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Qué es la Inteligencia -Artificial-

la palabra agua no quita la sed

Lo primero en lo que debemos detenernos al hablar de Inteligencia, es en que existe una confusión generalizada acerca del significado del concepto. Para la mayoría de las personas, incluso para los diccionarios de uso (véalo en la RAE), el concepto Inteligencia es una mezcla de casi todas las cualidades cognitivas positivas, que se sitúa en el desconocido territorio delimitado por el cuerpo material por un lado, y el espíritu inmaterial por el otro. Para la mayoría es un concepto abstracto y, como tal, aporta poco al conocimiento de su significado y comprensión; hasta el punto de que, paradójicamente, la palabra Inteligencia se ha convertido en uno de los campeones en la lista de términos de alta entropía, junto con amar, arte, libertad, verdad, realidad… Palabras confusas porque las realidades a las que daban nombre originalmente (en griego o latín procedentes del indoeuropeo) ya no se distinguen con claridad cuando se usan cotidianamente, cada uno cree que es una cosa diferente, y su opinión va a misa. Podríamos decir, a modo de chiste inteligente: Es necesaria mucha inteligencia para comprender el concepto Inteligencia.

Esta indefinición que sufre (porque la sufre, el pobre) el concepto Inteligencia aplicable a los seres humanos se contagia lógicamente a todo, incluyendo la tecnología: si no somos capaces de definir, de hacernos una idea nítida en la cabeza de lo que es la Inteligencia Humana, ¿cómo íbamos a comprender lo que significa la Inteligencia Artificial? Imposible. Es como pretender conocer el color azul verdoso sin conocer el azul. Y así están las cosas actualmente en el mundo tecnológico y en el neurocientífico. Y en la calle, pero la gente normal como nosotros tiene menos culpa, los culpables son los expertos.

Así, como en la típica –por habitual- estrategia humana de huir hacia delante, pasando de puntillas por la superficie conceptual de la realidad, uno mira hacia otro lado para que no se note que no comprende el significado de algo, pero como suena bien a los oídos y hace que uno parezca más culto de lo que es, lo repite con cierta frecuencia y autosatisfacción, saltando al siguiente nivel, que consiste en pasar a explicar híbridos del concepto junto con otros conceptos, embarullándolo más aún, o simplemente renunciando a definirlo: Es lo que yo diga, y punto.

Sin embargo, podemos estar tranquilos, porque el concepto Inteligencia no tiene nada de entrópico, al contrario, es muy claro y sencillo, como le gustaría a Occam. Y es justo esta simplicidad lo que nos permite solucionar algunos de los problemas que derivan de su desconocimiento, como veremos a continuación.

Qué es la inteligencia humana

Inteligencia no es cultura, ni conocimiento, ni experiencia. Ni tampoco una persona lista, o hábil, o experta es necesariamente inteligente, sino… lista o hábil en algo concreto. Es sencillo de entender: una persona avispada, astuta, sagaz, hábil, experta o lista (que teóricamente son sinónimos de inteligencia) puede ser muy hábil en su desempeño particular, que puede ser desde robar, a asesinar pasando por manipular, engañar… Habrá quien piense que los mayores tiranos y genocidas de la historia, Stalin, Mao, Pol Pot, Castro, junto con sus secuaces actuales y pretéritos (nosotros pondremos todo el empeño en que no haya futuros) son ejemplos de personas inteligentes aunque malvadas, pero esto constituye un grave error: son hábiles, pero hábiles haciendo el mal. Si fueran inteligentes, serían igualmente hábiles, pero en hacer el bien. ¿Se me ha quedado boquiabierto el lector?

Inteligenciay para definir esta realidad concreta existe este término concreto–, es la capacidad o habilidad de discriminar entre el Bien y el Mal. Genéricamente hablando, claro, porque si especificamos un ámbito cualquiera, inteligencia sería la capacidad de elegir, entre las alternativas de ese ámbito determinado, la mejor, la correcta, o la buena, siempre teniendo como referencia la moral (al fin y al cabo, moral no es otra cosa que costumbre) del mundo civilizado. Nótese que no he dicho la perfecta, porque eso no existe.

(Por esta razón, aunque no me detendré en ampliar el razonamiento ahora, la Teoría de las Inteligencias Múltiples es un dañino error conceptual, como ya están señalando algunos expertos. Inteligencia sólo hay una, lo que son múltiples son los contextos en los que se desenvuelve el ser humano y en los que trata de aplicar la inteligencia. Y lo mismo hay que decir sobre su tontito vástago: la inteligencia emocional)

Ahora bien, no todo es tan sencillo, porque seguramente conocerá usted a alguien que piensa que “bueno” y “malo”, “Bien” y “Mal”, son conceptos relativos. Pues bien, lo más probable es que ese alguien esté pensando en lo que desea o planea hacer, o lo que hace, o incluso lo que hizo. Lo menos probable es que esté pensando en defender que otros piensen lo mismo pero en sentido inverso. Ya me entienden. El mundo está lleno de habilísimos totalitarios y sus seguidores, ávidos de someterle a usted a sus relativistas ideas sobre el Bien y el Mal, pero no a aceptar las suyas, ni siquiera a un acuerdo que implique la cesión por ambas partes en algún punto. Para los relativistas, el relativismo siempre es unidireccional: debe ser desde ellos hacia los demás, nunca al contrario. Fíjense en lema del “autobús ateo” del inteligente Dawkins para salir de dudas (curiosidad: las autoridades les obligaron a incluir el término “probablemente”, no lo incluyeron motu proprio). Advierto que el subtítulo del lema de la foto es mío, obviamente, por si algún despistado no lo pilla.

https://santiagofbarrero.files.wordpress.com/2012/04/autobus-ateo.png?w=505&h=589

En resumen, inteligencia humana es, pues, justo lo opuesto al Mal. Una persona es inteligente cuando obra adecuadamente, rigiéndose por el Bien. Por lo que realmente es el Bien. Si sus conductas son inspiradas por el Mal –por lo que realmente es el Mal–, no puede ser inteligente.

Y como en el caso de los cacharros inteligentes, aunque a efectos legales el ignorante de la verdad sea responsable de las consecuencias de sus palabras, sus actos, y sus omisiones, quien carece de inteligencia carece igualmente de la capacidad de responder a sus compromisos, de respetar los derechos ajenos, la vida ajena, la libertad ajena. Y por eso, por incapaces, por impotentes, no los respetan. Esa libertad de albedrío es lo que nos distingue a las personas de los animales.

Qué es la inteligencia artificial

Suena muy bonito, sí, pero lo que se conoce comúnmente como Inteligencia Artificial (I.A. o A.I.) no es tal, ni mucho menos. El término que puede designar la realidad real de este invento moderno es habilidad (incluso, si quieren enredar el tema, competencia). Habilidad de ciertas máquinas para desarrollar ciertas tareas técnicas complejas, incluso mejor que las personas. Pero sólo algunas, no se le vaya a ocurrir a usted preguntar a su flamante Tesla si debe atropellar a una persona o evitarlo estrellándose con usted dentro contra el semáforo. Porque no puede asumir tal responsabilidad humana y las consecuencias derivadas de ella. ¿O vamos a meter en la cárcel a un automóvil por atropellar a alguien con él?

Los problemas surgidos en algún coche autónomo, como el célebre primer accidente mortal del Tesla, ejemplifican perfectamente la situación en la que se halla este nicho tecnológico: un coche inteligente posee ciertas habilidades, pero es incapaz de inferir la corrección o incorrección de una acción no prevista en la programación de su software. Por eso, el responsable de la muerte en el accidente es el conductor (o el fabricante, o el responsable de la programación…), no la máquina, porque la máquina no es inteligente, no sabe inferir, lo cual implica que quien se sienta (de sentar) tras el volante es el responsable de lo que ocurra, por lo que debe mantener la vigilancia en todo momento. Y así ocurrirá con todas las presuntas máquinas inteligentes.

Resultado de imagen de primer accidente mortal de tesla

La diferencia esencial es que una persona adulta inteligente (hablo del individuo inteligente occidental u occidentalizado) es capaz de inferir, comparando similitudes y diferencias entre realidades a las que no ha sido expuesta previamente, y así, en un contexto humano concreto, determinar lo que es correcto y lo que no lo es; pero una máquina no. Y nunca jamás (no exagero) será capaz de lograrlo, porque la única forma de lograr una inteligencia artificial similar a la humana en cuanto al número de ámbitos –los humanamente posibles– en los que es capaz de desplegarla, es fabricar un ser humano artificialmente; y afortunadamente eso no va a ocurrir. Mientras dura el estéril empeño, aunque un ejército de expertos entrene a una máquina intensivamente, nunca experimentará todas las vivencias humanas necesarias para convertirse en adulto inteligente. Ni con toda la artillería de Google, Microsoft, Amazon… juntos.

Ergo, si una máquina no puede poseer todo el background de un ser humano adulto (responsable de sus actos) e inteligente, es imposible que sea inteligente, como no lo ha sido el Tesla. Un artilugio podrá ser (ya es) muchísimo más hábil que el más hábil ser humano en ciertas cuestiones –los coachbots que vamos a desarrollar van a ser mucho más hábiles que un ejército de expertos coaches y psicólogos humanos en algunas tareas– pero no en la totalidad, no poseerá la capacidad de discriminar entre lo correcto y lo incorrecto en toda circunstancia humana, razón por la cual no es responsable de sus actos u omisiones.

Por más sofisticados algoritmos de deep learning o machine learning que se implementen en los más enormes big data que existen, una máquina siempre padecerá lagunas de experiencia, ergo de conocimiento. La máquina especializada en reconocer objetos, carecerá de capacidad de reconocer temperaturas, o texturas, o pesos, o sonidos, y viceversa. Sólo un ser humano tiene ojos, nariz, oídos, boca, piel… interconectados en el cerebro. Sólo un ser humano se relaciona humanamente con otros seres humanos y el resto de la creación y los artificios humanos.

Una máquina puede descubrir si usted está deprimido o animado mediante un software y una webcam, o mediante el cronometraje de las pulsaciones en el teclado de su ordenador o smartphone, incluso a través de los colores que utiliza o las palabras que escribe o pronuncia. Pero hoy por hoy, donde una persona puede elegir qué hacer, si decirle unas palabras de ánimo, leerle un poema, ponerle un vídeo, recomendarle a su coach o darle una palmadita en la espalda, una máquina no es capaz de inferir la respuesta adecuada. Vale, estoy suponiendo que alguna de esas acciones humanas es adecuada, lo que es mucho decir.

Por eso, como es demasiado generoso pensar que la respuesta humana –hoy por hoy– a la demanda de una persona con el ánimo deprimido, vamos a construir máquinas virtuales que sabrán qué hacer ante los síntomas de una depresión del ánimo en usuario.

Eso sí, por más expertas que sean en eliminar depresiones del ánimo, no sabrán si lo correcto es dejar hervir un minuto más el huevo que queremos desayunar. Simplemente a cada input responderán con el output apropiado, pero dentro de ámbitos muy concretos. Y si pretendemos –infructuosamente– construir una máquina capaz de hacerlo todo, incluso decirnos cuánto tiempo cocer un huevo, volveremos a toparnos con la tozuda realidad: es imposible. Sólo una máquina humana puede hacerlo.

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