Inicio > Empresa, Neurociencia, Tecnología > Por qué no existe aún Inteligencia Artificial

Por qué no existe aún Inteligencia Artificial

.

.Resultado de imagen de tuit racista de microsoft

¿Por qué no disponemos todavía de una Inteligencia Artificial a la altura de las expectativas? ¿Porque no interesa lograrla o porque no se sabe cómo?

Si la razón es la primera, de acuerdo, podemos aceptar que conviene que muchas mentes, muchos presupuestos, dependen de que se siga trabajando en la IA aunque no se avance demasiado, porque mientras sigan generándose intereses a través del ruido mediático se crean y mantienen puestos de trabajo, inversiones, riqueza. Y así hasta el siguiente buzzword que sea capaz tomar el relevo para mantener en movimiento la economía.

Para comprender mejor la posibilidad, por comparación, de que la causa sea la ignorancia, pensemos, por ejemplo, en los combates de boxeo: los boxeadores se cuidan muy mucho de hacer KO’s en el primer asalto, porque acortar el espectáculo reduce las posibilidades de exhibir la publicidad que sufraga los eventos, sus inversiones y empleos. Lo que hace ricos a los púgiles. Esto es tan así hoy en día que, si recordamos la batalla Pacquiao-Mayweather, recordaremos también que la mayor parte de los espectadores quedamos insatisfechos por la baja combatividad de los luchadores, más ocupados de llegar al último round que de lograr noquear al adversario.

Este tipo de estrategia puede resultar ser pan para hoy y hambre para mañana, porque el público huye de este tipo de espectáculos o se gasta menos dinero en ellos, lo que significa que hay menos empresas que inviertan en los espacios publicitarios que albergan. Pero también es cierto que puede ser que un día cualquiera, digamos si no creemos en las casualidades que causualmente, se produzca un combate épico que concite el interés del mundo entero, y el coste de anunciarse aumente porque aumente coherentemente la demanda de espacios publicitarios. Así que no es prudente despreciarla completamente.

 

.

La otra opción, la de que la causa de los intentos fallidos de lograr que la Inteligencia Artificial alcance niveles humanos estribe en el desconocimiento del significado real del concepto inteligencia, y de los cómos, los procedimientos apdecuados para lograrlo, tampoco es desdeñable ni incompatible con la anterior.

El desconocimiento del funcionamiento del cerebro es una de los principales brumas que enturbia la visión clara en el propósito de lograr una IA que permita la construcción de bots que, más allá de seguirte una conversación perfectamente irrelevante para superar el Test de Touring, sean capaces de convertirse en fiables asesores personales aptos para equipar el universo de dispositivos, aparatos, vehículos… conectados que predice el movimiento Internet of Things (IoT) o el más osado Internet of Everything (IoE), y por supuesto nuestros ordenadores y smartphones.

Y de este desconocimiento se deriva la incapacidad de avanzar en el plano más técnico, el de los ingenieros en computación y científicos de datos de los campos de moda: Big Data, Deep Learning, Cognitive Computation, Human Computation… y los más antiguos Data Minning, Fuzzy Logic… cuya riqueza fundamental no son sus propios conocimientos y procedimientos, poco exitosos hasta el momento (y empezamos en el segundo cuarto del siglo pasado), sino la ingente cantidad de datos que manejan.

Pero el tamaño del Big Data -o la capacidad de computación- parece no ser un buen predictor del éxito en el desarrollo de la IA. Como recordarán algunos, hace unos diez o doce años AT&T poseía la Base de Datos (aún no se llamaba Big Data) lingüística más grande del mundo. Creada a partir de millones de usuarios utilizando su motor TTS (Text-To-Speech) para leer textos con diferentes voces sintéticas para divertirse como ahora se usan apps que deforman las caras de las fotos que hacemos, era una colección informe -no estructurada- de datos de la cual no se podía extraer -visto lo visto- demasiada utilidad.  Refrescaremos también la memoria de más de uno recuperando al Dr. Abuse, un precursor de Alice, Siri o Cortana, que además de contar chistes, era capaz de entablar algo parecido a conversaciones con una especie de monje zen virtual cuyas respuestas tipo koan estimulaban la reflexión personal, o el estéril, cuando no pernicioso en la mayoría de los casos, ejercicio del circular onanismo mental, más o menos lo que ocurre ahora con sus descendientes, los coachbots mencionados.

Ya en el presente, nos encontramos que los grandes como Google-TensorFlow, Microsoft, etc. están abriendo sus enormes Big Data, formidables sistemas de computación y avanzadísimas herramientas de desarrollo al uso libre por parte de empresas e instituciones, lo que parece que confirma, sin manifestarlo abiertamente, es que su problema es la incapacidad de sus enormes estructuras, dotadas con los mejores presupuestos y profesionales, para lograrlo. Así, su desinteresada cesión de potencia parece que tiene gato encerrado: no saben, y esperan que uniendo muchas más cabezas al final sean capaces de saber, o al menos de aportar un poco de estructura a sus entrópicos océanos de datos.

Desde este punto de vista, el problema de la IA tiene sus cimientos en la explicación basada en la ignorancia, unida al cortoplacismo y su derivada incapacidad de adoptar una actitud dramáticamente diferente -aquello del “cambio”- por miedo al terremoto que se produciría en la confianza de los inversores y demás stakeholders. Pretender aprovechar los Big Data y superordenadores existentes para lograr la IA es la más clara constatación de ese cortoplacismo; no hay algoritmo capaz de hacerlo, ni lo va a haber. ¿Y por qué no?

Si nos paramos a pensar en el desarrollo de la inteligencia humana, en la que se debería inspirar el desarrollo de la artificial, tenemos que observar a los bebés, en cómo van adquiriendo sus habilidades partiendo desde sus predisposiciones genéticas más básicas. Porque no nacemos llenos de datos para saber interpretar las fórmulas de Einstein, el pensamiento de Platón… y evidentemente tampoco el funcionamiento de la mente y la Inteligencia Artificial. Los seres humanos empezamos a construir la Inteligencia y las diferentes habilidades desde la base.

Por ejemplo, la capacidad humana de ponerse en pie parte de la predisposición a la verticalidad por la configuración del oido interno, visión y las áreas cerebrales asociadas correspondientes, a lo que se suma la presión de la verticalidad del entorno que sirve de modelo, impulsando todas juntas al bebé a querer levantar la cabeza, a repetirlo incansablemente con infinitas variaciones que van configurando algo que, aunque parezca simple porque lo hacemos sin pensar, es enormemente complejo. Explicar cómo una persona adulta logra caminar viéndola hacerlo -como pretende la IA actual- es casi garantía de elucubrar sin fin para terminar sin comprender nada. ¿Hacemos una prueba?

Vamos a ver un ejemplo de cómo un planteamiento erróneo hace perder de vista la realidad: ¿Cómo cree usted, persona dotada de inteligencia y conocimiento, que hacemos para caminar o correr? ¿Poniendo un pie delante del otro? ¿Girando los hombros o la pelvis? Pues se equivoca, (para comprobar si ha acertado pase el ratón con el botón pulsado como para seleccionar texto por el espacio aparentemente vacío a continuación) caminamos desequilibrando el cuerpo hacia adelante. Intente caminar de ambas formas, haga la prueba con sus allegados, y comprobará cómo la mayoría de la gente está equivocada al respecto. ¿Por qué? Porque trata de explicar un fenómeno complejo desde la complejidad, en lugar de hacerlo desde la simplicidad, desde sus componentes más básicos. Lo que uno ve a simple vista es que cuando caminamos colocamos un pie delante de otro, sin pensar que ésto es consecuencia, no causa.

Para desarrollar la IA hay que pararse igualmente a descubrir las causas y estructuras profundas del pensamiento humano, y a partir de ello estructurar adecuadamente un Big Data en vacío, desde lo más simple a lo más complejo, y después poner a miles o millones de personas a alimentarlo. Así podremos -al menos es nuestro propósito- construir una IA decente, que no resulte un fiasco, en un holgado plazo de cinco años. Cinco años o nunca, he ahí la que, desde mi punto de vista, es la cuestión.

Ahora bien, quienes compitan en la carrera global de la IA tendrán que utilizar incentivos muy poderosos para que la gente entregue graciosamente su tiempo a una tarea que ni le va ni le viene, de la que se van a beneficiar sólo “los de siempre”, las grandes corporaciones, que nos venderán posteriormente un producto que nosotros mismos hemos ayudado a desarrollar. Y no creo que haya mucha gente dispuesta a ello. Yo, desde luego, no. La cuestión es, por lo tanto, matar varios pájaros de un tiro, quizá la más grande disrupción tecnológica que van a contemplar nuestros ojos en un futuro próximo, y construir una Inteligencia Artificial mientras desarrollamos nuestra propia Inteligencia Humana para mejorar nuestras vidas individuales y colectivas. Ahí está la clave del asunto.

 

 

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: