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Contra la empatía (de Miguel Ángel Quintana Paz)

 

“¡Sed empáticos!”. Podríamos decir que esa frase resume casi toda la ética que según muchos nos basta para campar hoy por la vida. “¡Sé empático!”. Es decir: siente como tuyos (o, bueno, solo un poquito menos que si fueran tuyos) los sufrimientos de toda la gente que veas que lo pasa mal (o incluso de los animalitos que lo pasan mal: bien sea porque los tengamos en granjas para nuestro provecho, bien sea porque los mantengamos encerrados en apartamentos de 40 metros cuadrados, mientras que ellos ansiarían -¡bastaría preguntarles!- corretear por el campo en libertad). “¡Sed empáticos!”: eso es lo que más importa, que ante el dolor dejes claro que a ti también te duele (pon un hashtag apropiado en tu Twitter; quédate sin dormir esa noche y comenta exhaustivamente al insomnio a tus amistades de Facebook; si han inventado un lacito alusivo, corre a la mercería, busca una cinta de ese color y exhíbelo). “¡Sé empático!”. Llora incluso si gracias a Barack Obama o a Pablo Iglesias has aprendido a hacerlo en las circunstancias apropiadas; antes la política consistía en algo tan prosaico como intentar resolver los problemas del país: hoy más te vale (o quizá te vale) con que publicites, como político, lo mucho que te acongojan esos problemas.

 

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Qué esperar del año 2016 en neurociencia

             Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

 

Santiago Ramón y Cajal

 

Desde que el gran Ronald Reagan instaurase en 1990 la “Década del Cerebro”, cuando aún no se había impuesto el término “neurociencia”, poco han cambiado las cosas en el intento de comprender el cerebro. Y cuando años –¡¡¡un cuarto de siglo!!!– después surgen los grandes proyectos estrella, cuya orientación es claramente mejorable (por no decir abiertamente que equivocada de raíz), en los que se han invertido montones de millones, se han empleado montones de neurocientíficos, montones de universidades, montones de empresas privadas, asociaciones… uno no puede más que preguntarse por qué demonios los neurocientíficos no saben aún cómo funciona el cerebro, ni qué es la consciencia (o la conciencia, que es lo mismo), ni cómo se produce eso que llamamos la mente.

A veces, en plan de broma, me da por pensar que esta ignorancia es producto de una de esas conspiraciones judeomasónicas que en algún momento de la historia parecían constituir el epítome del mal. Occam seguramente diría que no hay ninguna conspiración oculta que trata de hurtarnos el conocimiento del funcionamiento del cerebro y el surgimiento de la mente y la consciencia; más bien diría que las causas de este desconocimiento son más sencillas de lo que parecen. Realmente lo que ocurre es simple: los árboles no dejan ver el bosque, o dicho de otra forma: ¿cómo sabe un pez si está mojado?.

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Mindfulness, yoga, meditación Vs. Sentido Común

Hace ya varios meses, charlando con un buen amigo, exitoso coach deportivo, surgió el asunto del yoga y estas cosas orientales en las que estuve muy involucrado hace casi veinte años. Se quedó sorprendido cuando le expliqué que practicar yoga como estrategia de eliminación del estrés carecía de lógica.

La cosa es fácil de entender para cualquiera, incluso personas que no están informadas: cuando uno tiene una vida estresante y decide apuntarse a yoga o mindfulness con el objeto de relajarse o cualquiera de esas tan maravillosos como falsos beneficios, no piensa que cuando salga de la clase, muy relajado, aborrecerá aún más el mundo y sus inevitables trajines, lo que inevitablemente le llevará a estresarse aún más en su vida cotidiana, a aborrecerla con toda su alma. Y de ahí a caer en un grupo harekrishnoide hay un paso.

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Bioneuroemoción y Alzheimer

zenman - Más Allá de la FormaciónEl alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa caracterizada por una pérdida progresiva de memoria, asociada a atrofia y muerte neuronal, y donde observamos dos huellas características en los cerebros de los pacientes; las placas amiloides y los ovillos neurofibrilares. Hasta el momento no se conoce la causa exacta de esta enfermedad neurodegenerativa y tampoco se ha podido encontrar un tratamiento que prevenga o cure el mal de Alzheimer.

O por lo menos eso es lo que pensábamos hasta ahora.

La bioneuroemoción o biodescodificación nos da otra explicación que ni tan siquiera imaginábamos antes de que esta nueva medicina alternativa hubiera emergido. La nueva medicina germánica, como la llaman, ofrece una serie de explicaciones sobre las diferentes causas de las enfermedades humanas. Y el alzhéimer no es una excepción. Resulta que la causa de este trastorno neurodegenerativo no son los depósitos de amiloide, ni los ovillos neurofibrilares, ni la muerte de las neuronas. Atención. El alzhéimer es debido al «deseo de abandonar el planeta» y a la «incapacidad de enfrentar la vida tal como es». Pues eso.

Nos ilustra una tal Mónica Barbagallo en la página web Ciudad virtual de la gran hermandad blanca. Es cierto, el nombre de la web acojona. En una tabla podemos discernir entre las diferentes enfermedades y la causa emocional que las origina. Podemos descubrir el origen de grandes pandemias del siglo XXI, tales como la acidez (debido al «miedo, miedo paralizante», que una vez miedo vale, pero dos asusta), codos (como teórica patología debida a la «incapacidad en la vida de abrirse paso y luchar», lo que a priori parece de lo más obvio, para qué sino sirven los codos), eructos (causa: «agresión contra el exterior, afán por tragarse la vida con demasiada rapidez»), o polio (cuya causa parece deberse a los «celos paralizantes» y al «deseo de retener a alguien», por supuesto sin referencia alguna al virus con el mismo nombre), entre un largo listado de enfermedades reales y de otras presuntamente verdaderas o decididamente fantásticas. La lista es insuperable, no solo en su extensión, sino en su capacidad de sorprender al lector.

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El pensamiento subconsciente

Leo un interesante artículo de Miguel A. Vadillo sobre el “pensamiento inconsciente”. Trata sobre una especie de presunta creencia popular que afirma que las decisiones médicas “inconscientes” parecen ser más eficientes que las tomadas tras una pormenorizada y consciente ponderación de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades (DAFO) implicadas.

 

¿Demasiado bonito para ser cierto? Posiblemente sí. Muchos de los experimentos que han intentado replicar este efecto han fracasado estrepitosamente. Y se han publicado al menos dos  meta-análisis que sugieren que en los contados casos en los que se ha encontrado este fenómeno, podría no ser más que un falso positivo. A pesar de estas críticas, el entusiasmo por el pensamiento inconsciente no ha perdido un ápice de intensidad en los últimos años.

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El accidente de Fernando Alonso con el McLaren

Fernando Alonso - Más Allá de la Formación¿Qué le pasa a Fernando Alonso? ¿El accidente en Montmeló le ha provocado alguna lesión que vaya a perjudicar su rendimiento futuro? ¿Tenemos que preocuparnos?

A todos nos habrá alarmado saber que ha estado en observación un día más de los dos inicialmente previstos, pero hay que tener en cuenta que Magic no es un ciudadano cualquiera, porque de su rendimiento deportivo dependen presupuestos que dan de comer a miles de personas directamente y a cientos de miles indirectamente, de modo que la prolongación del período de observación en el hospital no es alarmante.

Lo más probable es que se haya optado por la prudencia por la importancia de la estructura corporal implicada en el accidente, pero también lo más probable es que no tenga absolutamente nada. Voy a intentar explicar qué es lo que puede estar pasando.

 

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Por qué decimos educación cuando queremos decir moral (I)

imageIgual que a base de poner la cacatúa goebbelesiana a funcionar el concepto de amar ha terminado pervertido –urbi et orbi– en primaria emoción, o más allá, en el eufemismo favorito de los que gustan de hablar pseudoalegremente –en realidad con lenguaje similar a una monja– de sus intimidades en público, el concepto educar ha acabado convertido en una perfecta muestra de entropía verbal. Porque ¿alguien sabe qué significa “educar”? ¿Y puede hacer que lo entienda su abuela en un sólo tweet?. Seguramente será ella quien tenga que explicárselo.

Como cualquier otro término de alta entropía, el concepto educar es masa informe, indiferenciado, relleno de ideas pintorescas, trufado de opiniones particulares con ínfulas orteguianas, marinado de visceralidades, sazonado de egos más vacíos que el estómago de Carpanta junto con ansias de poder sobre los demás típicas de personajes inadaptados a la realidad que como reacción a su experiencia de náufragos perdidos sin rumbo ni puertos-objetivos sólidos anhelan, en lugar de amar al prójimo como a uno mismo en el sentido correcto, someter a los demás a la irrealizable fantasía endorfínica en la que consuelan su frustración en los escasos momentos en que el desasosiego afloja su tenaza, escudados –argumentum ad verecundiam o falacia de autoridad– en ideologías que utilizan para diseminar sus pandémicos virus en los más vulnerables: los niños y los mentecatos (mentes presas).

Además de los conceptos amar, democracia, libertad… pocos otros como el de educar han sido más manipulados ideológicamente con las peores intenciones, precisamente debido a esa inconcreción, esa ausencia de acuerdo sobre su significado real, original, etimológico. Y si no hay consenso con respecto a su significado, podemos suponer el que puede existir acerca de lo que implica, de sus mecanismos, sus procedimientos óptimos y objetivos, en una sociedad desarrollada –excepto en lo cognitivo– que confunde un diccionario de uso como el DRAE con el María Moliner o el Corominas. Otro tanto ocurre con los conceptos ética y moral, sin embargo la etimología de éste último es mucho más concreta, más asequible al entendimiento más llano.

Derivado de parábola, el término palabra es un puente inmaterial que une una realidad con el conjunto de signos o fonemas que la designan. Igual que existe un puente visual entre un objeto y el cerebro que lo nombra, como entre el objeto mesa y la palabra mesa, existen puentes entre realidades algo más complejas, que no son objetos sino un procesos, como el citado amar, que requieren más de una línea de palabras para ser definidos porque su definición incluye, en red o en racimo, otros componentes menos evidentes pero relevantes. Curiosamente y sin embargo, otros conceptos aparentan gran complejidad pero no la tienen. Es el caso de la palabra moral.

 

 

 

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