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Archive for the ‘Neurociencia’ Category

¿Nos convertirá en clones la Inteligencia Artificial? (2)

Después de haber repasado en la entrada anterior algunas razones por las que la ciencia afirma que la respuesta a la pregunta que plantea el título es negativa, y que podemos resumir con la frase del casi siempre genial Antonio Escohotado: los sistemas complejos tienen vida propia, vamos a seguir explicándonos desde otros puntos de vista el porqué la Inteligencia Artificial no puede convertirnos en clones.

 

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¿Nos convertirá en clones la Inteligencia Artificial? (1)

Resultado de imagen de herUna de las dudas más recurrentes que surgen a partir de la irrupción de esta nueva ola de Inteligencia Artificial (AI) es si, entrenados por los sistemas inteligentes (bots, chatbots, coachbots, opponentbots…), los humanos terminaremos siendo iguales, todos, clones unos de otros.

Imaginemos qué pasa por la cabeza de las personas que albergan esta duda.

Ellos ven una humanidad perfeccionada al límite por medio de la interacción con las máquinas, que para entonces serán –gracias a nosotros, los humanos– excelentes entrenadores, asesores, mejores amigos, incluso parejas (Her); una humanidad en la que nadie tendrá defectos, en la que nadie cometerá errores, en la que, en suma, llegaríamos a ser dioses.

Entonces, si llegáramos a alcanzar la perfección absoluta, superada la tiranía de las (m)emociones-automatismos,  es lógico pensar que todos tendríamos unos pensamientos perfectamente puros alineados con el bien absoluto, unas intenciones perfectamente puras y buenas, y desarrollaríamos unas conductas impecablemente coherentes con ese núcleo cognitivo perfecto. Parece bonito, ¿verdad?. Sin embargo, eso es precisamente lo que nos convertiría en clones.

       (Si tienes nociones sólidas sobre física y Teoría del Caos, no necesitas seguir leyendo, ya conoces la respuesta a la pregunta del título)

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Las neuroprótesis a debate (I)

Implantes cerebrales para conseguir superpoderes

Estos días me ha llamado la atención uno de los campos más prometedores en la I+D mundial: los brain implantable devices o neuroprótesis.

Lo primero de lo que me he dado cuenta es que este campo del neurohacking es un cajón de sastre en el que cabe todo, y por lo tanto, para entenderlo, conviene hacer una categorización mínima basada, como siempre, en similitudes y diferencias:

CATEGORÍA 1- Los implantes desarrollados con la misión de luchar contra enfermedades como el Parkinson, o discapacidades visuales, auditivas, motoras e incluso táctiles. Ya existen y proporcionan buenos resultados. No es sobre este ámbito sobre el que quiero reflexionar.

CATEGORÍA 2- Algo mucho más complejo, tan complejo como pretender la actuación sobre conceptos abstractos, ideas, e incluso la moral. Vamos, como que uno podrá ser un genio sin ningún esfuerzo, enchufándose el cachivache diez minutos al día como con las lógicamente extintas máquinas de gimnasia pasiva te ponían presuntamente en forma sin un instante de esfuerzo o una gota de sudor, o incluso se podrían elegir ideas y personalidad a la carta: ahora quiero ser un triunfador, ahora uno de esos inexistentes imperturbables maestros zen, el más chistoso en los descansos del trabajo, por la noche un pornstar, y los domingos un Rafa Nadal en la pista de pádel. En resumen: se trataría de aparatos electrónicos que se implantarían en el cerebro para (hipotéticamente) lograr ampliar la inteligencia humana (HI) con el objetivo de lograr la superinteligencia.

Sin embargo, existen varias objeciones que ponen en serios aprietos los esfuerzos financieros y humanos de los paladines de esta segunda tendencia. Y son, pienso, de varios órdenes: conceptuales, neurológicas, técnicas, y éticas. (Esto no es un artículo científico, por lo que no pretendo ser exhaustivo)

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Por qué no existe aún Inteligencia Artificial

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¿Por qué no disponemos todavía de una Inteligencia Artificial a la altura de las expectativas? ¿Porque no interesa lograrla o porque no se sabe cómo?

Si la razón es la primera, de acuerdo, podemos aceptar que conviene que muchas mentes, muchos presupuestos, dependen de que se siga trabajando en la IA aunque no se avance demasiado, porque mientras sigan generándose intereses a través del ruido mediático se crean y mantienen puestos de trabajo, inversiones, riqueza. Y así hasta el siguiente buzzword que sea capaz tomar el relevo para mantener en movimiento la economía.

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Qué esperar del año 2016 en neurociencia

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             Conócense infinitas clases de necios; la más deplorable es la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento.

Santiago Ramón y Cajal

Desde que el gran Ronald Reagan instaurase en 1990 la “Década del Cerebro”, cuando aún no se había impuesto el término “neurociencia”, poco han cambiado las cosas en el intento de comprender el cerebro. Y cuando años –¡¡¡un cuarto de siglo!!!– después surgen los grandes proyectos estrella, cuya orientación es claramente mejorable (por no decir abiertamente que equivocada de raíz), en los que se han invertido montones de millones, se han empleado montones de neurocientíficos, montones de universidades, montones de empresas privadas, asociaciones… uno no puede más que preguntarse por qué demonios los neurocientíficos no saben aún cómo funciona el cerebro, ni qué es la consciencia (o la conciencia, que es lo mismo), ni cómo se produce eso que llamamos la mente.

A veces, en plan de broma, me da por pensar que esta ignorancia es producto de una de esas conspiraciones judeomasónicas que en algún momento de la historia parecían constituir el epítome del mal. Occam seguramente diría que no hay ninguna conspiración oculta que trata de hurtarnos el conocimiento del funcionamiento del cerebro y el surgimiento de la mente y la consciencia; más bien diría que las causas de este desconocimiento son más sencillas de lo que parecen. Realmente lo que ocurre es simple: los árboles no dejan ver el bosque, o dicho de otra forma: ¿cómo sabe un pez si está mojado?.

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Dios y la neurociencia

Dios - Más Allá de la FormaciónDesde el homo sapiens, hace unos ciento y pico mil años, los seres humanos se han sentido (a falta de conocimiento, buenos son sentimientos) abrumados por lo ignoto, empequeñecidos por las misteriosas y caprichosas fuerzas superiores, primero las de la naturaleza porque el seso no les daba para imaginar más, posteriormente antropomorfizadas (considerar a un elefante un dios, como es el caso de Ganesha, parece más bien de críos) en deidades menores normalmente bajo un dios superior, que finalmente acapara todas las fuerzas –omnipotencia– en las grandes religiones monoteístas: hinduismo, judaísmo, cristianismo, mahometanismo (atención a los términos musulmán e islam, con los que se busca hacer creer que se trata de una religión diferente y no una versión –ponga usted aquí el atributo que desee– de una previa). Confieso que no me gusta incluir a todas en la categoría “religión”, prefiero dividirlas en religión y pseudorreligiones atendiendo al significado etimológico de la palabra, pero este no es el debate de hoy, por lo que sólo lo advierto, aunque más adelante se verá (del verbo Ver) nítidamente.

Esa pequeñez humana con respecto a las fuerzas de la naturaleza ha generado una curiosidad inagotable por comprenderlas y ganarse sus favores, hasta el punto de hoy en día, cuando en plena revolución científico-tecnológica que se supone obligatoriamente aconfesional se denomina a los esquivos bosones de Higgs como “La partícula de Dios”. Bosones trascendentales para entender la realidad debido a su potencial encaje en el entramado de la realidad física como los que aportan la masa (estamos hablando de duales ondas-partículas, ojo, como alma-cuerpo) a los objetos y sin la cual la fuerza de la gravedad no existiría, igual que de ser así ocurriría con nosotros. De hecho el universo que existiría sería una masa informe, indiferenciada, homogénea, pura entropía, gurruño sin sentido como una agrupación infinita y caprichosa de ceros y unos uno a continuación del otro. Si esto le evoca a uno lo que algunos ilustres y respetados científicos creyentes en el azar como elefante de compañía llamaron “ADN basura” porque no sabían qué era y qué función tenía hasta que descubrieron el concepto epigenética… ¡Bingo!. Como para otorgarles –fe de meapilas cientifista mediante– el patrimonio exclusivo de determinar absolutamente qué es verdad y qué es mentira.

Nota: para que no les quepan dudas de mis intenciones, de qué es serio y qué es chanza, voy a advertir de mis ironías con las etiquetas (ironía On) e (ironía Off), abreviadas en (on) y (off) por recomendación de algunos de ustedes, que dudan de que todo el mundo comprenda (on) mi agudo sentido del humor (off).

 

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¿Qué es la consciencia? (II)

el yo observador - Más Allá de la Formación

Aclarado el significado de los términos, decíamos en la entrada anterior que conciencia y consciencia significan indistintamente conocimiento compartido, y al final advertíamos que seguramente alguien estaría con la mosca detrás de la oreja preguntándose coherentemente con quién o con qué se compartía. Toca explicarse.

Lo obvio es pensar que el conocimiento se comparte con los demás, y con toda la razón. La historia humana es la historia de la evolución basada en el conocimiento compartido, transmitido en épocas primitivas por medio de sonidos parecidos a los de los animales. Se cree que el primer código era la sílaba “duh”, lo que implica que las variaciones no verbales sobre ella constituían mensajes diferentes, tipo “te quiero”, “te voy a matar” o “sálvese quien pueda”. De aquí al protoindoeuropeo, continuando con el maremágnum llamado indoeuropeo y así hasta más o menos los idiomas que conocemos hoy en día. Salvo el vasco de mi tierra, claro, que como todo el mundo sabe lo inventó el mismísimo Dios, que era del mismo Bilbao.

Desde los orígenes del ser humano, los grandes hitos en la evolución han tenido como desencadenante el conocimiento compartido a través del ejemplo, y a través del lenguaje cuando no se tenía acceso al personaje ejemplar o simplemente se trataba de explicárselo: desde la aparición del lenguaje oral complejo, pasando por el lenguaje gráfico que permitía la transmisión algo más masiva incluso cuando el divulgador había muerto o estaba distante, la escritura, la confesión, la imprenta, el telégrafo, la radio, la TV, hasta el Internet de hoy.

¿La confesión? ¿El tipo éste ha dicho la confesión?

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