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Por qué decimos educación cuando queremos decir moral (I)

imageIgual que a base de poner la cacatúa goebbelesiana a funcionar el concepto de amar ha terminado pervertido –urbi et orbi– en primaria emoción, o más allá, en el eufemismo favorito de los que gustan de hablar pseudoalegremente –en realidad con lenguaje similar a una monja– de sus intimidades en público, el concepto educar ha acabado convertido en una perfecta muestra de entropía verbal. Porque ¿alguien sabe qué significa “educar”? ¿Y puede hacer que lo entienda su abuela en un sólo tweet?. Seguramente será ella quien tenga que explicárselo.

Como cualquier otro término de alta entropía, el concepto educar es masa informe, indiferenciado, relleno de ideas pintorescas, trufado de opiniones particulares con ínfulas orteguianas, marinado de visceralidades, sazonado de egos más vacíos que el estómago de Carpanta junto con ansias de poder sobre los demás típicas de personajes inadaptados a la realidad que como reacción a su experiencia de náufragos perdidos sin rumbo ni puertos-objetivos sólidos anhelan, en lugar de amar al prójimo como a uno mismo en el sentido correcto, someter a los demás a la irrealizable fantasía endorfínica en la que consuelan su frustración en los escasos momentos en que el desasosiego afloja su tenaza, escudados –argumentum ad verecundiam o falacia de autoridad– en ideologías que utilizan para diseminar sus pandémicos virus en los más vulnerables: los niños y los mentecatos (mentes presas).

Además de los conceptos amar, democracia, libertad… pocos otros como el de educar han sido más manipulados ideológicamente con las peores intenciones, precisamente debido a esa inconcreción, esa ausencia de acuerdo sobre su significado real, original, etimológico. Y si no hay consenso con respecto a su significado, podemos suponer el que puede existir acerca de lo que implica, de sus mecanismos, sus procedimientos óptimos y objetivos, en una sociedad desarrollada –excepto en lo cognitivo– que confunde un diccionario de uso como el DRAE con el María Moliner o el Corominas. Otro tanto ocurre con los conceptos ética y moral, sin embargo la etimología de éste último es mucho más concreta, más asequible al entendimiento más llano.

Derivado de parábola, el término palabra es un puente inmaterial que une una realidad con el conjunto de signos o fonemas que la designan. Igual que existe un puente visual entre un objeto y el cerebro que lo nombra, como entre el objeto mesa y la palabra mesa, existen puentes entre realidades algo más complejas, que no son objetos sino un procesos, como el citado amar, que requieren más de una línea de palabras para ser definidos porque su definición incluye, en red o en racimo, otros componentes menos evidentes pero relevantes. Curiosamente y sin embargo, otros conceptos aparentan gran complejidad pero no la tienen. Es el caso de la palabra moral.

 

 

 

Mussolini Hitler Fascismo - Más Allá de la Formación

¿Locualo? Pues eso, pamemos.

 

Qué es la moral

Para cualquier mentecato, la expresión moral está indeleblemente impregnada de un carácter rancio, medieval, monjil, pacato, servil, que implica sumisión a las normas impuestas por vaya usted a saber quién o qué y con qué intención. Utilice usted la expresión moral en un mentecatódromo cualquiera y se verá sometido a un fuego cruzado del –igualmente rancio o más– anticristianismo, provistos de la munición habitual: alusiones al fascismo –ideología ateísta inevitablemente totalitaria que a quien define es precisamente a ellos aunque, mentecatos, no lo saben– y al nazismo –el mismo perro con distinto collar–, sin olvidarse de los obuses oxidados del capitalismo, neoultraliberalismo, neoultraconservadurismo… previo paso por las hogueras de la Inquisición que no pueden faltar en el arsenal de cualquier mentecato de afiliación neocom o neofacha, ideologías que comparten ADN como los hermanos Zipi y Zape el de don Pantuflo y doña Jaimita.

Sin embargo, moral es uno de los conceptos más sencillos de explicar y de entender, porque significa lisa y llanamente costumbre. No le dé más vueltas, que cae en la trampa y se lía: moral es igual a costumbre. Punto. Así, cuando uno oye hablar de moral, debe entender que si el emisor sabe de lo que está hablando –que normalmente es mucho suponer– se está refiriendo a conductas, actos, procedimientos de actuación social más o menos complejos con base genética y que se han ido convirtiendo en hábitos a base de repetición, e igualmente a base de repetición y difusión se han convertido en costumbre en los países respectivos. Y aquí viene el problema.

 

 

Zipi y Zape - Más Allá de la Formación

Hacer trampas no es una buena costumbre. Son actos moralmente inaceptables.

Pero como tus papás te dejaban ganar siempre no fuera a ser que te traumatizases… ¿verdad?

 

Cómo engañar a un mentecato

El mentecato, por lo general, denuesta lo propio porque, náufrago, se experimenta perdido, desorientado, desasosegado, desesperanzado… y abomina de quienes se encuentran bien orientados, sosegados, esperanzados porque entienden las cosas importantes cimiento fractal de las menos importantes, las causas y las consecuencias de sus pensamientos y sus actos. Así nos encontramos con personajes de mente presa que odian al Real Madrid, a Fernando Alonso, a Julio Iglesias, a Raphael, el flamenco, e incluso a su propio país… con cualquier peregrina pseudoargumentación que no es más que yuxtaposición de sucesivas consignas administradas por sus conducatores, mientras fuera de nuestras fronteras nuestros VIP son considerados, más que famosos, divinos, igual que se profesa devoción por nuestra Piel de Toro.

Recordemos que eso es justo lo que significa e implica la envidia, virus que infecta a la mitad de la población adulta española, que no puede sufrir su propia vida, pero menos aún y justo por esa causa la contemplación de otros que, no atando los perros con longaniza precisamente, viven satisfechos, capaces de disfrutar de ociosas singladuras pero, terminadas, saben arremangarse para remar y volver a amarrar la nave de sus vidas en tierra firme y abrigada mientras los envidiosos ensayan la táctica del avestruz refugiando su cabeza en los pozos negros de los prototípicos odiadores profesionales del palo de guayominí, la hedionda Tele5 y el resto de bodrios italianos del duopolio televisivo, autonómicos nazionalsocialistas vascos y catalanes, chavistas andaluces, y estatales cuando toca, encargados de la hedukazión de masas, es decir, del entrenamiento moral, de las costumbres, en este país.

El problema, por lo tanto, es que se ha instalado en España una suerte de psicopatológica costumbre –cuya línea de flotación se está encargando afortunadamente de torpedear la reciente y saludable moda del emprendedor– de despreciar el éxito del vecino, porque a uno le deja el autoconcepto a la altura del betún y eso no mola nada, porque mi mamá me dice que soy el más guapo, el más listo y el mejor, y si lo soy yo tú no lo puedes ser. Envidia en estado puro. Psicopatológico porque en lugar de engrandecerle a uno como parte de esa comunidad le lleva al extremo de abominar de lo propio en general, incapaz de disfrutarlo perdido en medio del océano de la nadidad, de la irrelevancia percibida, del desasosiego propio de la desorientación esencial, básica, que se convierten en inestable cimiento de la vida, fuente fractal de todos sus problemas que, en un ejercicio de atribución externa de los fracasos que define el perfil del perdedor positivo, le arroja en brazos de sus verdugos. Los malos son los otros aunque los míos sean el Atila Team. De esos que presumen vanamente de empáticos porque en realidad no simpatizan más que con el resto de Hunos, incapaces de disfrutar del éxito ajeno, sus mentes presas persiguen emponzoñados caramelos de distintos y llamativos sabores y colores que les van colocando en el camino los diferentes führers: Castanedas, Silvas, Dyers, Budas y Maharishis variados, varios Dalai Lamas, Mahomas, Golemans y sus respectivos clones patrios, éstos meros tocadiscos y multicopistas, tan yermos que no aportan nada, ni les da el encéfalo ni para ser originales sino, aprendidos sus catecismos de memorieta, intervienen como actores de reparto de serie B, fieles meapilas a la iglesia redentora del mesías de turno.  

 

 

Chaladuras - Más Allá de la Formación

Luego dicen que soy un borde.

Uno se encuentra en Linkedin a una psicóloga coach de alto rendimiento colgando esta gilipollez mussoliniana y se extrañan de que me cabree.

 

Y así el mentecato muta en estúpido, porque no obtiene más beneficio que la satisfacción de contemplar el mal ajeno mientras se convierte en cómplice de su propia autodestrucción: véase el reciente caso de Venezuela o el de la más irrelevante Grecia, pero otros muchos también, aquí mismo, no hace tanto. Si al otro le va mal es una victoria propia, por no haberme hecho caso a mí, que soy el más listo y quien debiera mandar en toda esta masa de personajes mundanos, sin inteligencia emocional. Pero como no suele ser así, porque por más que te imagines que no tienes que hacer una cola de dos horas para comprar el pan, te la vas a tener que tragar, aunque le echarás la culpa a los que hacen cola para comprarse el último iPhone porque les sale de los mismísimos ahíes, no porque lo necesiten, esos que en lugar de imaginar idioteces de crío tonto, se ponen a pensar y a trabajar para hacer el mundo mejor para todos.

La cuestión es tan obvia, pero aparentemente tan enrevesada, que produce estupor, parálisis por análisis, aunque en realidad es muy sencilla: utilizar la técnica río revuelto que tantas ganancias provee a los pescadores… de besugos. Se trata pues simplemente de enmarañar un concepto, que los filósofos, pedabobos y psicólogos de la intocable casta universitaria, además de los formadores, coaches e inteligentes memocionales, se líen a escribir océanos de tinta sobre algo sencillo para convertirlo en ininteligible, al alcance únicamente –por supuesto, no faltaba más– de privilegiados cerebros de ilustres pensadores tal que el educador de la ciudadanía, aprendiz de Stalin, mente preclara donde las haya J. A. Marina, que son los encargados de decirle a usted qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, qué conductas son correctas y cuáles incorrectas, porque, por supuesto, ellos son las luminarias que indican el camino hacia la evolución y usted, pobre diablo… ni se moleste, que no alcanzará a comprender ni en mil años que viva. Obedezca y punto. A partir de ahora se abre un nuevo y esperanzador horizonte a la humanidad, en el que todos amaremos libremente en un poliamor infinito mientras las nubes derraman generosas el maná sin ningún esfuerzo por nuestra parte excepto, si puede considerarse esfuerzo al embeleso de recibir su doctrina, poner los ojos y las orejas a disposición de sus salvíficas gargantas, porque Cielo ya no hay.

 

 

Continúa en la próxima entrega (si te quedan ganas de volver)

 

@rabiesan

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 11/02/2017 en 23:12

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