que nos referimos, porque en caso contrario contribuimos al embrollo, igual que se desconcentra más a un deportista al que se grita desde lejos –¡Concéntrate! cuando o bien no sabe cómo hacerlo o sólo ha entrenado la concentración en situaciones de bajos riesgo e incertidumbre, en el gimnasio o el laboratorio. Lo más normal es que no sepamos a qué nos referimos y que el que nos escuche otro tanto, por lo que no avanzamos hacia ninguna parte excepto al fracaso, la frustración y el conflicto.

Para que alguien se concentre no es conveniente citar el proceso –la concentración– sino el evento en el que se desea que el aludido se concentre. El ejemplo de Matrix 1 es perfecto. Es la escena en la que Neo ve por primera vez la realidad, entra y sale de Matrix, no comprende nada, niega lo que ha vivido, se rebela contra sus liberadores –algo exasperantemente normal en la vida– y termina perdiendo el control, vomitando, momento en el que Morfeo le ordena con firmeza: –“¡Respira, Neo. Sólo respira!”. Lo mismo sucede cuando se le dice a una persona que está aprendiendo a esquiar o a surfear: –¡No te eches para atrás! Hay que decirle lo contrario, aquello que queremos que haga: –¡Échate hacia delante! Bastante tiene en ese momento como para crearle más problemas debido a nuestro desconocimiento de cómo funciona la mente humana.

Por ello y del mismo modo, en las situaciones en que sea preciso aludir a aspectos morales del comportamiento conviene especificar que se alude a ello concretamente, de forma que el receptor del mensaje entienda a qué nos referimos concretamente y pueda hacer algo concreto con ello. Además, existen los términos amoral e inmoral para facilitar la comprensión, que aunque a algunos pocopensantes les dé repelús mencionar términos con tufillo a sacristía, son los que se refieren a una realidad existente.

Despojemos pues a los términos conciencia y consciencia de cualquier atributo para concluir que ambas palabras significan conocimiento compartido. Y cuando queramos referirnos a algún evento concreto, especifiquémoslo: consciencia moral, consciencia medioambiental, consciencia humana, consciencia de las circunstancias, de las consecuencias, etc., etc. No seamos perezosos si no queremos ser mal entendidos.

 

Antes de terminar, imagino que algún lector avispado se habrá dado cuenta de un fallo en la argumentación, y estará pensando ahora mismo: –Vale, pero ¿conocimiento compartido con qué o quién?

Para no alargarnos, lo dejaremos para el siguiente capítulo, en el que nos adentraremos en los aspectos neurocientíficos de la consciencia desde fuera del bosque.

 

s.e.u.o.

 

Puedes leer la segunda parte pinchando aquí.

 

Relacionados:

– Qué es la consciencia y la conciencia (II)
– La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (1)
– La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (2)
– El pensamiento subconsciente

 

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