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¿Qué es la consciencia? (II)

el yo observador - Más Allá de la Formación

 

Aclarado el significado de los términos, decíamos en la entrada anterior que conciencia y consciencia significan indistintamente conocimiento compartido, y al final advertíamos que seguramente alguien estaría con la mosca detrás de la oreja preguntándose con quién o con qué se compartía. Toca explicarse.

Lo obvio es pensar que el conocimiento se comparte con los demás, y con toda la razón. La historia humana es la historia de la evolución basada en el conocimiento compartido, transmitido en épocas primitivas por medio de sonidos parecidos a los de los animales. Se cree que el primer código era la sílaba “duh”, lo que implica que las variaciones no verbales sobre ella constituían mensajes diferentes, tipo “te quiero”, “te voy a matar” o “sálvese quien pueda”. De aquí al protoindoeuropeo, continuando con el maremágnum llamado indoeuropeo y así hasta más o menos los idiomas que conocemos hoy en día. Salvo el vasco de mi tierra, claro, que como todo el mundo sabe lo inventó el mismísimo Dios, que era del mismo Bilbao.

Desde los orígenes del ser humano, los grandes hitos en la evolución han tenido como desencadenante el conocimiento compartido a través del ejemplo, y a través del lenguaje cuando no se tenía acceso al personaje ejemplar o simplemente se trataba de explicárselo: desde la aparición del lenguaje oral complejo, pasando por el lenguaje gráfico que permitía la transmisión algo más masiva incluso cuando el divulgador había muerto o estaba distante, la escritura, la confesión, la imprenta, el telégrafo, la radio, la TV, hasta el Internet de hoy.

¿La confesión? ¿El tipo éste ha dicho la confesión?

Básicamente, lo que se consigue con el lenguaje y los hitos subsiguientes relacionados con la difusión del conocimiento es reducir la entropía mental, el desorden relativista, esto es, que cada uno piense lo que le dé la real gana acerca de la realidad, incluso que no piense nada, que se limite a juntar palabras sin coherencia discursiva o repita consignas. Y si cada uno piensa lo que le dé la gana acerca de la realidad, si no se respetan los acuerdos básicos, tenemos el conflicto garantizado, porque lo que para uno está bien, para otro puede estar mal, y de ahí llegamos inevitablemente a que si todas las opiniones son respetables, se impone la ley del más fuerte, no la de la razón adaptativa. Como la eucaristía (que paradójicamente suele parecer más un funeral que una acción de gracias, que es su significado literal), la confesión, antes de la aparición de la imprenta, supone el primer proceso estandarizado y tutorizado (no había psicólogos ni coaches) de estructuración individual y social del pensamiento y sus consecuentes actos con base en la idea cristiana del Bien y el Mal (existía antes, lógicamente, los Diálogos de Platón son un buen ejemplo). Es decir, se produce la neguentrópica categorización de las conductas complejas en las dos categorías básicas: Bien/adaptativas y Mal/recesivas. Se puede estar o no de acuerdo en el proceso, y de forma más o menos visceral, pero la evidencia muestra inequívocamente que ha constituido una de las claves de la civilización, y su ausencia todo lo contrario. ¿Evidencia? ¿Inequívocamente?

Sí, rotundamente, y veremos por qué. Cuando leemos un estudio científico, normalmente encontramos unas conclusiones expresadas en términos estadísticos: una población tal, un margen de error cual, unos porcentajes X, una media Y, una correlación entre tal y tal cuestión… Hasta el punto de que con una muestra sesgada (jóvenes a los que se pregunta si prefieren un jefe-mami o un sátrapa) de docena y media de individuos se constituyen dogmas de fe como la inteligencia (m)emocional. Cuando se trata de un metaestudio las cifras suelen ser muy llamativas porque se analizan decenas o cientos de estudios sobre el mismo asunto. Pero cuando verdaderamente quedamos impactados es con esos estudios longitudinales que duran cincuenta o cien años, los más concluyentes para establecer relaciones de causa-efecto.

Inexplicablemente –o sí– muchos científicos actuales pasan por alto estadísticas que afectan durante muchíiiisimo más tiempo y a cuasi infinitamente más personas: las que atañen a las religiones. Del hinduismo y sus derivados podemos extraer la científica conclusión tras más de cuatro mil años de aplicación en miles de millones de personas, de que no cabe duda de que propone una moral recesiva, porque correlaciona altamente con la miseria, el atraso, la animalidad… Por lo mismo, después de un milenio y medio encontramos similares consecuencias en el conocimiento mahometano compartido. El ateísmo comunista y fascista causó más de cien millones de muertos en el siglo pasado y un salvajismo aún hoy constatable. El caso del judeocristianismo es el opuesto, de forma que tras más de dos milenios de conocimiento compartido de sus bases morales (costumbres) nos encontramos con la civilización como resultado. Como podemos comprobar en la siguiente imagen del Informe 2014 de libertad religiosa en el mundo, los países en los que más se persigue y asesina a cristianos son los más atrasados, los más primitivos (curioso el caso del México del PRI y llamativo el de la Cuba castrista y sus satélites hispanoamericanos).

 

 

mapamundi persecución cristianismo - Más Allá de la Formación

 

 

Neurociencia de la consciencia

Sabemos que el encéfalo está compuesto por tres grandes capas evolutivas, correspondiendo la más antigua –filogenética y ontogenéticamente– y más cercana a la médula al Sistema Reptiliano, es decir, la parte del encéfalo que compartimos con los animales menos evolucionados. La siguiente capa hacia arriba y afuera es el Sistema Límbico, asiento de las primarias emociones, pasiones y demás pulsiones de respuesta automática rápida al entorno. Y la última capa, la más externa, la más evolucionada y que nos distingue a grandes rasgos del reino animal, incluso de los mamíferos superiores como simios, perros, delfines, elefantes, etc., es el Córtex o Neocórtex, la corteza cerebral. Tenemos por lo tanto dos grandes capas: el encéfalo humano o moderno por una parte, y el encéfalo animal o primitivo por la otra. Ambos tienen sus funciones claramente definidas, en el primer caso las funciones superiores, y en el segundo las inferiores.

Empezando por el final, las funciones inferiores están relacionadas con las necesidades inmediatas, esto es, carecen de la capacidad de planificación y por lo tanto de previsión de consecuencias futuras. Son las encargadas de provocar fuertes impulsos conductuales, potentes reacciones automáticas (Estímulo –> Reacción), siendo más fuerte el impulso reactivo cuanto más primitiva es la persona, más emocional, más impulsiva o compulsiva, más persona animal que persona humana. Los impulsos más fuertes, los relacionados con la supervivencia (amenazada real o imaginariamente) son difícilmente controlables si no se ha entrenado su contención, por lo que pueden escapar fácilmente al control racional, moral, del neocórtex, o someterlo. Y de esto va la historia.

Si los sociópatas, aprovechándose de ciertas circunstancias, logran que se vea a algo o alguien como amenaza para la propia supervivencia o cualquiera de los escalones de la jerarquía de necesidades, podemos esperar la generación de intensas filias y fobias movilizadoras de comportamientos irracionales, de animales salvajes. Lo curioso es que en las sociedades avanzadas esas necesidades que se perciben amenazadas pueden ser incluso del orden de la autorrealización, el reconocimiento social, la felicidad… mientras que en las primitivas lo normal es que tengan relación con la supervivencia más inmediata, que es lo que ponen en riesgo las primitivas exigencias de vida happy hippy en el mundo civilizado.

Por su parte, las funciones del neocórtex, del córtex prefrontal/orbitofrontal son, grosso modo, de orden planificador y ejecutivo, la torre de control del sistema nervioso humano y sus impulsos. Ninguna acción se desencadena sin que lo permita, por lo que si no está bien entrenado filtra demasiado, o no filtra casi nada, que es lo más normal. ¿Y qué es lo que filtra? Información. Conocimiento. El córtex recibe información del sistema límbico y reptiliano como un controlador aéreo recibe la de pilotos de aviones que desean despegar o aterrizar sin pensar más que en su propio interés. Información, conocimiento compartido. La metáfora aérea es muy clarificadora, pero no suficiente para terminar de comprender las funciones de las diferentes áreas cerebrales –en realidad encefálicas– de forma que permitan a esta generación sobrepasada por la tecnología superar su idiocia generalizada, que diría Einstein, por lo que buscaremos una más actual: precisa y paradójicamente la tecnológica.

 

 

La casquivana guiando a la turba

Ingeniería de la consciencia

A pesar de la opinión de los detractores de la asimilación cerebro-ordenador, la realidad es que el encéfalo humano es un hiperordenador. O mejor dicho, tres; cada uno con sus funciones, como hemos visto. Aproximadamente, el córtex frontotemporal es un hiperordenador que observa y controla a los otros dos; por lo tanto, la consciencia es la visión que el ordenador cortical posee de los otros dos. Pongo la palabra visión en cursiva porque en realidad el cortexordenador no sólo ve, sino que percibe toda la información que proviene de los ordenadores inferiores, incluyendo olores, sabores y sensaciones de todo tipo, además de otros datos abstractos como los números, como si nosotros viéramos en el cine una película de realidad aumentada que nos transmitiera toda esa información. No existe nada más similar al encéfalo que los ordenadores, hasta el punto de que la inteligencia artificial se desarrolla en ellos y gracias a ellos, no en los neumáticos, las centrales nucleares o los sofás-cama.

Quizá más de uno esté pensando a estas alturas que tengo una imaginación algo hipertrofiada, así que recurriré al argumento de autoridad que para la mayoría de neurocientíficos, psicólogos y demás constituye Antonio Damasio, que también habla de tres instancias funcionales encefálicas diferentes, la más evolucionada de las cuales es el yo observador. No llega tan lejos como un servidor debido a su condición de preso del neuronacentrismo, que despreciando a los indis –astrocitos, glía– se incapacita para comprender algo tan obvio como la mente.

Los ordenadores, como el encéfalo, necesitan datos que procesar para dar resultados, y en el encéfalo las bases de datos inteligentes son los indis. Y algo más que meras bases de datos y que meramente inteligentes, porque además de aprender con la experiencia poseen otras cualidades, como desplazarse allí donde son necesarios, realizar cambios químicos en su entorno, construir nuevas neuronas, repararlas… son los habitantes semihumanos del orbe encefálico. Poseen vida propia, su (indi)vidualidad, sus propios intereses, su especialización, su capacidad de decisión… Conocimiento compartido entre ellos.

Cuando los indis de los estratos encefálicos inferiores reciben un input del entorno, comunican a los vecinos o amigos el hallazgo a través de sus propias sinapsis, las neuronas o a viva voz, y cuanto más impactante les resulte el asunto debido a su ignorancia (¿Volver a ser niños?) o un entrenamiento recesivo eficiente, más algarabía –que puede detectarse con un equipo de neuroimagen– organizan, de forma que si el alboroto es muy grande puede sobrepasar el control moral del neocórtex igual que una turba enloquecida o una estampida de animales pueden arrasar con todo.

En caso contrario, si los indis del individuo han entrenado adecuadamente el autocontrol –Imperare sibi maximum imperium est– la torre de control neocortical, comandada por la consciencia y la inteligencia, sopesará racionalmente las consecuencias de sus potenciales actos como un controlador aéreo elige la mejor opción para la eficiencia y la seguridad aérea en lugar de dar el Ok a todas las aeronaves a la vez. En el caso de que el input –conocimiento compartido entre la realidad y los indis– sea más neutro, los estratos inferiores buscarán movilizar al individuo de forma tenue, generando una tendencia, un interés, un objetivo en cuya construcción se ponderen ventajas y desventajas, beneficiados y perjudicados, cortos, medios y largos plazos, de forma que se formalice o se deseche.

En el caso de la torre de control, la moral adaptativa es el entrenamiento intensivo y extensivo en un protocolo –conocimiento compartido con los demás controladores y pilotos– que evita accidentes priorizando las operaciones más urgentes, no las que más molan ni las que buscan la forma en que el avión que uno odia se estrelle. En el caso del córtex, la moral adaptativa es la que evita victorias pírricas, la que busca el mayor beneficio para la mayor cantidad de personas minimizando al máximo los perjuicios.

 

s.e.u.o.

 

Relacionados:

– Qué es la consciencia y la conciencia (I)
– La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (1)
– La Mente Humana y la Inteligencia Artificial (2)
– El pensamiento subconsciente

 

 

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