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Qué esperar del año 2016 en neurociencia

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  Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

Santiago Ramón y Cajal

 

Desde que el gran Ronald Reagan instaurase en 1990 la “Década del Cerebro”, cuando aún no se había impuesto el término “neurociencia”, poco han cambiado las cosas en el intento de comprender el cerebro. Y cuando años –¡¡¡un cuarto de siglo!!!– después surgen los grandes proyectos estrella, cuya orientación es claramente mejorable (por no decir abiertamente que equivocada de raíz), en los que se han invertido montones de millones, se han empleado montones de neurocientíficos, montones de universidades, de empresas privadas, asociaciones… uno no puede más que preguntarse por qué demonios los neurocientíficos no saben aún cómo funciona el cerebro, ni qué es la consciencia (o la conciencia, que es lo mismo), ni cómo se produce eso que llamamos la mente.

A veces, en plan de broma, me da por pensar que esta ignorancia es producto de una de esas conspiraciones judeomasónicas que en algún momento de la historia parecían constituir el epítome del mal. Occam seguramente diría que no hay ninguna conspiración oculta que trata de hurtarnos el conocimiento del funcionamiento del cerebro y el surgimiento de la mente y la consciencia; más bien diría que las causas de este desconocimiento son más sencillas de lo que parecen. Realmente lo que ocurre es simple: los árboles no dejan ver el bosque, o dicho de otra forma: ¿cómo sabe un pez si está mojado?.

 

¿Qué están haciendo los neurocientíficos?

 

Los peces (la mayoría) no son conscientes de estar mojados porque nunca dejan de estarlo, para ellos la humedad es su estado natural, su mundo, su realidad. La única forma posible de hacerles conscientes de que viven en un mundo más amplio del que conocen consiste en sacarles del agua. Entonces pueden darse cuenta, por comparación, de la diferencia entre estar mojados y estar secos, entre flotar y pesar, entre respirar y ahogarse.

Y a los neurocientíficos les ocurre más o menos lo mismo: la inmensa mayoría de ellos no ha salido nunca del medio líquido, han nacido intelectualmente en un mundo limitado a lo conocido, a lo previamente observado, a los prejuicios (sí, los científicos también tienen prejuicios, como cualquiera, o más, porque se sienten creen respaldados por la ciencia), a lo que afirmaron sus predecesores y opinan sus superiores en jerarquía, prestigio y/o edad.

Todos caminamos a hombros de gigantes, como dirían los filósofos helenos, aunque por lo visto existen gigantes cortos de vista, o al menos profesionalmente anacoretas, voluntariamente o a la fuerza como Hiroo Onoda, el protagonista del brillante álbum Nude de los igualmente brillantes Camel (aunque mi favorita es esta parte de The Snow Goose)

Los proyectos BRAIN y HUMAN BRAIN PROJECT –éste último en la cuerda floja al poco de nacer como ya advertí– han sido propuestos por personas que viven por y para la neurociencia, y que, como cualquiera, seguramente desarrollarán pasiones ajenas a sus profesiones, como el cultivo de rosas en el jardín, coleccionar chismes de Star Wars, ver series en TV o hacer running, más actualmente. Muchos llegarán a alcanzar un excepcional nivel en ellos, porque se adscriben a ellos haciendo uso de su libre albedrío, no son obligados, sino que se adhieren a esas causas motu proprio, por voluntad propia, porque les apetece y disfrutan haciéndolo.

Sin embargo, su profesión –ese océano, ese bosque– les impide pensar libremente, les obliga a pensar en unos términos tan extremadamente reduccionistas como la ciencia misma exige, los sujeta inexorablemente a la falacia de autoridad, fundamento casi único en el pensamiento profesional en las llamadas ciencias blandas y derivadas; y la presión del grupo, porque la disidencia en ciencia se paga muy cara, no sólo porque aboca al ostracismo, sino porque las subvenciones institucionales sólo se conceden a proyectos de investigación que comulguen con la visión de pez que nunca ha salido fuera del agua, incapaz siquiera de evolucionar a anfibio. Y sin subvenciones no se paga la hipoteca. Nunca ha habido una sola Inquisición, sino multitud. Que se lo pregunten a Sócrates.

 

 

El bosque de la neurociencia

 

Ahora dejemos el cerebro un momento y volemos a otro campo científico –infinitamente más serio profesionalmente hablando–, a la física, e imaginemos qué habría ocurrido si Einstein no hubiera salido del agua, si sólo hubiera seguido las rutas descritas por sus predecesores, los personajes influyentes de su época o las subvenciones a la investigación. Probablemente habría sido uno más entre los físicos, y quizá nunca hubiéramos conocido ni sacado partido a sus descubrimientos. Como ya sabrán, Einstein no desarrolló su idea de la Teoría de la Relatividad (que no significa que todo sea relativo ni muchísimo menos, como ya saben; por si algún despistado…) en ningún laboratorio de física, sino en la libertad de su imaginación –ese reducto en el que casi cualquier cosa es posible–, mientras se aburría en su monótono trabajo de la oficina de patentes.

Einstein poseía un background matemático sobresaliente, a pesar de sus fracasos a la hora de adaptarse al statu quo dominante, pero no necesitaba comer de lo que le apasionaba, de aquello que le tenía atrapado, lo que le permitió centrarse en la búsqueda de la belleza, de la perfección, de la verdad, independientemente de las presiones e influencias económicas, políticas, sociales, empresariales, tecnológicas y cualesquiera otras, del momento. Como sabrán, la estrategia del amigo Albert consistía en imaginar situaciones como las que hemos imaginado el resto de los mortales, como por ejemplo qué ocurriría si un ascensor cayera y saltáramos justo antes del impacto contra el suelo, o por qué a veces el tiempo parece transcurrir a una velocidad diferente a la normal, como cuando uno está jugando de niño. Esa curiosidad, que resulta estéril para la mayoría, en su caso apoyada en su background matemático, le permitió parir la genialidad de e=mc2 que el grueso de los mortales no terminamos de comprender en su completa dimensión, mientras sus colegas se perdían en el bosque de lo conocido.

Otro caso llamativo, volviendo al campo de la neurociencia, el Nobel Santiago Ramón y Cajal, era un aficionado al bodybuilding (por entonces no se llamaba así, obviamente), entrenamiento al fin y al cabo, lo que le llevó, dejando volar su imaginación, a imaginar que el cerebro se entrenaba igual que los músculos, razón por la cual podía afirmar con la autoridad que su prestigio le permitía que “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”. Sin ese background deportivo, sin salir del laboratorio a darle vueltas a la cabeza mientras ejercitaba repetitivamente sus hipervascularizados bíceps (observen la foto), seguramente no habría ido más allá que los demás. Aunque las limitaciones de la instrumentación neurocientífica de entonces le impidiera estudiar algo más que las neuronas. Sin su vigoréxica afición, no sabemos cuánto tiempo habría transcurrido hasta que algún científico del cerebro llegara a esa conclusión.

Sin embargo, mi tocayo Ramón y Cajal estaba limitado por la tecnología de su época, y también por las peculiaridades del sistema visual humano. Es decir, que para conocer la actividad de una ciudad industrial es más fácil poner un contador de vehículos pesados a la entrada y a la salida de un tramo de carretera que parar uno por uno a todos los vehículos que circulan para preguntarles por su origen, destino y motivo del viaje.

 

 

Cómo empezar a comprender por qué no comprenden la mente

 

Es obvio que los vehículos pesados que entran y salen de la ciudad están relacionados con su actividad industrial, pero no todos; ni todos los vehículos ligeros que circulan por el tramo son vehículos particulares de residentes.

Esto significa que conociendo la actividad de la ruta podemos conocer la actividad de la ruta, pero no la actividad de cada uno de los vehículos para los cuales esa ruta se ha construido. Es decir ¿fue antes el huevo o la gallina? ¿Es antes la necesidad de comunicación que la carretera? ¿O es antes la carretera que la necesidad de comunicación? ¿La carretera hace la industria o es la industria la que hace la carretera? Y más allá: ¿son las personas que crean la industria quienes demandan la construcción de la carretera o es al revés?

Obviamente, en la mayoría de los casos exceptuando proyectos urbanísticos fallidos como Brasilia, son las necesidades de comunicación y transporte de las personas lo que crea las rutas de transporte, no al revés. Las personas. Y en el sistema nervioso humano ocurre algo similar. Sin embargo, Ramón y Cajal y sus continuadores, limitados por lo obvio, centraron sus esfuerzos en conocer la actividad de las rutas de comunicación nerviosa, las neuronas, porque no podían hacer otra cosa. Una neurona es una célula grande, que en el caso humano puede alcanzar el metro y medio de longitud, mientras que una célula glial, un astrocito o indi, mide micras, aunque puede llegar como máximo a 20 milímetros si tenemos en cuenta sus tentáculos dendríticos, y hay entre 3 y 50 indis por cada neurona.

El médico de Petilla de Aragón empezó por donde podía empezar, por las neuronas, porque son más fáciles de localizar y manipular, probando a introducir un vehículo (una corriente eléctrica) en un extremo de la ruta neuronal para comprobar si, efectivamente, salía por el extremo opuesto. Y lo comprobó. Constató lo obvio, lo que ya se sabía, pero a partir de entonces con la precisión que exige el método científico. Lo curioso es que ya haya transcurrido alrededor de un siglo –Cajal terminó su misión en La Tierra en 1934– y sigamos buscando hacer el mapa de las carreteras del sistema nervioso cuando Google Maps ya se ha inventado, sin darnos cuenta de que lo importante no son las carreteras, sino las personas, que las construimos y utilizamos. Google Maps puede decirnos, incluso, cuántos vehículos están circulando por la misma vía que nosotros, pero no puede (todavía) decirnos si son del Atleti, del Dépor o del Madrid. No sé si me siguen.

Se lo voy a poner más fácil. ¿Cómo sabemos si los vehículos que circulan por las inmediaciones del Polígono Marconi de Madrid se dirigen a las industrias radicadas en esa zona del sur de la ciudad o a satisfacer otras necesidades, digamos, más ociosas? Observando lo que hace cada uno de ellos. No las calles, sino cada uno de los vehículos, cada una de las personas que viaja en cada vehículo.

 

 

Y si me han seguido hasta aquí, podrán coincidir conmigo en que, si en un siglo no hemos avanzado apenas nada en el campo de la neurociencia, más allá de hacer fotografías progresivamente más vistosas a la red de comunicación neuronal –el conectoma cerebral– quizá convenga salir del agua de una vez, poner el foco en otros objetivos, y ver si por ahí logramos algo. Por ejemplo, párense un momento a pensar: ¿Qué es lo que conecta el “conectoma”? ¿A sí mismo consigo mismo? Va a ser que no, porque ¿las carreteras y calles se conectan a sí mismas, o son los medios que los humanos construimos para conectarnos entre nosotros? Ya conocen mi propuesta: centrar la atención en los indis –los astrocitos, la glía, las Brain Balls–, que son los habitantes cerebrales (y del resto del organismo, ojo) cuyas necesidades vitales demandan la construcción de esas vías de comunicación que llamamos neuronas.

O ser aún más radicales y aceptar que ni por ese camino se logrará actuar eficientemente sobre el alzheimer, la demencia, la depresión, el TDA y TDAH, los TOC, ni ninguna otra enfermedad mental. Porque como decía el ilustre Premio Nobel aragonés, el cerebro puede esculpirse como el cuerpo, sí, pero hay que querer y tomarse las molestias de entrenarlo como se entrenan los bíceps. Olvídese de una pastilla, una lucecita, o un chisme implantado en su cerebro.

En resumen: o se cambia radicalmente el enfoque de la investigación y la tecnología neurocientífica, o en este 2016 sólo conseguiremos fotos más bonitas del cerebro y su conectoma. Y lo más probable es que mientras los neurocientíficos trabajen en aquello que les garantiza comer todos los días y dediquen su tiempo libre al running o a ver series, mientras no conviertan en pasión sincera la comprensión del funcionamiento del cerebro, en anhelo de búsqueda sincera de la realidad de la mente, sin limitarse a mantenerse mojados porque así están a gusto, seguirán pareciendo besugos cuando afirman, curiosamente para darse importancia, que el cerebro es tan complejo que nadie tiene ni idea de cómo funciona la mente.

Pero cuidado, porque si dices lo contrario, ya sabes… lo mismo acabas en la hoguera.

 

 

 

 

 

 

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