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Archive for the ‘Psicología’ Category

¿Nos convertirá en clones la Inteligencia Artificial? (1)

Resultado de imagen de herUna de las dudas más recurrentes que surgen a partir de la irrupción de esta nueva ola de Inteligencia Artificial (AI) es si, entrenados por los sistemas inteligentes (bots, chatbots, coachbots, opponentbots…), los humanos terminaremos siendo iguales, todos, clones unos de otros.

Imaginemos qué pasa por la cabeza de las personas que albergan esta duda.

Ellos ven una humanidad perfeccionada al límite por medio de la interacción con las máquinas, que para entonces serán –gracias a nosotros, los humanos– excelentes entrenadores, asesores, mejores amigos, incluso parejas (Her); una humanidad en la que nadie tendrá defectos, en la que nadie cometerá errores, en la que, en suma, llegaríamos a ser dioses.

Entonces, si llegáramos a alcanzar la perfección absoluta, superada la tiranía de las (m)emociones-automatismos,  es lógico pensar que todos tendríamos unos pensamientos perfectamente puros alineados con el bien absoluto, unas intenciones perfectamente puras y buenas, y desarrollaríamos unas conductas impecablemente coherentes con ese núcleo cognitivo perfecto. Parece bonito, ¿verdad?. Sin embargo, eso es precisamente lo que nos convertiría en clones.

       (Si tienes nociones sólidas sobre física y Teoría del Caos, no necesitas seguir leyendo, ya conoces la respuesta a la pregunta del título)

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Qué es la Inteligencia -Artificial-

la palabra agua no quita la sed

Lo primero en lo que debemos detenernos al hablar de Inteligencia, es en que existe una confusión generalizada acerca del significado del concepto. Para la mayoría de las personas, incluso para los diccionarios de uso (véalo en la RAE), el concepto Inteligencia es una mezcla de casi todas las cualidades cognitivas positivas, que se sitúa en el desconocido territorio delimitado por el cuerpo material por un lado, y el espíritu inmaterial por el otro. Para la mayoría es un concepto abstracto y, como tal, aporta poco al conocimiento de su significado y comprensión; hasta el punto de que, paradójicamente, la palabra Inteligencia se ha convertido en uno de los campeones en la lista de términos de alta entropía, junto con amar, arte, libertad, verdad, realidad… Palabras confusas porque las realidades a las que daban nombre originalmente (en griego o latín procedentes del indoeuropeo) ya no se distinguen con claridad cuando se usan cotidianamente, cada uno cree que es una cosa diferente, y su opinión va a misa. Podríamos decir, a modo de chiste inteligente: Es necesaria mucha inteligencia para comprender el concepto Inteligencia.

Esta indefinición que sufre (porque la sufre, el pobre) el concepto Inteligencia aplicable a los seres humanos se contagia lógicamente a todo, incluyendo la tecnología: si no somos capaces de definir, de hacernos una idea nítida en la cabeza de lo que es la Inteligencia Humana, ¿cómo íbamos a comprender lo que significa la Inteligencia Artificial? Imposible. Es como pretender conocer el color azul verdoso sin conocer el azul. Y así están las cosas actualmente en el mundo tecnológico y en el neurocientífico. Y en la calle, pero la gente normal como nosotros tiene menos culpa, los culpables son los expertos.

Así, como en la típica –por habitual- estrategia humana de huir hacia delante, pasando de puntillas por la superficie conceptual de la realidad, uno mira hacia otro lado para que no se note que no comprende el significado de algo, pero como suena bien a los oídos y hace que uno parezca más culto de lo que es, lo repite con cierta frecuencia y autosatisfacción, saltando al siguiente nivel, que consiste en pasar a explicar híbridos del concepto junto con otros conceptos, embarullándolo más aún, o simplemente renunciando a definirlo: Es lo que yo diga, y punto.

Sin embargo, podemos estar tranquilos, porque el concepto Inteligencia no tiene nada de entrópico, al contrario, es muy claro y sencillo, como le gustaría a Occam. Y es justo esta simplicidad lo que nos permite solucionar algunos de los problemas que derivan de su desconocimiento, como veremos a continuación.

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Mindfulness, yoga, meditación Vs. Sentido Común

Hace ya varios meses, charlando con un buen amigo, exitoso coach deportivo, surgió el asunto del yoga y estas cosas orientales en las que estuve muy involucrado hace casi veinte años. Se quedó sorprendido cuando le expliqué que practicar yoga como estrategia de eliminación del estrés carecía de lógica.

La cosa es fácil de entender para cualquiera, incluso personas que no están informadas: cuando uno tiene una vida estresante y decide apuntarse a yoga o mindfulness con el objeto de relajarse o cualquiera de esas tan maravillosos como falsos beneficios, no piensa que cuando salga de la clase, muy relajado, aborrecerá aún más el mundo y sus ineludibles trajines, lo que inevitablemente le llevará a estresarse aún más en su vida cotidiana, a aborrecerla con toda su alma. Y de ahí a caer en un grupo harekrishnoide hay un paso.

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El pensamiento subconsciente

Leo un interesante artículo de Miguel A. Vadillo sobre el “pensamiento inconsciente”. Trata sobre una especie de presunta creencia popular que afirma que las decisiones médicas “inconscientes” parecen ser más eficientes que las tomadas tras una pormenorizada y consciente ponderación de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades (DAFO) implicadas.

 

¿Demasiado bonito para ser cierto? Posiblemente sí. Muchos de los experimentos que han intentado replicar este efecto han fracasado estrepitosamente. Y se han publicado al menos dos  meta-análisis que sugieren que en los contados casos en los que se ha encontrado este fenómeno, podría no ser más que un falso positivo. A pesar de estas críticas, el entusiasmo por el pensamiento inconsciente no ha perdido un ápice de intensidad en los últimos años.

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Por qué decimos educación cuando queremos decir moral (I)

imageIgual que a base de poner la cacatúa goebbelesiana a funcionar el concepto de amar ha terminado pervertido –urbi et orbi– en primaria emoción, o más allá, en el eufemismo favorito de los que gustan de hablar pseudoalegremente –en realidad con lenguaje similar a una monja– de sus intimidades en público, el concepto educar ha acabado convertido en una perfecta muestra de entropía verbal. Porque ¿alguien sabe qué significa “educar”? ¿Y puede hacer que lo entienda su abuela en un sólo tweet?. Seguramente será ella quien tenga que explicárselo.

Como cualquier otro término de alta entropía, el concepto educar es masa informe, indiferenciado, relleno de ideas pintorescas, trufado de opiniones particulares con ínfulas orteguianas, marinado de visceralidades, sazonado de egos más vacíos que el estómago de Carpanta junto con ansias de poder sobre los demás típicas de personajes inadaptados a la realidad que como reacción a su experiencia de náufragos perdidos sin rumbo ni puertos-objetivos sólidos anhelan, en lugar de amar al prójimo como a uno mismo en el sentido correcto, someter a los demás a la irrealizable fantasía endorfínica en la que consuelan su frustración en los escasos momentos en que el desasosiego afloja su tenaza, escudados –argumentum ad verecundiam o falacia de autoridad– en ideologías que utilizan para diseminar sus pandémicos virus en los más vulnerables: los niños y los mentecatos (mentes presas).

Además de los conceptos amar, democracia, libertad… pocos otros como el de educar han sido más manipulados ideológicamente con las peores intenciones, precisamente debido a esa inconcreción, esa ausencia de acuerdo sobre su significado real, original, etimológico. Y si no hay consenso con respecto a su significado, podemos suponer el que puede existir acerca de lo que implica, de sus mecanismos, sus procedimientos óptimos y objetivos, en una sociedad desarrollada –excepto en lo cognitivo– que confunde un diccionario de uso como el DRAE con el María Moliner o el Corominas. Otro tanto ocurre con los conceptos ética y moral, sin embargo la etimología de éste último es mucho más concreta, más asequible al entendimiento más llano.

Derivado de parábola, el término palabra es un puente inmaterial que une una realidad con el conjunto de signos o fonemas que la designan. Igual que existe un puente visual entre un objeto y el cerebro que lo nombra, como entre el objeto mesa y la palabra mesa, existen puentes entre realidades algo más complejas, que no son objetos sino un procesos, como el citado amar, que requieren más de una línea de palabras para ser definidos porque su definición incluye, en red o en racimo, otros componentes menos evidentes pero relevantes. Curiosamente y sin embargo, otros conceptos aparentan gran complejidad pero no la tienen. Es el caso de la palabra moral.

 

 

 

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¿Qué es la consciencia? (II)

el yo observador - Más Allá de la Formación

Aclarado el significado de los términos, decíamos en la entrada anterior que conciencia y consciencia significan indistintamente conocimiento compartido, y al final advertíamos que seguramente alguien estaría con la mosca detrás de la oreja preguntándose coherentemente con quién o con qué se compartía. Toca explicarse.

Lo obvio es pensar que el conocimiento se comparte con los demás, y con toda la razón. La historia humana es la historia de la evolución basada en el conocimiento compartido, transmitido en épocas primitivas por medio de sonidos parecidos a los de los animales. Se cree que el primer código era la sílaba “duh”, lo que implica que las variaciones no verbales sobre ella constituían mensajes diferentes, tipo “te quiero”, “te voy a matar” o “sálvese quien pueda”. De aquí al protoindoeuropeo, continuando con el maremágnum llamado indoeuropeo y así hasta más o menos los idiomas que conocemos hoy en día. Salvo el vasco de mi tierra, claro, que como todo el mundo sabe lo inventó el mismísimo Dios, que era del mismo Bilbao.

Desde los orígenes del ser humano, los grandes hitos en la evolución han tenido como desencadenante el conocimiento compartido a través del ejemplo, y a través del lenguaje cuando no se tenía acceso al personaje ejemplar o simplemente se trataba de explicárselo: desde la aparición del lenguaje oral complejo, pasando por el lenguaje gráfico que permitía la transmisión algo más masiva incluso cuando el divulgador había muerto o estaba distante, la escritura, la confesión, la imprenta, el telégrafo, la radio, la TV, hasta el Internet de hoy.

¿La confesión? ¿El tipo éste ha dicho la confesión?

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El gen REST no es la clave para evitar el Alzheimer

Eureka - Más Allá de la FormaciónAnte cualquier constatación científica de un hecho caben numerosas interpretaciones, unas más acertadas que otras, pero normalmente sesgadas por la visión particular de cada interpretador, unos más acertados que otros.

Traduttore, traditore, dice la sabiduría popular italiana, un refrán perfectamente aplicable en este caso, dado que el interpretador de una información cualquiera dispone de unas bases de datos memorísticas alojadas en sus indis (astrocitos) diferentes a las de cualquier otra persona, y que se activan automáticamente en respuesta a la interacción con el contexto en función de su individualidad única, produciendo una conclusión diferente a la que llegaría otra persona sin esa especialización.

El reciente hallazgo del gen REST activado en el estado fetal humano y en los ancianos cuya función cognitiva se encuentra en buen estado ha inducido a un equipo de neurobiólogos a concluir que la terapia más adecuada para frenar el desarrollo del Alzheimer llegará a través de fármacos que activen el gen en personas con riesgo de demencia. Casualmente patentables. La especialización, y más si a ella se añade la perspectiva del enriquecimiento, es perfectamente capaz de cegar otras perspectivas –casualmente no patentables– diferentes. Sin embargo, como sabemos, correlación no implica causalidad, y, por lo tanto, la presencia del gen REST activado en esas dos etapas de la vida humana no implica obligatoriamente que su ausencia sea la causa de la enfermedad, sino que puede ser –ni más, ni menos– una de las manifestaciones o síntomas de otra causa realmente generadora de la enfermedad.

Porque, ¿qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Parece que hemos olvidado –paradójicamente en un contexto, el científico, tan darwinista– que el uso desarrolla el órgano y la falta de uso lo atrofia, circunstancia que no extraña en absoluto a un deportista pero que a demasiados neurocientíficos continúa sin encenderles la bombillita que les haga saltar de la bañera como a Arquímedes.

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