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The NeuroScammers – Los NeuroEstafadores

Como dice la canción infantil, al olor de la sardina, el gato ha resucitado. Y al calor de este momento de la historia, de las montañas de dinero que se están invirtiendo en el fenómeno neuro-lo-que-sea, un ejército de personajes de dudosa moral y escaso éxito profesional –en realidad los mismos de siempre– se afana en seducir inversores para venderles sus delirantes ungüentos mágicos, montados en sus estrafalarios carromatos de neurocharlatanes. Nada nuevo bajo el sol.

 

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Elon Musk ha comprado la fábrica

 

Los mismos que son incapaces de comprender la mente, los mismos que no se sonrojarán diagnosticando a su hijo de usted con un TDAH para venderle a continuación un DVD rotulado a bolígrafo con sonidos de sincronización interhemisférica (o lo que sea) a 40 euros la pieza, o una pastilla para tener sedada a la criatura todo el día, ahora prometen a incautos inversores un sistema revolucionario para desarrollar hasta un límite inimaginable las potencialidades de la mente humana. Para convertirle a usted en superman, a su esposa en superwoman, a su jefe en superlíder y a sus hijos en superkids. El último incauto en morder el anzuelo ha sido el famoso Elon Musk, de sobra conocido por sus coches Tesla, sus baterías domésticas, sus techos solares, su HiperLoop y su SpaceX.

Estos neuroembaucadores, como digo absolutamente ignorantes de cómo funciona el cerebro y cómo surge la mente, debieran al menos saber dos o tres cosas acerca de un asunto tan trascendente como el desarrollo de las habilidades mentales, porque el debate aquí no es tan relativamente inocuo como tecnificar aulas del colegio, desarrollar plataformas digitales para mejorar eso que llamamos erróneamente educación, o darle la profunda y rigurosa pensada que necesitan el coaching y demás inventos new age, sino enredar en los sesos de personas. Enredar en los sesos de personas a las que se estaría engañando miserablemente y, además, poniendo en serio peligro su salud física y mental. Pero sin mensajes dramáticos de advertencia como en el caso del tabaco.

¿Y qué es lo que deberían saber estos timadores neurotech?:

 

El cerebro es como tiene que ser

 

Si un cerebro recibe un implante, del tipo que sea, desarrollará naturalmente dos estrategias diferentes:

En primer lugar, se irritará. Clávese usted un alfiler en cualquier parte de su cuerpo para comprobarlo, si lo duda. El cerebro, a diferencia del resto del cuerpo, tiene una enorme concentración de microestructuras cognitivas y ejecutivas por centímetro cuadrado, lo que significa que es imposible actuar con precisión sobre las presuntamente responsables de un pensamiento o acto, o partes de ellos, y en la secuencia adecuada. Por la misma razón, los implantes en el cerebro irritarían estructuras no deseadas, alterando su función… pero también, y obviamente, alterarían la función de las estructuras deseadas, con lo cual se obtendría un resultado diferente del previsto.

En números aproximados, el cerebro humano tiene 5 billones (5.000.000.000.000) de indis (glía) en unos 1.200 centímetros cúbicos de volumen, lo que significa, salvo error u omisión, que hay unos cuatro mil millones (4.166.666.666) de indis en un centímetro cúbico; o cuatro millones (4.166.666) de indis por milímetro cúbico, que puede ser más o menos el volumen de indis que pueden estar afectados por cada electrodo implantado. Ahora, que nos cuenten estos estafadores profesionales, o locos de atar, cómo demonios se puede discriminar la señal apropiada a cada uno de ellos para lograr nada. Y además, como el neuroestafador particular que ha engañado a Elon Musk, pretender hacer también el camino de vuelta, que normalmente va a áreas cerebrales diferentes (las áreas que procesan la visión de la puerta cerrándose no son las que procesan la orden de apartar la mano, por ejemplo).

 

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Dentro de su cabeza no serán tan bonitos, se lo aseguro

 

Además, como se ha comprobado experimentalmente, proporcionar estímulos eléctricos (agresión) a algún área cerebral (grupo de indis), tiene como efecto –igual que cuando usted sufre un esguince o similar produce una compensación en la otra parte del cuerpo para evitar el apoyo en el tobillo lesionado– una derivación de la función a otra población indial, que asume sus tareas mientas la otra está enferma. Ergo, ya puede achicharrar a chisporrotazos a una población indial, que no va a conseguir que ésta funcione como su calenturienta imaginación ha elucubrado, vaya usted a saber si mediante la desinhibición que el delirante neuroestafador se ha inducido con algún químico.

El cerebro de un ratón no es el de un ser humano, y aunque con técnicas de este tipo se obtengan respuestas deseadas –simples– en un roedor, no se pueden, ni deben, extrapolar a un cerebro estructural y funcionalmente tan complejo como el humano.

En segundo lugar, la fisiología encapsulará, igual que se encapsula un implante dental o una mama artificial, el electrodo que se implante. La zona que rodea cualquier implante corporal no permanece en carne viva, sino que cicatriza. Como habrán podido imaginar, el voltaje con el que los electrodos estimulan un área indial es mínimo, porque en caso contrario quemarían las estructuras adyacentes, lo que necesariamente implica que el voltaje no sería suficientemente alto como para estimular la zona y, si se incrementara para salvar la barrera del encapsulamiento… efectivamente, como habrá deducido, freiría el área adyacente. A esto, como hemos visto, seguiría una anulación de las funciones de ese área indial, y su traslado a otra.

El cerebro es una máquina biológica perfecta tal y como es, imperfectible, y para potenciar su rendimiento sólo necesita recibir la información adecuada ajustada a la realidad, entrenar con lógica, tiempo y esfuerzo los procesos necesarios como uno entrena la maratón, la zumba o el crossfit, y quitarle ruido y virus. Nada más, y nada menos. Pero claro, esto no vende tanto como decir que uno va a ser un superhumano tomándose una pastilla o pulsando un botón en su smartphone.

Lamento destruir sus fantasías de Peter Pan, pero Matrix es una película de ciencia-ficción, señores.

 

Es imposible reproducir por medios artificiales el pensamiento

 

Ya lo hemos advertido en otras ocasiones: pretender reproducir un sistema de la hipercompleja magnitud del pensamiento humano es absolutamente imposible. Y quien diga lo contrario, o es un neuroestafador PhD, sea del MIT, de Stanford o de la Universidad del Congo… o la víctima de uno de ellos que se ha tragado sus pamplinas.

El desvarío deriva del bombo que se le está dando a la Inteligencia Artificial, que como cualquiera sabe, no ha logrado, ni va a lograr, aparte de que usted colabore sin saberlo etiquetando como gatos las tiernas imágenes que usted comparte en Facebook o Whatsapp para desarrollar sus sistemas “inteligentes” de reconocimiento de imágenes sin gastarse un duro, poco más que mejorar los sistemas de reconocimiento de imágenes, ganar partidas al ajedrez o al Go, o concursos tipo Jeopardy. Y punto, se acabó. A no ser que piense que un sistema inteligente que le ayude a usted a priorizar los email que recibe cada día es algún tipo de demostración de inteligencia. No hay más, aquí se han quedado, de modo que la única solución que se les ha ocurrido a los grandes es montar el Partnership on AI, con la pretensión de que sumando más mentes –mal orientadas– a alguno se le ocurra la brillante idea que les desatasque. Al fin y al cabo, pensarán, Colón descubrió América creyendo que había llegado a la India, y las vacunas, como tantas otras maravillas del mundo, se descubrieron por casualidad. Es decir, están jugando a la lotería.

 

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Sí, seguramente usted también picó

 

Si la cantidad de píxeles que tiene la foto de un gatito, que a su vez contiene un continuo infinito de matices, desde la gama de colores a la de contrastes, de temperaturas cromáticas, de proporciones, de texturas, de movimientos… es bastante manejable, a pesar de lo cual aún no han logrado un sistema ni mucho menos perfecto, ¿cómo demonios podría comprender algo tan hipercomplejo como este artículo que está usted leyendo? ¿O lo que usted ha pensado sobre la noticia más importante que ha recibido hoy? ¿Se lo imagina? Inténtelo, sólo tiene que comparar una cosa con la otra. ¿Y cómo se podría, en consecuencia, hacer un sistema que tradujera y transmitiera a una máquina lo que está usted pensando al respecto? ¿Y para qué serviría sino para almacenar su pensamiento, algo que ya se puede hacer y de hecho estoy haciendo al grabar este texto en un servidor de Internet, incluso si lo leyera en voz alta? Pero como sabemos, un fichero de datos e información no piensa como un humano, ni tiene inteligencia.

El pensamiento humano no se puede reproducir por medios artificiales por un par de razones incontestables: es un sistema caótico, demasiado complejo y demasiado grande. Nadie puede dominar el caos permanentemente, la socialista Corea del Norte también caerá de la entropía y vendrá al mundo libre, igual que lo hizo la URSS.

 

El organismo humano tiende a la homeostasis

 

Todo lo que sube, baja. El organismo humano, y la mente humana en particular, tienden a la homeostasis, al equilibrio. Es la base del entrenamiento físico y deportivo: la adaptación. Usted no se vuelve más fuerte, o más veloz, o más resistente, porque someta a cargas a su organismo, sino porque para el organismo el entrenamiento es un estrés, y su naturaleza le obliga a adaptarse a esa nueva situación, a prepararse agrandando sus músculos, su corazón o su eficiencia neuromuscular… por si se repite la agresión que usted le propina cada vez que entrena.

 

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Un equilibrio complejo

 

Pero si usted, obviando o desconociendo el Síndrome General de Adaptación (Seyle), somete a su cuerpo a un estrés excesivo, o a una sucesión de episodios de estrés sin descanso, su cuerpo enfermará. Atiéndame bien: SÍ o SÍ. Y por la misma regla, exactamente la misma, si usted sobrepasa las prestaciones naturales de su cerebro, por ejemplo pasando más de dos semanas sin dormir, usted morirá. I-N-E-V-I-T-A-B-L-E-M-E-N-T-E. Debemos asumir que la mente humana también tiene sus límites, y sobrepasarlos tiene un coste.

Los sistemas de potenciar o modificar el rendimiento del cerebro humano se conocen desde hace milenios, y no me refiero al falso mito de la mágica hipnosis deportiva con la que los antiguos países del bloque socialista trataban de atraer la mente de los demás para ocultar de la utilización de técnicas de dopaje químico. Me refiero a que los indios Tarahumara (los de los pies rápidos), muy aficionados al peyote, eran capaces de correr por las cumbres mexicanas durante días, sin descanso. Cuenta la leyenda que el truco para poseer tal resistencia era correr golpeando con los pies una pelotita de arcilla que representaba el planeta Tierra en constante movimiento… sólo que “ayudados” por unas cuantas hojas de coca que iban masticando cuando aparecía el lógico agotamiento. ¿Tan poca memoria tenemos que no recordamos que (leyenda o realidad) Filípides murió de agotamiento al recorrer los 42 kilómetros que separaban la ciudad de Marathon de la de Atenas para comunicar la victoria a sus superiores? Los caballos, que carecen de sistemas de alerta al agotamiento fisiológico pueden galopar sin parar… hasta que mueren exhaustos.

Quizá usted no sepa que la palabra “asesino” deriva de “Hashsh Ashln”, que significa en árabe “adicto al hachís”. Sí, el producto de la marihuana. Igual que el Estado Islámico hoy en día abastece copiosamente de Tetrahidrocannabinol natural a sus mahometanos guerrilleros para que vayan más ciegos a cometer sus tropelías, lo hacía en tiempos de las Cruzadas para conquistar el mundo cristiano.

Quizá tampoco sepa que el “glorioso ejército ario” de Hitler, y él mismo, eran grandes toxicómanos, adictos que recibían diariamente su ración de metanfetaminas y otros narcóticos que se fabricaban en masa en la Alemania nacional-socialista. La célebre derrota en la guerra contra los internacional-socialistas soviéticos hubiera llegado mucho antes si sus primos nacionalistas alemanes no hubieran recurrido a la turboalimentación. Pero aún así llegó, porque existen ciertos límites que el organismo humano no puede sobrepasar aunque no sienta dolor o su mente no pida parar: los nazis no sentían que sus miembros se estaban congelando literalmente hasta que se habían congelado efectivamente. Y como la realidad es muy tozuda, el desánimo y la deserción comenzaron a cundir, porque por más que un soldado avanzara levitando por el frente de batalla, estaba limitado por razones naturales.

Todo medio artificial de elevar los niveles de entusiasmo, de energía, o de optimismo, conduce obligatoriamente a la adicción por contraste. El pánico que experimenta el drogadicto a la existencia normal (o a las terribles condiciones de un campo de batalla a 30 grados bajo cero) es lo que le empuja a volver a tomar su droga, con la que huye temporalmente de esa realidad que no tolera. Ergo, si el cerebro humano es estimulado para rendir a un nivel sobrenatural, ya sea por medios químicos o tecnológicos, se volverá un adicto I-N-E-V-I-T-A-B-L-E-M-E-N-T-E. Y pondrá, I-N-E-V-I-T-A-B-L-E-M-E-N-T-E, en peligro su vida. Limitless es una película, señores, ustedes mismos advertían a sus hijos de que no debían creerse las películas, no fuera a ser que alguno se lanzara por la ventana creyéndose Superman. Inspirada en realidades, por supuesto, pero una película al fin y al cabo, porque en la realidad es imposible mantenerse a ese nivel constantemente. Y, en el caso de que fuera posible –por si no cayó en la cuenta cuando la vio–, tenga en cuenta que los demás también dispondrían de la pastillita, porque de eso va el negocio, lo que supondría que usted ya no contaría con esa sustancial ventaja tramposa. ¿O es tan ingenuo que se ha creído que sólo la tendría usted?.

 

 

Más no es mejor

 

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Hancock, el SuperTonto

 

Otra cuestión es, y podemos inferirlo de lo anterior, que del incremento del rendimiento cerebral de una persona no se deduce un incremento de su conocimiento, ni de su sabiduría, ni de su moralidad. Ese tipo de habilidades mentales hay que entrenarlas ex profeso, o no se desarrollan. Recuerden, como referíamos más arriba, que Hitler disfrutó –mientras duró– de un rendimiento mental excepcional, una capacidad de organización y liderazgo fuera de lo común.

Esto significa obviamente que, aunque le inserten en el cerebro una docena de electrodos controlados por ordenador, uno no deja de ser lo que es, sigue siendo lo que es pero en mayor medida, aumentado; ergo el tonto será más tonto, y el malo, más malo. Y los malos muy listos son más peligrosos que los malos muy tontos.

O mucho me equivoco, o acierto al suponer que no deseará usted que los sociópatas, psicópatas, ladrones, violadores y Hashsh Ashln tengan acceso a este hipotético potenciador tecnológico de la mente. La desinhibición y pérdida de la sensación de miedo en las personas, propia del uso de estimulantes químicos, puede producir grandes genios, o grandes diablos.

Así que háganse un favor, a usted y a los suyos, y no se deje embaucar. Y si le parece conveniente, advierta a sus conocidos, no vaya a ser que tengamos que lamentar alguna desgracia irreparable.  

 

 

Artículos relacionados: Las neuroprótesis a debate (1)

 

s.e.u.o.

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