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¿Nos convertirá en clones la Inteligencia Artificial? (2)

Después de haber repasado en la entrada anterior algunas razones por las que la ciencia afirma que la respuesta a la pregunta que plantea el título es negativa, y que podemos resumir con la frase del casi siempre genial Antonio Escohotado: los sistemas complejos tienen vida propia, vamos a seguir explicándonos desde otros puntos de vista el porqué la Inteligencia Artificial no puede convertirnos en clones.

 

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Conflictos de intereses

 

Las sociedades libres se caracterizan por la posibilidad de que todos los miembros individuales que las componen gocen de la libertad, la posibilidad legalmente protegida, de alcanzar sus metas vitales. Posibilidad no es obligación, obviamente, la libertad para el logro de las metas personales es un derecho, lo que no significa, excepto en casos de discutible discriminación positiva, que la sociedad esté obligada a conceder a cada cual sus caprichos. Las metas hay que pelearlas, la competitividad es un requisito esencial de la libertad para ser mejor o peor, tener más o menos lo-que-sea que alguien en el ámbito que sea, si a uno le da la real gana y haciéndolo no vulnera las reglas: que otro te gane o tenga más que tú, si le da la real gana también.

Y como normalmente suele haber más de una persona que desea ocupar un lugar concreto en la sociedad y/o poseer más lo-que-sea, surge el conflicto de intereses de las personas que lo desean. No puede ganar todo el mundo, lógicamente.

La competitividad es natural, consustancial a la evolución darwinista o diseñada, una competitividad sólo regulada por las leyes morales adaptativas que, en algunos casos desafortunados como la burbuja inmobiliaria, no estaban entre las soft skills de ciertos profesionales y empresas financieras, con las consecuencias negativas que, por haberlas sufrido, todos conocemos bien.

En esta moralmente legítima y por lo tanto adaptativa competitividad de carácter deportivo pero sin chándal, sólo puede haber un ganador de la medalla de oro, mientras que los demás deben contentarse con el resto de metales, los diplomas, o la última posición, en función de su rendimiento y unos instrumentos de medida iguales para todos. Son las mismas reglas para todos y a las que todos deben someterse voluntariamente, libremente, para poder participar en la competición y optar a los premios.

 

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Pongamos un ejemplo para verlo más claro. En el caso individual, imagínese (ya ha ocurrido) que la estrella de un gran equipo de fútbol va a competir con el modesto equipo en el que se formó de niño hasta que fue fichado por el primero. La estrella intentará no humillar al equipo de su niñez, reduciendo su rendimiento, lo que puede significar un problema al final de la temporada porque quedan muchos partidos aún, y aunque por el momento las diferencias entre los puestos de cabeza son muy abultadas, ninguno es matemáticamente el ganador. ¿Qué haría usted? Dudar, como casi todos, claro, y mucho.

O pongamos el caso de un médico que se debate entre prescribir el mejor tratamiento a un paciente, o cumplir la directiva del hospital –el que le paga la nómina todos los meses– que le obliga a un tratamiento menos eficiente pero desarrollado con un costoso instrumental cuyo coste aún no se ha amortizado. Ya tenemos montada la escala de grises para complicar la decisión. ¿Dudaría usted o no?

 

 

El sesgo de la circunstancia. Nature or Nurture

 

En el hipotético caso de que todos los seres humanos del futuro fueran clones del mismo personaje o impersonaje perfecto, lo normal es pensar que todos cruzarían la línea de meta simultáneamente; pero como sabemos, esto no puede ocurrir, porque ninguno de los contendientes habría tenido una experiencia similar a los demás, por ejemplo, uno estaría más cansado porque habría viajado en avión durante varias horas, el otro se habría dado un golpe en el dedo meñique del pie derecho con el quicio de la puerta al levantarse por la noche, medio dormido, al baño de su habitación en el hotel; al otro no le habría sentado del todo bien el desayuno; otro se habría resfriado un poco, a otro se le acababa de morir su abuelo querido, el otro habría ligado con una deportista en el hotel y… Circunstancias imprevistas que modificarían el rendimiento de los hipotéticos clones idénticos. Ergo, dado que habrían experimentado circunstancias no idénticas, ya no serían clones idénticos. Su ordenador o smartphone puede ser similar al de miles de personas más, pero su contenido informativo no es el mismo en ninguno, salvo los recién salidos de fábrica (y en sentido estricto, ni así), lo que significa que su operatividad, su funcionalidad, también sería diferente.

Dos hermanos gemelos monocigóticos, que comparten código genético, sexo y tipo de sangre, terminan divergiendo a causa de la influencia del entorno, porque es imposible que se les presente un entorno idéntico. Desde el útero materno viven experiencias diferentes, pero pongamos el imposible caso de que las hubieran vivido idénticas para ilustrar la cuestión con un ejemplo: los dos gemelos idénticos pasan por delante de la televisión persiguiendo a su perro, uno tras otro, mientras se ve una imagen tétrica en la pantalla. Uno de ellos está acatarrado, algo débil, y el otro se está riendo a carcajadas con la persecución. El aleteo de mariposa de la escena en la televisión acaba de condicionar el futuro de cada uno de los hermanos, no sabemos ni podemos saber en qué medida ni en qué dirección se producirán las modificaciones epigenéticas en cada uno a partir de ese momento. Lo que sí sabemos, sin ningún género de dudas, es que les ha afectado de forma diferente.

Como habrán deducido a estas alturas, desconocemos el ratio de influencia en el desarrollo humano de la herencia genética humana con respecto a la que provee el ambiente, lo que constituye un natural sistema de check and balances similar al que encontramos en los países más avanzados para conjurar el totalitarismo liberticida: separación de poderes para evitar la concentración, e instancias gubernamentales y privadas que compiten entre ellas.

 

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Susto o muerte (la opción menos mala)

 

En la vida normalmente no se nos presentan problemas cuya solución implique elegir entre la absoluta positividad o la absoluta negatividad. Claro, porque elegir entre recibir un millón de euros o una patada en la boca no es un problema en absoluto. Los problemas suelen ser más complejos, implican numerosas variables no dicotomizables, incluyen factores estresores como plazos de tiempo, riesgo de pérdida de confianza, estatus, promoción, imagen… incluso el empleo.

 

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Circunstancias como estas se ven también con cierta frecuencia en el fútbol, cuando un jugador fuerza una tarjeta amarilla en un partido porque no quiere arriesgarse a que se la muestren en el siguiente, porque en el que sigue a continuación, que es el último, su presencia es fundamental. Entonces el jugador, aconsejado por sus técnicos previamente, fuerza un contacto más allá de lo deportivamente necesario, y por lo tanto su no participación en el siguiente partido, porque valora como más importante el último. Se elige una opción mala para evitar otra peor.   

En el caso de la medicina es más evidente aún: si el médico tiene que cortarle la pierna a un accidentado para salvarle la vida, elegirá una opción tan mala como la primera para evitar la muerte del paciente, que es bastante peor.

Una de las primeras escenas de la película Yo, Robot, cuando el androide Sonny salva a Will Smith de morir ahogado en lugar de a la niña que cae igualmente al agua en otro coche, es otro buen ejemplo de esta duda: la Inteligencia Artificial de Sonny sabe que el importante es Will, porque él es quien salvará al mundo, y si no lo salva a él, la niña tampoco sobrevivirá, o vivirá convertida, como el resto de los humanos, en una esclava de la malvada Inteligencia Artificial de Viki, el ordenador central de USR que ha decidido que debemos ser sometidos para evitar nuestra propia destrucción.

Claro que, en la película, Sonny sabe que Will es el único capaz de detener a Viki, pero ¿y si no lo supiera? ¿habría actuado igual? Seguramente no, porque con ese dato ausente, lo que sí sabría es que para la perpetuación de la especie humana la muerte de un varón es menos importante que la de una mujer, porque las mujeres sólo pueden dar a luz a un hijo (normalmente) al año.

 

 

Yo a Marte y yo a California (simultáneamente)

 

En su libro La nueva mente del emperador, Roger Penrose propone una hipotética duplicación exacta de una persona, ocasionada por un fallo en el protocolo técnico en el procedimiento normal de teleportación. El fantástico procedimiento que describe Penrose incluye en primera instancia la transferencia de cada uno de los componentes subatómicos de la persona, exactamente con la misma disposición, a una estación intermedia en la Luna.

Pongamos que un individuo, Roberto, va a ser teleportado a Marte, pero en el proceso, en lugar de cambiar totalmente de ubicación, es decir, dejar de estar en California y pasar a estar completamente en Marte, hay un fallo técnico en el último paso antes de que éste desaparezca de la Tierra, y sólo se transfiere a Marte una copia exacta de Roberto, como ocurriría en el Horizonte de Sucesos de un Agujero Negro.

Penrose se pregunta si uno y otro son solo uno, dado que cada uno tiene exactamente la misma configuración, ergo la misma información, o son dos personas diferentes. Si no son diferentes en absoluto, actuarían de un modo idéntico, porque las partículas subatómicas que conforman a cada una de las copias exactas de Roberto estarían entrelazadas, sus corazones latirían exactamente con la misma frecuencia, su presión arterial sería la misma, su metabolismo corporal y cerebral sería el mismo… Todo exactamente igual, ¿no?. Resultado de imagen de tú a boston y yo a california

Mientras el Roberto original, un SuperHumano entrenado impecablemente con nuestros sistemas quedaba en California tranquilo, dominando perfectamente sus primarias emociones, y disfrutando de todas las comodidades de las instalaciones de la NASA, relacionándose con su equipo, conversando con su familia, paseando por el jardín mientras se resuelve el problema… su clon estaría en un escenario completamente diferente ¡haciendo exactamente lo mismo en un entorno completamente distinto! sin esas instalaciones, sin su equipo, sin su familia… paseando en una atmósfera tóxica y ardiente hasta morir. Entonces, ¿moriría también el Roberto original? Es obvio que sí, aunque estuviera en un entorno diferente, porque parado un corazón, parado el otro.

¿O el Roberto clon se adaptaría a la circunstancia marciana y actuaría de un modo diferente para salvar su vida? En ese caso, en tanto que entrelazados, el Roberto original actuaría como el de Marte estando en California. ¿Cuál de los dos Robertos sería el líder y cuál el seguidor? Porque es obvio que no se pueden replicar de forma exacta ambos contextos, es I-M-P-O-S-I-B-L-E.

Pongámoslo más fácil para hacernos a la idea: hagamos una copia exacta del F1 de Luis Hamilton, instalémosles a ambos un dispositivo de control único y pongamos una en el circuito de Laguna Seca y otra en Marte. ¿Podrían comportarse exactamente igual aunque un técnico estuviera manejando un joystick que actúa simultáneamente sobre ambos? Es obvio que no, porque uno rueda en un circuito para el que ha sido diseñado el monoplaza, mientras que el otro tiene unas condiciones ambientales para las que no ha sido diseñado. Es un escenario igualmente I-M-P-O-S-I-B-L-E.

Después de este rompecabezas, y sin necesidad de complicarnos más metiéndonos en los conflictos intrapersonales e interpersonales de valores, ya se habrán dado cuenta de que, por mucho que la Inteligencia Artificial lograse el imposible de que todos los seres humanos fuéramos clones de un mismo patrón, la circunstancia nos haría divergir otra vez, obligándonos a cada uno a ser diferentes a los demás, como cuenta la metáfora bíblica de la Torre de Babel.

 

 

 

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